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Lectura 158 de 365

1 Macabeos 6-8 · Tito 3

Letra: Normal

1 Macabeos 6

1El rey Antíoco recorría las provincias del norte cuando se enteró de que había en Persia una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro,

2con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas depositadas allí por Alejandro el de Filipo, rey de Macedonia, primer rey de los griegos.

3Antíoco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía,

4salieron a atacarlo. Antíoco tuvo que huir y emprendió apesadumbrado el viaje de vuelta a Babilonia.

5Cuando él se encontraba todavía en Persia, llegó un mensajero con la noticia de que la expedición militar contra Judea había fracasado

6y que Lisias, que en un primer momento se había presentado como caudillo de un poderoso ejército, había huido ante los judíos; estos, sintiéndose fuertes con las armas, pertrechos y el enorme botín de los campamentos saqueados,

7habían derribado la abominación de la desolación construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes y habían hecho lo mismo en Bet Sur, ciudad que pertenecía al rey.

8Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó de tal forma que cayó en cama y enfermó de tristeza, porque no le habían salido las cosas como quería.

9Allí pasó muchos días, cada vez más triste. Pensó que se moría,

10llamó a todos sus Amigos y les dijo: «El sueño ha huido de mis ojos y estoy abrumado por las preocupaciones,

11y me digo: “¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, que era feliz y querido cuando era poderoso!

12Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando todo el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase sin motivo a los habitantes de Judea.

13Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera”».

14Llamó luego a Filipo, uno de sus Amigos, y lo puso al frente de todo su reino.

15Le dio su corona, su manto real y su anillo, encargándole que educara a su hijo Antíoco y lo preparara para que fuese rey.

16Allí murió el rey Antíoco el año ciento cuarenta y nueve.

17Lisias, al enterarse de la muerte del rey, puso en el trono a su hijo Antíoco, a quien había educado desde niño, y le dio el sobrenombre de Eupátor.

18Mientras tanto, la guarnición de la acrópolis tenía confinado a Israel en el recinto del santuario; buscaba siempre la oportunidad de causarle mal y de ofrecer apoyo a los gentiles.

19Resuelto Judas a exterminarlos, convocó a todo el ejército para sitiarlos.

20El año ciento cincuenta, una vez reunidos, comenzaron el sitio de la acrópolis y construyeron catapultas y máquinas de asalto.

21Pero algunos de los sitiados lograron romper el cerco; se les juntaron algunos otros israelitas apóstatas

22y acudieron al rey para decirle: «¿Hasta cuándo vas a estar sin hacer justicia y sin vengar a nuestros hermanos?

23Nosotros aceptamos voluntariamente servir a tu padre, seguir sus instrucciones y obedecer sus órdenes.

24Por ello los hijos de nuestro pueblo han puesto sitio a la acrópolis y nos tratan como extraños. Más aún, han matado a cuantos de nosotros han caído en sus manos y nos han arrebatado nuestras haciendas.

25Pero no solo han alzado su mano contra nosotros, sino también contra todos vuestros territorios.

26Ya ves que ahora tienen cercada la acrópolis de Jerusalén con intención de ocuparla y han fortificado el santuario y Bet Sur.

27Si no te das prisa en atajarlos, se atreverán a más, y ya te será imposible contenerlos».

28Al oírlo el rey montó en cólera y convocó a todos los grandes del reino, jefes de infantería y de caballería.

29Le llegaron tropas mercenarias de otros reinos y de ultramar.

30El número de sus fuerzas era de cien mil infantes, veinte mil jinetes y treinta y dos elefantes adiestrados para la lucha.

31Atravesando Idumea, pusieron cerco a Bet Sur. La lucha se prolongó muchos días. Prepararon máquinas de asalto; pero los sitiados, en salidas que hacían, se las quemaban, peleando valerosamente.

32Entonces Judas partió de la acrópolis y acampó junto a Bet Zacarías, frente al campamento real.

33El rey se levantó de madrugada y puso en marcha el ejército a toda prisa por el camino de Bet Zacarías. Los ejércitos se dispusieron a entrar en batalla tocando las trompetas.

34A los elefantes les habían dado zumo de uvas y moras para prepararlos para el combate.

