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Lectura 163 de 365

2 Macabeos 5-7 · Hebreos 4

Letra: Normal

2 Macabeos 5

1Por esta época Antíoco preparaba la segunda expedición a Egipto.

2Sucedió que durante cerca de cuarenta días aparecieron en toda la ciudad, galopando por los aires, jinetes vestidos de oro, tropas armadas distribuidas en cohortes,

3escuadrones de caballería en orden de batalla, ataques y cargas de una y otra parte, movimiento de escudos, bosques de lanzas, espadas desenvainadas, lanzamiento de dardos, resplandores de armaduras de oro y corazas de toda clase.

4En vista de ello, todos rogaban para que aquella aparición presagiase algo bueno.

5Al difundirse el falso rumor de que Antíoco había dejado esta vida, Jasón, con no menos de mil hombres, lanzó un ataque imprevisto contra la ciudad. Al ser arrollados los que estaban en la muralla y capturada por fin la ciudad, Menelao se refugió en la acrópolis.

6Jasón empezó a asesinar sin piedad a sus conciudadanos, sin caer en la cuenta de que una victoria sobre sus compatriotas era la peor de las derrotas; se imaginaba ganar trofeos de enemigos y no de sus compatriotas.

7Pero no logró el poder; sino que al fin, con la ignominia adquirida con sus intrigas, se fue huyendo de nuevo al territorio amonita.

8Por último encontró un final desastroso: acusado ante Aretas, tirano de los árabes, huyendo de ciudad en ciudad, perseguido por todos, detestado como apóstata de las leyes y abominado como verdugo de la patria y de los conciudadanos, fue expulsado a Egipto.

9El que a muchos había desterrado de la patria, murió en el destierro cuando se dirigía a Esparta, con la esperanza de encontrar protección por su parentesco con los espartanos;

10y el que a tantos había privado de sepultura, pasó sin ser llorado, sin recibir honras fúnebres ni tener un sitio en la sepultura de sus padres.

11Cuando llegaron al rey noticias de lo sucedido, sacó la conclusión de que Judea se sublevaba; por eso partió de Egipto, rabioso como una fiera, tomó la ciudad por las armas,

12y ordenó a los soldados que hirieran sin compasión a los que encontraran y que mataran a los que subiesen a los terrados de las casas.

13Perecieron jóvenes y ancianos; fueron asesinados muchachos, mujeres y niños, y degollaron a doncellas y niños de pecho.

14En solo tres días perecieron ochenta mil personas, cuarenta mil en la refriega, y otros, en número no menor que el de las víctimas, fueron vendidos como esclavos.

15No contento con esto, Antíoco se atrevió a penetrar en el templo más santo de toda la tierra, guiado por Menelao, el traidor a las leyes y a la patria.

16Con sus manos impuras tomó los vasos sagrados y arrebató con sus manos profanas las ofrendas presentadas por otros reyes para acrecentamiento de la gloria y honra del lugar santo.

17Antíoco, lleno de orgullo, no comprendía que el Soberano estaba irritado solo pasajeramente a causa de los pecados de los habitantes de la ciudad y por eso desviaba su mirada del lugar.

18Pero, si los judíos no hubieran pecado tanto, el mismo Antíoco habría sido castigado nada más llegar y habría desistido de su atrevimiento, como Heliodoro, el enviado por el rey Seleuco para inspeccionar el tesoro.

19Pero el Señor no ha elegido a la nación por el lugar, sino al lugar por la nación.

20Por ello, también el mismo lugar, después de haber compartido la desgracia de la nación, a la postre ha tenido parte en su bonanza; y el templo, que había sido abandonado en tiempo de la cólera del Todopoderoso, ha sido restaurado con toda su gloria en tiempo de la reconciliación del gran Soberano.

21Así pues, Antíoco se fue pronto a Antioquía, llevándose del templo unos cincuenta mil kilos de plata, creyendo en su orgullo y por la arrogancia de su corazón que haría la tierra navegable y transitable el mar.

22Pero dejó unos prefectos para maltratar a nuestra raza: en Jerusalén a Filipo, de raza frigia, que tenía costumbres más bárbaras que el que le había nombrado;

23en el monte Garizín, a Andrónico; y además de estos, a Menelao, que superaba a los demás en maldad contra sus conciudadanos. El rey, que albergaba sentimientos de odio hacia los judíos,

24envió a Apolonio, jefe de los mercenarios de Misia, con un ejército de veintidós mil hombres, y la orden de degollar a todos los adultos y de vender a las mujeres y a los más jóvenes.

25Llegado este a Jerusalén y fingiendo venir en son de paz, esperó hasta el día santo del sábado. Aprovechando el descanso de los judíos, mandó a su tropas que desfilaran con las armas,

26y a todos los que salían a ver aquel espectáculo, los hizo matar e, invadiendo la ciudad con los soldados armados, asesinó a una gran multitud.

