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Lectura 162 de 365

2 Macabeos 2-4 · Hebreos 3

Letra: Normal

2 Macabeos 2

1Se encuentra en los documentos que el profeta Jeremías mandó a los deportados recoger fuego, como queda dicho;

2y que el profeta, después de darles la ley, les ordenó que no se olvidaran de los preceptos del Señor ni se desviaran en sus pensamientos al ver ídolos de oro y plata, revestidos de gala.

3Entre otros consejos, les exhortaba a no alejar de su corazón la ley.

4Se decía también en el escrito cómo el profeta, avisado por un oráculo, mandó llevar consigo la Tienda y el Arca; y que salió hacia el monte donde Moisés había subido para contemplar la heredad de Dios.

5Y cuando Jeremías llegó, encontró una estancia en forma de cueva; metió allí la Tienda, el Arca y el Altar del incienso, y tapó la entrada.

6Algunos de sus acompañantes volvieron para marcar el camino, pero no pudieron encontrarlo.

7En cuanto Jeremías lo supo, les reprendió diciéndoles: «Este lugar quedará desconocido hasta que Dios reúna a la comunidad del pueblo y se vuelva propicio.

8Entonces el Señor mostrará todo esto y se verá la Gloria del Señor y la Nube, como aparecía en tiempo de Moisés, y cuando Salomón rogó que el lugar fuera solemnemente consagrado».

9Se contaba también cómo Salomón, dotado de sabiduría, ofreció el sacrificio de dedicación cuando se inauguró el templo.

10Lo mismo que Moisés oró al Señor y bajó fuego del cielo que devoró los sacrificios, así también oró Salomón y bajó fuego que consumió los holocaustos.

11Moisés había dicho: «La víctima por el pecado ha sido consumida por no haber sido comida».

12Salomón celebró igualmente los ocho días de fiesta.

13Estos mismos relatos se contenían también en los archivos y en las memorias del tiempo de Nehemías; y cómo este, para fundar una biblioteca, reunió los libros referentes a los reyes y a los profetas, los de David y las cartas de los reyes acerca de las ofrendas.

14De igual modo Judas reunió todos los libros dispersos a causa de la guerra que hemos padecido, y ahora los tenemos a mano.

15Por tanto, si tenéis necesidad de ellos, enviadnos a alguien que os los lleve.

16A punto ya de celebrar la fiesta de la Purificación, os escribimos para que tengáis a bien celebrar estos días.

17El Dios que ha salvado a todo su pueblo y que a todos ha devuelto la heredad, el reino, el sacerdocio y el santuario,

18como había prometido por la ley, el mismo Dios, así esperamos, se apiadará pronto de nosotros y nos reunirá en el lugar santo desde todas las regiones bajo el cielo; pues nos ha librado de grandes males y ha purificado el lugar.

19la historia de Judas Macabeo y de sus hermanos, la Purificación del templo más importante, la dedicación del altar,

20las guerras contra Antíoco Epífanes y su hijo Eupátor,

21y las manifestaciones celestiales a los bravos combatientes en favor del judaísmo; de suerte que, aun siendo pocos, saquearon toda la región, ahuyentaron a las hordas bárbaras,

22recuperaron el templo famoso en todo el mundo, liberaron la ciudad y restablecieron las leyes que estaban a punto de ser abolidas, pues el Señor, en su inagotable amor, se mostró propicio hacia ellos;

23todo esto intentaremos compendiarlo nosotros en un solo libro. Jasón de Cirene ha expuesto en cinco libros los siguientes contenidos.

24Porque, al considerar la cantidad de números y la dificultad que la amplitud de la materia plantea a quienes deseen sumergirse en los relatos de la historia,

25hemos procurado hacerlos atractivos a los que quieren leer, accesibles a los que gustan retener lo leído en la memoria, y útiles a cualquiera que los leyere.

26Para nosotros, que nos hemos encargado de la fatigosa labor de este resumen, no ha sido fácil la tarea, sino de sudores y desvelos;

27como tampoco le resulta cómodo el trabajo a quien prepara un banquete y tiene que atender al gusto ajeno. Sin embargo, esperando la gratitud de muchos, soportamos con gusto esta fatiga,

28dejando al historiador la tarea de precisar cada suceso, mientras nosotros nos esforzamos por seguir las normas propias de un resumen.