35Los repartieron entre los escuadrones. Mil hombres, con cota de malla y casco de bronce en la cabeza, se alineaban al lado de cada elefante. Además, con cada bestia iban quinientos jinetes escogidos,

36que estaban donde el animal estuviese y lo acompañaban adonde fuese, sin apartarse de él.

37Cada elefante llevaba encima, sujeta con cinchas, una torre de madera bien protegida y cuatro guerreros que combatían desde ella, además del guía indio.

38El rey colocó el resto de la caballería a un lado y otro, en los flancos del ejército, con la misión de hostigar al enemigo y proteger los escuadrones.

39Cuando relumbró el sol sobre los escudos de oro y bronce, resplandecieron los montes con su fulgor y brillaron como antorchas encendidas.

40Una parte del ejército real se desplegó por las alturas de los montes, mientras la otra lo hizo por el llano; avanzaban con seguridad y buen orden.

41Se estremecieron todos los que oían el griterío de aquella muchedumbre y el estruendo que levantaba al marchar y entrechocar las armas; era, en efecto, un ejército inmenso y poderoso.

42Judas y su ejército se adelantaron para entrar en batalla, y cayeron seiscientos hombres del ejército real.

43Eleazar, llamado Avarán, se fijó en un elefante engualdrapado con insignias reales que sobresalía por su corpulencia entre los demás elefantes y creyó que el rey iba en él.

44Pensó en entregarse por salvar a su pueblo y conseguir así renombre inmortal.

45Corrió audazmente hacia el elefante, metiéndose entre el escuadrón, matando a derecha e izquierda y haciendo que los enemigos se apartaran de él a un lado y a otro;

46se deslizó debajo del elefante para atacarlo y lo mató. Se desplomó el elefante sobre él y allí murió Eleazar.

47Los judíos, al fin, viendo la potencia del rey y la impetuosidad de sus tropas, retrocedieron ante ellas.

48Los del ejército real subieron a Jerusalén, al encuentro de los judíos, y el rey acampó con intención de invadir Judea y el monte Sión.

49Hizo la paz con los de Bet Sur, que evacuaron la ciudad al no tener víveres consigo para sostener el sitio por ser año sabático para la tierra.

50El rey ocupó Bet Sur y dejó allí una guarnición para su defensa.

51Luego estuvo muchos días sitiando el santuario: levantó allí ballestas de tiro y máquinas de asalto, lanzallamas, catapultas, escorpiones de lanzar flechas y hondas.

52Por su parte, los judíos sitiados hicieron también máquinas defensivas y combatieron durante muchos días.

53Pero no había víveres en los almacenes, porque aquel era el año séptimo, y además los israelitas liberados de los gentiles y traídos a Judea habían consumido las últimas reservas.

54Víctimas, pues, del hambre, dejaron unos pocos hombres en el santuario y los demás se dispersaron cada uno por su lado.

55Lisias se enteró de que Filipo, a quien el rey Antíoco había confiado en vida educar a su hijo Antíoco para ser rey,

56había vuelto desde Persia y Media con las tropas de la expedición real, y que trataba de hacerse con el poder.

57Entonces se dio prisa en volver, diciendo al rey, a los generales y a la tropa: «Cada día estamos más débiles; las provisiones faltan; la plaza que asediamos está bien fortificada y los asuntos del gobierno son urgentes.

58Demos, pues, la mano a estos hombres, hagamos la paz con ellos y con toda su nación

59y permitámosles vivir según su legislación tradicional, pues, irritados por habérsela abolido, se vienen portando de esta manera».

60El rey y los jefes aprobaron la idea y el rey envió una propuesta de paz a los sitiados. Estos la aceptaron

61y el rey y los jefes la confirmaron con juramento. Con esta garantía los judíos salieron de la fortaleza

62y el rey entró en el monte Sión. Pero al ver la fortaleza de aquel lugar, violó el juramento que había hecho y ordenó destruir la muralla que lo circundaba.

63Luego, a toda prisa, emprendió el regreso a Antioquía, donde se encontró con que Filipo se había apoderado de la ciudad. El rey lo atacó y le arrebató la ciudad por la fuerza.

