Lectura 164 de 365
2 Macabeos 8-10 · Hebreos 5
2 Macabeos 8
1Judas, llamado también Macabeo, y sus compañeros entraban sigilosamente en las aldeas, llamaban a sus parientes y, acogiendo a los que permanecían fieles al judaísmo, llegaron a reunir seis mil hombres.
2Rogaban al Señor que mirase por aquel pueblo que todos pisoteaban; que tuviese piedad del santuario profanado por los hombres impíos;
3que se compadeciese de la ciudad destruida y a punto de ser arrasada, y que escuchase las voces de la sangre que clamaba a él;
4que se acordase de la inicua matanza de niños inocentes y de las blasfemias proferidas contra su Nombre, y que mostrase su rigor contra el mal.
5Cambiada en misericordia la cólera del Señor, Macabeo, con su tropa ya organizada, resultó invencible para los gentiles.
6Llegando de improviso, incendiaba ciudades y aldeas; después de ocupar las posiciones estratégicas, ponía en fuga a numerosos enemigos.
7Para tales incursiones prefería como aliada la noche. La fama de su valor se extendía por todas partes.
8Al ver Filipo que este hombre se encumbraba paulatinamente y que sus éxitos eran cada vez más frecuentes, escribió a Tolomeo, gobernador de Celesiria y Fenicia para que viniese en ayuda de los intereses reales.
9Este designó enseguida a Nicanor, hijo de Patroclo, uno de sus primeros Amigos, y lo envió al frente de por lo menos veinte mil hombres de todas las naciones para exterminar totalmente la raza judía. Puso a su lado a Gorgias, general con experiencia en lides uerreras.
10Por su parte, Nicanor, vendiendo como esclavos a los prisioneros judíos, intentaba saldar el tributo de sesenta mil kilos de plata que el rey debía a los romanos.
11Enseguida envió a las ciudades marítimas una invitación para que vinieran a comprar esclavos judíos, prometiendo entregar noventa esclavos por treinta kilos de plata, sin sospechar que el castigo del Todopoderoso estaba a punto de caer sobre él.
12Llegó a Judas la noticia de la expedición de Nicanor. Cuando comunicó a los que le acompañaban que el ejército se acercaba,
13los cobardes y los que no confiaban en la justicia de Dios comenzaron a desertar y a buscar refugio lejos de allí;
14los demás vendían todo lo que les quedaba y pedían al mismo tiempo al Señor que librara a los que el impío Nicanor ya había vendido como esclavos, aun antes de la batalla.
15Y lo pedían, no tanto por ellos, como por las alianzas con sus padres y porque invocaban en su favor el venerable y majestuoso Nombre.
16Después de reunir a los suyos, que ascendían a seis mil, Macabeo los exhortaba a no dejarse amedrentar por los enemigos ni a temer a la muchedumbre de gentiles que injustamente venían contra ellos. Al contrario, que combatiesen con valor,
17teniendo a la vista el ultraje que inicuamente habían inferido al lugar santo, los suplicios infligidos a la ciudad y la abolición de las instituciones ancestrales.
18«Ellos —les dijo— confían en sus armas y en su audacia; pero nosotros confiamos en Dios todopoderoso, quien, con un gesto, puede abatir a nuestros atacantes y al mundo entero».
19Les enumeró los auxilios dispensados a sus antecesores, especialmente frente a Senaquerib, cuando perecieron ciento ochenta y cinco mil;
20y el recibido en Babilonia, en la batalla contra los gálatas, cuando entraron en acción los ocho mil judíos junto a los cuatro mil macedonios y, aunque los macedonios se hallaban en apuros, los ocho mil derrotaron a ciento veinte mil, gracias al auxilio que les llegó del Cielo, y se hicieron con un gran botín.
21Después de enardecerlos con estas palabras y de disponerlos a morir por las leyes y por la patria, dividió el ejército en cuatro cuerpos.
22Puso a sus hermanos, Simón, José y Jonatán, al frente de cada cuerpo, dejando mil quinientos hombres a las órdenes de cada uno de ellos.
23Además mandó a Eleazar que leyera el libro sagrado; luego, dando como consigna «Dios nos ayuda», él mismo al frente del primer cuerpo trabó combate con Nicanor.
24Y con el Todopoderoso como aliado en la lucha, mataron a más de nueve mil enemigos, hirieron y mutilaron a la mayor parte del ejército de Nicanor, y a todos los demás los pusieron en fuga.
25Se apoderaron del dinero de los que habían venido a comprarlos. Después de haberlos perseguido bastante tiempo, se volvieron, obligados por la hora.
26Era víspera del sábado, y por ello no siguieron persiguiéndolos.