29Pues así como al arquitecto de una casa nueva corresponde la preocupación por la estructura entera; y, en cambio, al decorador y pintor, el cuidado por la ornamentación, lo mismo puede decirse en nuestro caso;

30profundizar, contrastar las cuestiones y examinar al detalle corresponde a quien compone la historia;

31pero al divulgador le compete una exposición concisa, renunciando al tratamiento exhaustivo.

32Comencemos, pues, desde ahora el relato, tras abundar tanto en los preliminares; pues sería absurdo alargar el prólogo y abreviar la historia.

2 Macabeos 3

1Mientras la ciudad santa gozaba de completa paz y las leyes eran guardadas a la perfección, gracias a la piedad del sumo sacerdote Onías y a su aversión al mal,

2sucedía que hasta los reyes veneraban el lugar santo y honraban el templo con magníficos regalos;

3a tal punto que Seleuco, rey de Asia, proveía con sus propias rentas a todos los gastos necesarios para el servicio de los sacrificios.

4Pero un tal Simón, del clan de Bilgá, nombrado administrador del templo, tuvo diferencias con el sumo sacerdote sobre el reglamento del mercado de la ciudad.

5No pudiendo imponerse a Onías, acudió a Apolonio, hijo de Traseo, gobernador por entonces de Celesiria y Fenicia,

6y le comunicó que el tesoro de Jerusalén estaba repleto de riquezas incontables; tanto que era incalculable la cantidad de dinero y resultaba desproporcionada a los gastos de los sacrificios; y que era posible transferir tales riquezas a manos del rey.

7En conversación con el rey, Apolonio le habló del tesoro del que había tenido noticia; entonces el rey designó a Heliodoro, el encargado de sus negocios, y le envió con la orden de traerse dichas riquezas.

8Heliodoro emprendió el viaje inmediatamente con el pretexto de inspeccionar las ciudades de Celesiria y Fenicia, aunque en realidad iba para ejecutar el proyecto del rey.

9Llegado a Jerusalén y acogido amistosamente por el sumo sacerdote de la ciudad, expuso el hecho de la denuncia e hizo saber el motivo de su presencia; preguntó si las cosas eran realmente así.

10El sumo sacerdote le manifestó que se trataba de depósitos para viudas y huérfanos,

11que una parte pertenecía a Hircano, hijo de Tobías, personaje de muy alta posición y, contra la calumnia del impío Simón, que el total era de doce mil kilos de plata y seis mil de oro;

12que de ningún modo se podía perjudicar a los que tenían puesta su confianza en la santidad del lugar y en la majestad inviolable de aquel templo venerado en todo el mundo.

13Pero Heliodoro, fiel a las órdenes del rey, mantenía de forma terminante que los bienes debían pasar al tesoro real.

14Fijó él la fecha y quería entrar para hacer el inventario de los bienes. No era pequeña la angustia en toda la ciudad:

15los sacerdotes, postrados ante el altar con sus vestiduras sacerdotales, suplicaban al Cielo, que había dado la ley sobre los bienes en depósito, que los guardara intactos para quienes se habían depositado.

16Ver la figura del sumo sacerdote partía el corazón, pues su aspecto y su color demudado manifestaban la angustia de su alma.

17Embargado por un miedo y temblor corporal, mostraba a los que le contemplaban el dolor que había en su corazón.

18La gente salía de las casas en tropel a una rogativa pública, ante el ultraje que iba a sufrir el lugar santo.

19Las mujeres, ceñidas de sayal bajo el pecho, llenaban las calles; de las jóvenes, que estaban recluidas en sus casas, unas corrían a las puertas, otras subían a los muros, otras se asomaban por las ventanas.

20Todas, con las manos tendidas al cielo, se unían a la súplica.

21Daba compasión aquella multitud revuelta y postrada y la angustia del sumo sacerdote sumido en honda ansiedad.

22Mientras ellos invocaban al Señor todopoderoso para que guardara intactos, completamente seguros, los bienes en depósito para quienes los habían confiado,

23Heliodoro intentaba llevar a cabo lo programado.

24Allí estaba con su escolta junto al tesoro, cuando el Soberano de los Espíritus y de toda Potestad se manifestó tan grandiosamente que todos los que se habían atrevido a aproximarse, pasmados ante el poder de Dios, se volvieron débiles y cobardes.