1 Macabeos 7

1El año ciento cincuenta y uno, Demetrio, hijo de Seleuco, salió de Roma y, con unos pocos hombres, desembarcó en una ciudad marítima donde se proclamó rey.

2Cuando se disponía a entrar en el palacio real de sus antepasados, el ejército apresó a Antíoco y a Lisias para llevarlos a su presencia.

3Al saberlo, Demetrio dijo: «No quiero ver sus caras».

4El ejército los mató y Demetrio se sentó en el trono real.

5Entonces todos los israelitas apóstatas e impíos acudieron a él, con Alcimo al frente, que pretendía el cargo del sumo sacerdocio.

6Ya en su presencia, acusaron al pueblo diciendo: «Judas y sus hermanos han hecho perecer a todos tus amigos y a nosotros nos han expulsado de nuestro país.

7Envía, pues, ahora, a una persona de tu confianza, que vaya y vea los estragos que han causado en nosotros y en la provincia real, y los castigue a ellos y a todos los que los apoyan».

8El rey eligió a Báquides, uno de sus Amigos, gobernador de Transeufratina, grande en el reino y fiel al rey.

9Lo envió con el impío Alcimo, a quien concedió el sacerdocio, con la orden de castigar a los hijos de Israel.

10Partieron con un ejército numeroso, entraron en la tierra de Judea y enviaron mensajeros a Judas y sus hermanos con falsas propuestas de paz.

11Pero estos no hicieron caso a sus palabras, porque vieron que había venido con un gran ejército.

12No obstante, un grupo de letrados se reunió con Alcimo y Báquides, tratando de encontrar una solución justa.

13«Los leales» eran los primeros entre los hijos de Israel en pedirles la paz,

14pues se decían: «Un sacerdote del linaje de Aarón ha venido con el ejército: no nos hará ningún mal».

15Báquides habló con ellos amistosamente y les aseguró bajo juramento: «No intentaremos haceros mal ni a vosotros ni a vuestros amigos».

16Le creyeron, pero él prendió a sesenta de ellos y los mató en un mismo día, según aquel texto de la Escritura:

17«Esparcieron la carne y la sangre de tus santos en torno a Jerusalén y no hubo quien les diese sepultura».

18Con esto, el miedo hacia ellos y el espanto se apoderó de todo el pueblo que decía: «No tienen sinceridad ni honradez, pues han violado el pacto y el juramento que habían jurado».

19Báquides partió de Jerusalén y acampó en Betsaid. De allí mandó apresar a muchos de los suyos que habían desertado y a algunos del pueblo; los mató y los arrojó en la cisterna grande.

20Luego puso la provincia en manos de Alcimo, dejó con él tropas que lo sostuvieran y marchó adonde estaba el rey.

21Alcimo tuvo que luchar para defender su cargo de sumo sacerdote.

22Se le unieron todos los perturbadores del pueblo, se hicieron dueños de la tierra de Judea y causaron un enorme estrago en Israel.

23Cuando Judas vio todo el daño que Alcimo y los suyos hacían a los hijos de Israel, mayor que el que habían causado los gentiles,

24salió a recorrer todo el territorio de Judea para castigar a los desertores e impedirles circular por la región.

25Al ver Alcimo que Judas y los suyos cobraban fuerza, comprendiendo que no podía ofrecerles resistencia, se dirigió al rey y los acusó de graves delitos.

26Entonces el rey envió a Nicanor, uno de sus generales más distinguidos y enemigo declarado de Israel, y le mandó exterminar al pueblo.

27Nicanor llegó a Jerusalén con un ejército numeroso y envió a Judas y a sus hermanos un insidioso mensaje de paz diciéndoles:

28«No haya pugna entre nosotros; iré a veros con una pequeña escolta en son de paz».

29Fue, pues, adonde estaba Judas y ambos se saludaron amistosamente, pero los enemigos estaban preparados para secuestrar a Judas.

30Este se enteró de que Nicanor había venido con engaños, se atemorizó y no quiso verlo más.

31Nicanor, viendo descubiertos sus planes, salió a enfrentarse con Judas cerca de Cafarsalamá.