27Pero Judas, llamado también Macabeo, formó un grupo de unos diez y se retiró al desierto. Vivía con sus compañeros en los montes como animales salvajes: sin comer más alimento que hierbas, para no contaminarse.

2 Macabeos 6

1Poco tiempo después, el rey envió a un senador ateniense para obligar a los judíos a que abandonaran las leyes de sus padres y a que no se comportaran según las leyes divinas;

2también debía profanar el santuario de Jerusalén y dedicarlo a Zeus Olímpico, y el de Garizín, a Zeus Hospitalario, siguiendo la práctica de los habitantes del lugar.

3Este recrudecimiento del mal era penoso e insoportable, incluso para la masa de la población.

4Los gentiles llenaron el templo de actos de libertinaje y orgías; se divertían con meretrices, yacían con mujeres en los atrios sagrados, llegando a introducir en ellos objetos prohibidos.

5El altar estaba repleto de víctimas ilícitas, prohibidas por las leyes.

6No se podía ni celebrar el sábado, ni guardar las fiestas tradicionales, ni siquiera confesarse judío;

7antes bien, eran obligados con amarga violencia a la celebración mensual del nacimiento del rey con un banquete sacrificial y, cuando llegaba la fiesta de Baco, eran forzados a tomar parte de su cortejo, coronados de hiedra.

8Por instigación de los habitantes de Tolemaida, salió un decreto para las vecinas ciudades griegas, obligándolas a que procedieran de la misma forma contra los judíos y a que los hicieran participar en los banquetes sacrificiales,

9con orden de degollar a los que no adoptaran las costumbres griegas. Ya se podía entrever la calamidad inminente.

10Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; las hicieron recorrer públicamente la ciudad con los niños colgados al pecho y las precipitaron desde la muralla.

11Otros, que se habían reunido en cuevas próximas para celebrar a escondidas el sábado, fueron denunciados a Filipo y quemados juntos, sin que quisieran hacer nada en su defensa, por respeto a la santidad del día.

12Ruego a los lectores de este libro que no se desconcierten por estas desgracias; antes bien piensen que estos castigos buscan no la destrucción, sino la educación de nuestra raza;

13ya que es señal de gran bondad no tolerar por mucho tiempo a los impíos, sino darles pronto el castigo.

14Pues en el caso de las otras naciones, el Soberano difiere pacientemente el castigo hasta que lleguen a colmar la medida de sus pecados; pero en nuestro caso, decidió que no fuera así,

15para no castigarnos al final, cuando lleguen al colmo nuestros pecados.

16Por eso mismo nunca retira de nosotros su misericordia: cuando corrige con la desgracia, no está abandonando a su propio pueblo.

17Quede esto dicho como advertencia. Después de esta digresión, prosigamos la historia.

18Eleazar era uno de los principales maestros de la Ley, hombre de edad avanzada y semblante muy digno. Le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo.

19Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia,

20escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida.

21Quienes presidían este impío banquete, viejos amigos de Eleazar, movidos por una compasión ilegítima, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey,

22para que así se librara de la muerte y, dada su antigua amistad, lo tratasen con consideración.

23Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la ley santa dada por Dios, respondió coherentemente, diciendo enseguida: «¡Enviadme al sepulcro!

24No es digno de mi edad ese engaño. Van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado

25y si miento por un poco de vida que me queda se van a extraviar con mi mal ejemplo. Eso sería manchar e infamar mi vejez.

26Y aunque de momento me librase del castigo de los hombres, no me libraría de la mano del Omnipotente, ni vivo ni muerto.

27Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años

28y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble, por amor a nuestra santa y venerable ley». Dicho esto, se fue enseguida al suplicio.

29Los que lo llevaban, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar, cambiaron en dureza su actitud benévola de poco antes.

30Pero él, a punto de morir a causa de los golpes, dijo entre suspiros: «Bien sabe el Señor, dueño de la ciencia santa, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y que en mi alma los sufro con gusto por temor de él».

31De esta manera terminó su vida, dejando no solo a los jóvenes, sino a la mayoría de la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.

2 Macabeos 7

1Sucedió también que arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.

2Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres».

3El rey, fuera de sí, ordenó poner al fuego sartenes y calderas.

4Cuando ya abrasaban, mandó que cortaran la lengua al que había hablado en nombre de los demás, que le arrancaran el cuero cabelludo y que le amputaran las extremidades, en presencia de sus demás hermanos y de su madre.