25Pues se les apareció un caballo montado por un jinete imponente y enjaezado con riquísimo arnés; lanzándose con ímpetu coceó a Heliodoro con sus patas delanteras. El jinete aparecía con una armadura de oro.

26Se le aparecieron además otros dos jóvenes de notable vigor, espléndida belleza y magníficas vestiduras, que, colocándose a ambos lados, le azotaban sin cesar, moliéndolo a golpes.

27Cuando Heliodoro cayó a tierra, rodeado de densa oscuridad, lo recogieron y lo pusieron en una litera.

28El que poco antes había entrado en el mencionado tesoro con un séquito numeroso y con toda su escolta, ahora era conducido por otros, pues era incapaz de valerse por sí mismo. Todos reconocieron claramente la soberanía de Dios.

29Mientras él yacía mudo y privado de toda esperanza de salvación, por la fuerza de Dios,

30otros bendecían al Señor que había glorificado maravillosamente su propio lugar; y el templo, lleno poco antes de miedo y turbación, rebosaba de gozo y alegría después de la manifestación del Señor todopoderoso.

31Algunos de los compañeros de Heliodoro instaron inmediatamente a Onías para que invocara al Altísimo para que concediera la gracia de vivir al que se encontraba a punto de dar el último suspiro.

32Temiendo el sumo sacerdote que acaso el rey sospechara que los judíos habían cometido algún atentado contra Heliodoro, ofreció un sacrificio por la salud de aquel hombre.

33Mientras el sumo sacerdote ofrecía el sacrificio de expiación, se aparecieron otra vez a Heliodoro los mismos jóvenes, vestidos con la misma indumentaria, y puestos en pie le dijeron: «Debes estar muy agradecido al sumo sacerdote Onías, pues por él el Señor te concede la gracia de vivir;

34y tú, que has sido azotado por el cielo, haz saber a todos la grandeza del poder de Dios». Dicho esto, desaparecieron.

35Heliodoro, después de ofrecer un sacrificio al Señor y de haber orado largamente a quien le había concedido la vida, se despidió de Onías y volvió al rey con sus tropas.

36Daba testimonio ante todos de las obras del Dios grande que él había contemplado con sus ojos.

37Y cuando el rey preguntó a Heliodoro a quién convendría enviar otra vez a Jerusalén, él respondió:

38«Si tienes algún enemigo o conspirador contra el Estado, mándalo allá y te lo devolverán molido a golpes, si es que salva su vida, pues te aseguro que aquel lugar está defendido por una fuerza divina.

39Porque el mismo que tiene su morada en los cielos, vela y protege aquel lugar; y a los que se acercan con malas intenciones, los hiere de muerte».

40Así sucedieron las cosas relativas a Heliodoro y a la conservación del tesoro.

2 Macabeos 4

1Simón, a quien antes mencionamos como delator de los tesoros y de la patria, calumniaba a Onías como si este hubiera maltratado a Heliodoro y fuera el causante de los desórdenes;

2y se atrevía a decir que el bienhechor de la ciudad, el defensor de sus compatriotas y celoso de las leyes, era un conspirador contra el Estado.

3A tal punto llegó la hostilidad, que hasta se cometieron asesinatos por parte de uno de los esbirros de Simón.

4Entonces Onías, considerando que aquella rivalidad era intolerable y que Apolonio, hijo de Menelao, gobernador de Celesiria y Fenicia, instigaba a Simón al mal,

5acudió al rey, no como acusador de sus conciudadanos, sino como tutor del bien común y particular de todos.

6Pues bien veía que sin la intervención del rey era ya imposible pacificar la situación y detener a Simón en sus locuras.

7Cuando Seleuco dejó esta vida y Antíoco, por sobrenombre Epífanes, comenzó a reinar, Jasón, el hermano de Onías, usurpó el sumo sacerdocio,

8después de haber prometido al rey, en una conversación, diez mil kilos de plata, más otros dos mil kilos de rentas.

9Se comprometía además a firmar el pago de otros cuatro mil kilos, si se le concedía la facultad de instalar por su propia cuenta un gimnasio y una efebía, así como la de registrar a sus partidarios como ciudadanos antioquenos en Jerusalén.

10Con el consentimiento del rey y con los poderes en su mano, pronto cambió las costumbres de sus compatriotas conforme al estilo griego.