32Cayeron unos quinientos hombres del ejército de Nicanor y los demás huyeron a la Ciudad de David.

33Después de estos sucesos, subió Nicanor al monte Sión. Algunos sacerdotes y ancianos del pueblo salieron del santuario para saludarlo amistosamente y mostrarle el holocausto que se ofrecía por el rey.

34Pero él se burló de ellos, los escarneció y escupió, y les habló con insolencia.

35Encolerizado, juró: «Si ahora mismo no se me entrega a Judas y a su ejército en mis manos, cuando vuelva victorioso, prenderé fuego a este templo». Y salió enfurecido.

36Los sacerdotes entraron y, de pie ante el altar y el santuario, exclamaron llorando:

37«Tú has elegido este templo dedicado a tu Nombre, para que fuese casa de oración y súplica para tu pueblo;

38castiga a este hombre y a su ejército, que caigan atravesados por la espada. Acuérdate de sus blasfemias y no les des tregua».

39Nicanor salió de Jerusalén y acampó en Bet Jorón, donde se le unió un contingente de Siria.

40Judas acampó en Adasá con tres mil hombres y oró diciendo:

41«Cuando los enviados del rey blasfemaron, salió tu ángel y mató a ciento ochenta y cinco mil de ellos;

42destruye también hoy este ejército ante nosotros y reconozcan los que queden, que su jefe profirió palabras impías contra tu santuario. ¡Júzgalo según su maldad!».

43El día trece del mes de adar trabaron batalla los ejércitos y salió derrotado el de Nicanor. Nicanor cayó el primero en el combate

44y su ejército, al verlo caído, arrojó las armas y se dio a la fuga.

45Los judíos estuvieron persiguiéndolos un día entero, desde Adasá hasta llegar a Guézer, con las trompetas tocando a rebato detrás de ellos.

46De todas las aldeas judías del contorno salió gente que, rodeándolos, les obligaron a volverse los unos sobre los otros. Todos cayeron a espada: no quedó ni uno de ellos.

47Tomaron los despojos y el botín; cortaron la cabeza de Nicanor y su mano derecha, aquella que había extendido con insolencia, y las llevaron para exponerlas a la vista de Jerusalén.

48El pueblo se llenó de gran alegría; celebraron aquel día como un gran día de regocijo

49y acordaron conmemorarlo cada año el trece de adar.

50La tierra de Judá gozó de sosiego por algún tiempo.

1 Macabeos 8

1La fama de los romanos llegó a oídos de Judas: que eran poderosos, que se mostraban benévolos con todos sus aliados, que establecían amistad con cuantos acudían a ellos.

2Le contaron sus guerras y las proezas que habían realizado entre los galos: cómo los habían dominado y sometido a tributo;

3todo cuanto habían hecho en la región de España para apoderarse de sus minas de plata y oro,

4cómo se habían hecho dueños de todo el país gracias a su astucia y perseverancia, a pesar de ser un país lejano. Habían derrotado a los reyes que los habían atacado desde los confines de la tierra, aplastándolos definitivamente; los demás les pagaban tributo cada año.

5Habían vencido en la guerra a Filipo, a Perseo, rey de Macedonia, y a cuantos se habían aliado contra ellos, y los habían sometido.

6Antíoco el Grande, rey de Asia, había ido a atacarlos con ciento veinte elefantes, caballería, carros y tropas muy numerosas, y fue derrotado por ellos,

7lo apresaron vivo y lo obligaron, a él y a sus sucesores en el trono, a pagarles un gran tributo, a entregar rehenes y a ceder

8algunas de sus mejores provincias: la provincia Índica, Media y Lidia; se las quitaron para dárselas al rey Eumenes.

9También los de Grecia habían concebido el proyecto de ir a exterminarlos;

10pero los romanos, al enterarse, enviaron contra ellos a un solo general, les hicieron la guerra, mataron a muchos de ellos, llevaron cautivos a sus mujeres y niños, saquearon sus bienes, subyugaron el país, arrasaron sus fortalezas y los sometieron a servidumbre hasta el día de hoy.