5Cuando el muchacho quedó totalmente inutilizado, pero respirando todavía, mandó que lo acercaran al fuego y lo frieran en la sartén. Mientras el humo de la sartén se difundía lejos, los demás hermanos junto con su madre se animaban mutuamente a morir con generosidad y decían:

6«El Señor Dios vela y con toda seguridad se apiadará de nosotros, como atestigua Moisés en el cántico de protesta: “Se compadecerá de sus siervos”».

7Cuando el primero murió, llevaron al segundo al suplicio y, después de arrancarle la piel de la cabeza con los cabellos, le preguntaban: «¿Vas a comer antes de que tu cuerpo sea torturado miembro a miembro?».

8Él, respondiendo en su lengua patria, dijo: «¡No!». Por ello, también este sufrió a su vez la tortura, como el primero.

9Y estando a punto de morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna».

10Después se burlaron del tercero. Cuando le pidieron que sacara la lengua, lo hizo enseguida y presentó las manos con gran valor.

11Y habló dignamente: «Del Cielo las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios».

12El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

13Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto.

14Y, cuando estaba a punto de morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

15Enseguida llevaron al quinto y se pusieron a atormentarlo.

16Él, mirando al rey, dijo: «Tú, porque tienes poder entre los hombres aunque eres mortal, haces lo que quieres. Pero no creas que Dios ha abandonado a nuestra raza.

17Espera un poco y verás como su gran poder te atormentará a ti y a tu descendencia».

18Después de este, llevaron al sexto, que estando a punto de morir decía: «No te hagas ilusiones, pues nosotros padecemos por nuestra propia culpa; por haber pecado contra nuestro Dios, nos suceden cosas extrañas.

19Pero no pienses que quedarás impune, tú que te has atrevido a luchar contra Dios».

20En extremo admirable y digna de recuerdo fue la madre, quien, viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor.

21Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno y les decía en su lengua patria:

22«Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno: yo no os regalé el aliento ni la vida, ni organicé los elementos de vuestro organismo.

23Fue el Creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, por su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por su ley».

24Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando. Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por Amigo y le daría algún cargo.

25Pero como el muchacho no le hacía el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.

26Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo:

27se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma patrio: «¡Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y te crié durante tres años, y te he alimentado hasta que te has hecho mozo!

28Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen, y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano.

29No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos».

30Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo: «¿Qué esperáis? No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la ley dada a nuestros padres por medio de Moisés.

31Pero tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios.

32Cierto que nosotros padecemos por nuestros pecados.

33Si es cierto que nuestro Señor, que vive, está irritado momentáneamente para castigarnos y corregirnos, también lo es que se reconciliará de nuevo con sus siervos.

34Pero tú, impío, el hombre más criminal de todos, no te engrías neciamente con vanas esperanzas mientras alzas la mano contra los siervos de Dios;

35porque todavía no has escapado del juicio de Dios, que todo lo puede y todo lo ve.

36Pues ahora mis hermanos, después de haber soportado un tormento pasajero, han llegado a una vida eterna por la promesa de Dios; tú, en cambio, por el justo juicio de Dios, cargarás con la pena merecida por tu soberbia.

37Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes de mis padres, invocando a Dios para que pronto se apiade de nuestra nación y para que tú, a fuerza de tormentos y castigos, llegues a confesar que él es el único Dios.

38Que se detenga en mí y en mis hermanos la cólera del Todopoderoso justamente descargada sobre toda nuestra raza».

39El rey, fuera de sí, por tan amargos reproches se ensañó con este más cruelmente que con los demás.

40También este tuvo un límpido tránsito, con entera confianza en el Señor.

41Por último, después de los hijos murió la madre.

42Baste con lo que he contado sobre los alimentos impuros sacrificiales y las crueldades sin medida.

Hebreos 4

1Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea haber perdido la oportunidad.

2También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron no les sirvió de nada a quienes no se adhirieron por la fe a los que lo habían escuchado.

3Así pues, los creyentes entremos en el descanso, de acuerdo con lo dicho: He jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso, y eso que sus obras estaban terminadas desde la creación del mundo.

4Acerca del día séptimo se dijo: Y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.

5En nuestro pasaje añade: No entrarán en mi descanso.

6Puesto que, según esto, quedan algunos por entrar en él, y los primeros que recibieron la buena noticia no entraron por su rebeldía,

7Dios señala otro día, hoy, al decir mucho tiempo después, por boca de David, lo antes citado: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.

8Si Josué les hubiera dado el descanso, Dios no habría hablado luego de otro día;

9por consiguiente, todavía queda un tiempo de descanso para el pueblo de Dios,

10pues el que entra en su descanso, también él descansa de sus tareas, como Dios de la suyas.

11Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, imitando aquella desobediencia.

12Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón.

13Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

14Así pues, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.

15No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado.

16Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.