27Una vez que hubieron amontonado las armas y recogido los despojos de los enemigos, comenzaron la celebración del sábado, desbordándose en bendiciones y alabanzas al Señor por haberlos conservado hasta aquel día señalado por Dios como comienzo de la misericordia.
28Al acabar el sábado, dieron una parte del botín a los damnificados, así como a las viudas y a los huérfanos; ellos y sus hijos se repartieron el resto.
29Hecho esto, suplicaron al Señor misericordioso, en rogativa pública, que se reconciliara del todo con sus siervos.
30En su combate con las tropas de Timoteo y Báquides, les mataron más de veinte mil hombres, se adueñaron por completo de altas fortalezas y dividieron el inmenso botín en partes iguales, una para ellos y otra para los damnificados, los huérfanos y las viudas, así como para los ancianos.
31Con todo cuidado reunieron las armas capturadas en lugares convenientes y llevaron a Jerusalén el resto de los despojos.
32Mataron al comandante de la escolta de Timoteo, hombre de lo más impío, que había causado mucho pesar a los judíos.
33Mientras celebraban la victoria en su patria, quemaron a los que habían incendiado los portones sagrados, así como a Calístenes, que estaban refugiados en una misma casita, y que recibió así la merecida paga de su impiedad.
34Nicanor, tres veces criminal, que había traído a los mil mercaderes para la venta de los judíos,
35quedó humillado, gracias al auxilio del Señor, por los mismos que él despreciaba como los más viles; despojándose de sus galas, como un fugitivo a campo través, en solitario, llegó a Antioquía con mucha mejor suerte que su derrotado ejército.
36El que había pretendido saldar el tributo debido a los romanos con la venta de los prisioneros de Jerusalén proclamaba que los judíos tenían a Alguien que los defendía y que eran invulnerables por el hecho de que seguían las leyes prescritas por Aquel.
2 Macabeos 9
1Sucedió por este tiempo que Antíoco hubo de retirarse desordenadamente de las regiones de Persia.
2En efecto, habiendo entrado en la ciudad llamada Persépolis, pretendió saquear el santuario y ocupar la ciudad; ante ello, la muchedumbre sublevada acudió a las armas y lo puso en fuga; Antíoco, ahuyentado por los naturales del país, hubo de emprender una vergonzosa retirada.
3Cuando estaba cerca de Ecbatana, le llegó la noticia de lo ocurrido a Nicanor y a las tropas de Timoteo.
4Furibundo, pensaba cobrar a los judíos la afrenta de los que le habían puesto en fuga, y por eso ordenó al auriga que hiciera avanzar el carro sin parar hasta el término del viaje. Pero ¡la sentencia del Cielo viajaba con él! Pues había hablado así con orgullo: «En cuanto llegue a Jerusalén, haré de la ciudad un cementerio de judíos».
5Pero el Señor Dios de Israel, que todo lo ve, lo castigó con una enfermedad incurable e invisible: apenas pronunciada esta frase, se apoderó de sus entrañas un dolor insufrible, con agudas punzadas internas,
6cosa totalmente justa para quien había desgarrado las entrañas de otros con numerosas y desconocidas torturas.
7Pero él de ningún modo cesaba en su arrogancia; estaba lleno todavía de orgullo, respiraba el fuego de su furor contra los judíos y mandaba acelerar la marcha. Pero se cayó de su carro, que corría velozmente y, con la violenta caída, todos los miembros de su cuerpo se le descoyuntaron.
8El que poco antes pensaba dominar con altivez de superhombre las olas del mar y se imaginaba pesar en una balanza las cimas de las montañas, ahora, caído por tierra, era transportado en una litera, mostrando a todos de forma manifiesta la fuerza de Dios,
9hasta el punto que en el cuerpo del impío pululaban los gusanos, caían a pedazos sus carnes, aun estando con vida, entre dolores y sufrimientos, y su infecto hedor apestaba todo el ejército.
10Debido al repugnante hedor, nadie podía llevar ahora a quien poco antes creía tocar los astros del cielo.
11Así, herido, entumecido en todo momento por los dolores, comenzó a debilitarse su excesivo orgullo y a llegar al verdadero conocimiento bajo el castigo divino.
12Como ni él mismo podía soportar su propio hedor, decía: «Justo es someterse a Dios y que un mortal no pretenda igualarse a la divinidad».
13Aquel malvado rogaba así al Soberano de quien ya no alcanzaría misericordia, prometiendo
14que declararía libre la ciudad santa, a la que se había dirigido antes velozmente para arrasarla y transformarla en cementerio;
15que equipararía con los atenienses a todos aquellos judíos que había considerado indignos de sepultura y sí merecedores de ser arrojados con sus niños como pasto de las fieras;
16que adornaría con los más bellos exvotos el santuario sacrosanto que antes había saqueado; que devolvería multiplicados todos los objetos sagrados; que suministraría a sus propias expensas los fondos que se gastaban en los sacrificios;
17y, además, que se haría judío y recorrería todos los lugares habitados, proclamando el poder de Dios.