11Suprimiendo los privilegios que los reyes habían concedido a los judíos por medio de Juan, padre de Eupólemo, el que fue enviado en embajada a los romanos para un pacto de amistad y mutua defensa, y abrogando las instituciones legales, introdujo costumbres nuevas, contrarias a la ley.

12Así pues, fundó a su gusto un gimnasio bajo la misma acrópolis e indujo a lo mejor de la juventud a uniformarse según costumbre griega.

13Era tal el auge del helenismo y el progreso de la moda extranjera a causa de la extrema perversidad de aquel Jasón, quien tenía más de impío que de sumo sacerdote,

14que los sacerdotes ya no sentían interés por el servicio al altar, sino que menospreciaban el santuario; descuidando los sacrificios, en cuanto se convocaba el campeonato de disco, se apresuraban a tomar parte en los ejercicios de la palestra contrarios a la ley;

15sin apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas.

16Por esto mismo, una comprometida situación los puso en aprieto y tuvieron como enemigos y verdugos a los mismos cuya conducta emulaban y a quienes querían parecerse en todo.

17Porque no queda impune quien viole las leyes divinas; así lo mostrará el tiempo sucesivo.

18Cuando se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, en presencia del rey,

19el contaminado Jasón envió unos legados antioquenos como representantes de Jerusalén, que llevaban consigo trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules. Pero los portadores pensaron que no convenía emplearlas en el sacrificio, sino en otros gastos.

20Y así, el dinero que estaba destinado por voluntad del donante al sacrificio de Hércules, se empleó, por deseo de los portadores, en la construcción de trirremes.

21Cuando Apolonio, hijo de Menesteo, fue enviado a Egipto para la entronización del rey Filométor, Antíoco se enteró de que este se había convertido en adversario político suyo y comenzó a preocuparse de su propia seguridad; por eso, pasando por Jafa, se presentó en Jerusalén.

22Fue magníficamente recibido por Jasón y por la ciudad, e hizo su entrada entre antorchas y aclamaciones. Después de esto llevó sus tropas hasta Fenicia.

23Tres años más tarde, Jasón envió a Menelao, hermano del ya mencionado Simón, para llevar el dinero al rey y gestionar la negociación de asuntos urgentes.

24Menelao se hizo presentar al rey, a quien impresionó con su aire majestuoso, y logró ser investido del sumo sacerdocio, ofreciendo nueve mil kilos de plata más que Jasón.

25Provisto del mandato real, se volvió sin poseer más méritos para el sumo sacerdocio que el furor de un cruel tirano y la fiereza de una bestia salvaje.

26Jasón, por su parte, suplantador de su propio hermano y él mismo suplantado por otro, se vio forzado a huir al territorio amonita.

27Menelao tenía ciertamente el poder, pero nada pagaba del dinero prometido al rey,

28aunque Sóstrato, el alcaide de la acrópolis, se lo reclamaba, pues a él correspondía percibir los tributos. Por este motivo, ambos fueron convocados por el rey.

29Menelao dejó como sustituto del sumo sacerdocio a su hermano Lisímaco; Sóstrato a Crates, jefe de los chipriotas.

30Mientras tanto, sucedió que los habitantes de Tarso y de Malos se sublevaron por haber sido cedidas sus ciudades como regalo a Antióquida, la concubina del rey.

31Fue, pues, el rey a toda prisa, para poner orden en la situación, dejando como sustituto a Andrónico, uno de los dignatarios.

32Menelao se aprovechó de aquella buena oportunidad; arrebató algunos objetos de oro del templo y se los regaló a Andrónico; también logró vender otros en Tiro y en las ciudades de alrededor.

33Cuando Onías llegó a saberlo con certeza, se lo reprochó, no sin haberse retirado antes a un lugar de refugio, a Dafne, cerca de Antioquía.

34Por eso, Menelao, a solas con Andrónico, le incitaba a matar a Onías. Andrónico se llegó adonde estaba Onías y, confiando en la astucia, estrechándole la mano y dándole la mano derecha con juramento, convenció a Onías de salir de su refugio, aunque a este no le faltaban sospechas. Inmediatamente le dio muerte, sin respeto alguno a la justicia.