18Como sus dolores no se calmaban de ninguna forma —pues había caído sobre él la justa sentencia de Dios— desesperado de su estado, escribió a los judíos la carta copiada a continuación, en forma de súplica, con el siguiente contenido:
19«El rey y estratega Antíoco saluda a los honrados ciudadanos judíos, con los mejores deseos de felicidad, salud y prosperidad.
20Si os encontráis bien vosotros y vuestros hijos, y vuestros asuntos van conforme a vuestros deseos, damos por ello rendidas gracias a Dios.
21En cuanto a mí, me encuentro postrado sin fuerza en mi lecho, recordándoos amistosamente. A mi vuelta de las regiones de Persia, contraje una molesta enfermedad y he considerado necesario preocuparme de vuestra seguridad común.
22No desespero de mi situación, antes bien tengo grandes esperanzas de salir de esta enfermedad;
23pero, tengo en cuenta que, también mi padre, cuando hizo la campaña en las regiones altas, designó a su futuro sucesor,
24para que, si ocurría algo imprevisto o si llegaba alguna noticia desagradable, los habitantes de las provincias no se perturbaran, sabiendo ya a quién quedaba confiado el gobierno.
25Consciente además de que los soberanos de alrededor, colindantes con el reino, acechan las oportunidades y aguardan lo que pueda suceder, he nombrado rey a mi hijo Antíoco, a quien muchas veces, al recorrer las satrapías altas, os he confiado y recomendado a gran parte de vosotros. A él le he escrito la carta que va a continuación.
26Por tanto, os exhorto y ruego que, acordándoos de los beneficios recibidos pública y privadamente, guardéis cada uno también con mi hijo la benevolencia que tenéis hacia mí.
27Pues estoy seguro de que él, realizando con moderación y humanidad mis proyectos, se entenderá bien con vosotros».
28Así pues, aquel asesino y blasfemo, sufriendo los peores padecimientos, como los había hecho padecer a otros, terminó la vida en tierra extranjera, entre montañas, en el más lamentable infortunio.
29Filipo, su compañero de infancia, trasladó su cadáver; mas, por temor al hijo de Antíoco, se retiró a Egipto, junto a Tolomeo Filométor.
2 Macabeos 10
1Macabeo y los suyos, guiados por el Señor, recuperaron el templo y la ciudad,
2destruyeron los altares levantados por los extranjeros en la plaza pública, así como los recintos sagrados.
3Después de haber purificado el santuario, construyeron otro altar; sacaron fuego de las chispas del pedernal y, tras dos años de interrupción, ofrecieron sacrificios y prepararon el incienso, las lámparas y los panes de la ofrenda.
4Hecho esto, rogaron al Señor, postrados rostro en tierra, que no permitiera que volvieran a caer en tales desgracias, sino que, si alguna vez pecaban, los corrigiera con benignidad y no los entregara en poder de los blasfemos y bárbaros gentiles.
5Aconteció que el mismo día en que el santuario había sido profanado por los extranjeros, es decir, el veinticinco del mismo mes de casleu, tuvo lugar la purificación del santuario.
6Lo celebraron con alegría durante ocho días, como en la fiesta de las Tiendas, recordando cómo, poco tiempo antes, por la fiesta de las Tiendas, estaban cobijados como animales salvajes en montañas y cavernas.
7Por ello, llevando varas cubiertas con hojas de hiedra y parra, ramos verdes y palmas, entonaban himnos hacia Aquel que había llevado a buen término la purificación de su lugar.
8Por votación y decreto público prescribieron que toda la nación judía celebrara anualmente fiesta aquellos mismos días.
9Tales fueron las circunstancias de la muerte de Antíoco, apellidado Epífanes.
10Vamos a exponer ahora lo referente a Antíoco Eupátor, hijo de aquel impío, resumiendo las desgracias debidas a las guerras.
11En efecto, una vez heredado el reino, puso al frente de su gobierno a un tal Lisias, gobernador supremo de Celesiria y Fenicia.
12Tolomeo, el llamado Macrón, el primero en tratar justamente a los judíos, en reparación de la injusticia con que habían sido tratados, procuraba gobernarlos pacíficamente.
13Acusado por ello ante Eupátor por los Amigos del rey, oía continuamente que le llamaban traidor, por haber abandonado Chipre, que Filométor le había confiado, y por haberse pasado al partido de Antíoco Epífanes. Al no poder honrar debidamente la dignidad de su cargo, se suicidó envenenándose.
14Gorgias, nombrado gobernador de la región, mantenía tropas mercenarias, y a cada paso hostigaba a los judíos.
15Al mismo tiempo, los idumeos, dueños de fortalezas estratégicas, molestaban a los judíos y procuraban atizar la guerra, acogiendo a los fugitivos de Jerusalén.
16El Macabeo y sus compañeros, después de haber celebrado rogativas para pedir a Dios que fuera su aliado, se lanzaron contra las fortalezas de los idumeos;
17después de atacarlos con ímpetu, se apoderaron de las posiciones e hicieron retroceder a todos los que combatían en la muralla. Acuchillaron a cuantos caían en sus manos; mataron por lo menos veinte mil.
18No menos de nueve mil hombres se habían refugiado en dos torres muy bien fortificadas y abastecidas de cuanto era necesario para resistir un sitio.
19El Macabeo dejó entonces a Simón y José, y además a Zaqueo y a los suyos, en número suficiente para asediarlos, y él mismo partió hacia otros lugares donde era más urgente su presencia.
20Pero los hombres de Simón, ávidos de dinero, se dejaron sobornar por algunos que estaban en las torres: por setenta mil dracmas dejaron que algunos se escapasen.
21Cuando se dio al Macabeo la noticia de lo sucedido, reunió a los jefes del pueblo y acusó a aquellos hombres de haber vendido a sus hermanos por dinero, al dejar escapar a sus enemigos.
22Los ajustició por traidores e inmediatamente se apoderó de las dos torres.
23Con atinada dirección y armado él mismo, mató en las dos fortalezas a más de veinte mil hombres.
24Timoteo, que antes había sido vencido por los judíos, después de reclutar numerosas fuerzas extranjeras y de reunir no pocos caballos traídos de Asia, se presentó con la intención de conquistar Judea por las armas.
25Ante su avance, los hombres del Macabeo, rogando a Dios, cubrieron sus cabezas de ceniza y ciñeron de sayal la cintura;
26y, postrándose al pie del altar, pedían a Dios que, mostrándose propicio con ellos, se hiciera enemigo de sus enemigos y adversario de sus adversarios, como declara la ley.
27Al acabar la plegaria, tomaron las armas y avanzaron un buen trecho fuera de la ciudad; cuando estaban cerca de los enemigos, se detuvieron.
28Al romper el alba, ambos bandos se lanzaron al combate; los unos tenían como garantía de éxito y de la victoria, además de su valor, la confianza en el Señor; los otros combatían con la furia como guía de sus luchas.
29En lo recio de la batalla, aparecieron desde el cielo ante los adversarios cinco hombres majestuosos, montados en caballos con frenos de oro, que se pusieron al frente de los judíos;
30colocaron al Macabeo en medio de ellos y, cubriéndolo con sus armaduras, lo hacían invulnerable; arrojaban sobre los adversarios saetas y rayos, por lo que, heridos de ceguera, se dispersaban en completo desorden.
31Murieron veinte mil quinientos infantes y seiscientos jinetes.
32El mismo Timoteo se refugió en una fortaleza, muy bien guardada, llamada Guézer, cuyo jefe era Quereas.
33Las tropas del Macabeo, alborozadas, asediaron la fortaleza durante cuatro días.
34Los de dentro, confiados en lo seguro de la posición, blasfemaban sin cesar y proferían palabras impías.
35Amanecido el quinto día, veinte jóvenes de las tropas del Macabeo, indignados por las blasfemias, se lanzaron valientemente contra la muralla y con fiera bravura herían a cuantos se ponían delante.
36Otros escalaron igualmente por el lado opuesto contra los de dentro, prendieron fuego a las torres y, encendiendo hogueras, quemaron vivos a los blasfemos. Otros, en fin, rompían las puertas, y, tras abrir paso al resto del ejército, se apoderaron de la ciudad.
37Degollaron a Timoteo, que estaba escondido en una cisterna, así como a su hermano Quereas y a Apolófanes.
38Al término de estas proezas, con himnos y alabanzas bendecían al Señor que hacía grandes beneficios a Israel y a ellos les daba la victoria.
Hebreos 5
1Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
2Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad.
3A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
4Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón.
5Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy;
6o, como dice en otro pasaje: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.
7Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
8Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.
9Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna,
10proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec.
11Sobre este particular tenemos mucho que decir, aunque es difícil de explicar, porque os habéis vuelto torpes de oído.
12Pues, debiendo vosotros ser ya maestros, por razón del tiempo, seguís necesitando que alguien os vuelva a enseñar los primeros rudimentos de los oráculos divinos; y estáis necesitados de leche y no de alimento sólido.
13Quien vive de leche, desconoce la doctrina de la justicia, pues es todavía un niño.
14El alimento sólido es para perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben distinguir el bien del mal.