35Por este motivo no solo los judíos, sino también muchos de otras naciones se indignaron y se irritaron por el injusto asesinato de aquel hombre.

36Cuando el rey volvió de las regiones de Cilicia, los judíos de la ciudad, junto con los griegos que también odiaban la violencia, fueron a su encuentro para quejarse de la infame muerte de Onías.

37Antíoco, hondamente entristecido y movido a compasión, lloró recordando la prudencia y la gran moderación del difunto.

38Furioso, despojó inmediatamente a Andrónico de la púrpura y le desgarró sus vestiduras. Lo hizo pasear por toda la ciudad hasta el mismo lugar donde tan impíamente había tratado a Onías; allí hizo desaparecer de este mundo al criminal, a quien el Señor daba el merecido castigo.

39Lisímaco había cometido muchos robos sacrílegos en la ciudad con el consentimiento de Menelao y la noticia se había divulgado fuera; por eso la multitud se amotinó contra Lisímaco, cuando eran ya muchos los objetos de oro que habían desaparecido.

40Como las turbas estaban excitadas y en el colmo de su cólera, Lisímaco armó a cerca de tres mil hombres e inició la represión violenta, poniendo por jefe a un tal Aurano, avanzado en edad y no menos en locura.

41Cuando se dieron cuenta del ataque de Lisímaco, unos se armaron de piedras, otros de estacas y otros, tomando a puñados la ceniza que allí había, cargaron en tropel contra las tropas de Lisímaco.

42De este modo hirieron a muchos de ellos y mataron a algunos; a todos los demás los pusieron en fuga y al mismo ladrón sacrílego lo mataron junto al tesoro.

43Por estos hechos se instruyó proceso contra Menelao.

44Cuando el rey llegó a Tiro, tres hombres enviados por el Consejo de ancianos presentaron ante él su alegato.

45Menelao, perdido ya, prometió una importante suma a Tolomeo, hijo de Dorimeno, para que convenciera al rey.

46Entonces Tolomeo, llevando al rey aparte a una galería como para tomar el aire, le hizo cambiar de parecer,

47de modo que absolvió de las acusaciones a Menelao, el causante de todos los males, y, en cambio, condenó a muerte a aquellos infelices que deberían haber sido absueltos, aunque hubieran declarado ante un tribunal bárbaro.

48Así que, sin dilación, sufrieron aquella injusta pena los que habían defendido la causa de la ciudad, del pueblo y de los vasos sagrados.

49Por este motivo, algunos tirios, indignados contra semejante iniquidad, prepararon con magnificencia su sepultura.

50Menelao, por su parte, por la avaricia de aquellos gobernantes, permaneció en el poder, creciendo en maldad, constituido en el principal adversario de sus conciudadanos.

Hebreos 3

1Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús,

2fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios.

3Pero el honor concedido a Jesús es superior al de Moisés, pues el que funda la familia tiene mayor dignidad que la familia misma.

4En efecto, cada familia tiene un fundador, mas quien lo ha fundado todo es Dios.

5Moisés, ciertamente, fue fiel en toda su casa, como servidor para atestiguar cuanto había de anunciarse.

6En cambio, Cristo, como Hijo, está al frente de la familia de Dios; y esa familia somos nosotros, con tal que mantengamos firme la seguridad y la gloria de la esperanza.

7Por eso dice el Espíritu Santo: Si escucháis hoy su voz,

8no endurezcáis vuestros corazones como cuando la rebelión, en el día de la prueba en el desierto,

9cuando me pusieron a prueba vuestros padres, y me provocaron, a pesar de haber visto mis obras

10cuarenta años. Por eso me indigné contra aquella generación y dije: Siempre tienen el corazón extraviado; no reconocieron mis caminos,

11por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso.

12¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desertar del Dios vivo.

13Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado.

14En efecto, somos partícipes de Cristo si conservamos firme hasta el final la actitud del principio.

15Al decir: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón, como cuando la rebelión,

16¿quiénes se rebelaron, al escucharlo? Ciertamente, todos los que salieron de Egipto por obra de Moisés.

17Y ¿contra quiénes se indignó durante cuarenta años? Contra los que habían pecado, cuyos cadáveres cayeron en el desierto.

18Y ¿a quiénes juró que no entrarían en su descanso sino a los rebeldes?

19Y vemos que no pudieron entrar por falta de fe.