11A los demás reinos y a las islas, a cuantos en alguna ocasión les hicieron frente, los destruyeron y redujeron a servidumbre. En cambio, a sus amigos y a los que buscan apoyo en ellos, les mantuvieron su amistad.

12Tienen bajo su dominio a los reyes vecinos y a los lejanos, y todos cuantos oyen su nombre los temen.

13Aquellos a quienes quieren ayudar a conseguir el trono, reinan, y deponen a los que ellos quieren. Están en la cima del poder.

14No obstante, ninguno de ellos se ciñe la corona ni se viste de púrpura para darse importancia.

15Se han creado un Senado, donde cada día trescientos veinte consejeros deliberan constantemente en favor del pueblo para mantenerlo en buen orden.

16Confían cada año a uno solo el mando sobre ellos y el dominio sobre toda su tierra. Todos obedecen a este solo hombre sin que haya entre ellos envidias ni celos.

17Judas eligió a Eupólemo, hijo de Juan, hijo de Acos, y a Jasón, hijo de Eleazar, y los envió a Roma a concertar un tratado de amistad y mutua defensa,

18para sacudirse el yugo de encima, porque veían que el imperio de los griegos tenía esclavizado a Israel.

19Partieron, pues, para Roma y, después de un larguísimo viaje, entraron en el Senado, donde, tomando la palabra, dijeron:

20«Judas, llamado Macabeo, sus hermanos y el pueblo judío nos han enviado a vosotros para concertar un tratado de mutua defensa y de paz, y para que nos inscribáis en el número de vuestros aliados y amigos».

21La propuesta les pareció bien.

22Esta es la copia de la carta que enviaron a Jerusalén, grabada en planchas de bronce, para que quedase allí como documento del tratado de paz y mutua defensa:

23«¡Prosperidad a los romanos y a la nación de los judíos por mar y por tierra para siempre! ¡Lejos de ellos la espada enemiga!

24Pero, si se declara una guerra primera contra Roma o contra cualquiera de sus aliados en cualquier parte de sus dominios,

25la nación de los judíos luchará de todo corazón a su lado, según las circunstancias se lo dicten.

26A los enemigos no les darán si les suministrarán trigo, armas, dinero ni naves. Así lo ha decidido Roma. Guardarán fielmente los compromisos sin recibir compensación alguna.

27Igualmente, si después se declara una guerra contra los judíos, los romanos lucharán a su lado con todo empeño, según las circunstancias se lo dicten.

28A los enemigos no les darán ni trigo, ni armas, ni dinero ni naves. Así lo ha decidido Roma. Estos compromisos se cumplirán lealmente.

29En estos términos se han concertado los romanos con el pueblo judío.

30Si posteriormente unos y otros deciden añadir o quitar algo, lo podrán hacer de mutuo acuerdo, y lo que añadan o quiten será válido.

31En cuanto a los males que el rey Demetrio les ha causado, le hemos escrito diciéndole: “¿Por qué has hecho pesar tu yugo sobre nuestros amigos y aliados los judíos?

32Si otra vez vuelven a quejarse de ti, nosotros defenderemos sus derechos y te haremos la guerra por mar y tierra”».

Tito 3

1Recuérdales que se sometan a los gobernantes y a las autoridades; que obedezcan, estén dispuestos a hacer el bien,

2no hablen mal de nadie ni busquen riñas; que sean condescendientes y amables con todo el mundo.

3Porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, andábamos por el camino equivocado; éramos esclavos de deseos y placeres de todo tipo, nos pasábamos la vida haciendo el mal y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros.

4Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre,

5no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo,

6que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador,

7para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna.

8Es palabra digna de crédito y en ella quiero que te afiances, para que cuantos han creído en Dios pongan el máximo interés por destacarse en el buen obrar. Esto es bueno y provechoso para todos.

9Evita disquisiciones estúpidas, genealogías, polémicas y disputas sobre la ley, ya que son inútiles y vanas.

10Huye del que es sectario después de haberlo amonestado una o dos veces,

11sabiendo que es un pervertido, un pecador y que es él quien se condena a sí mismo.

12Cuando te haya enviado a Artemas o a Tíquico, procura venir enseguida a mi lado, a Nicópolis, pues he decidido pasar allí el invierno.

13Provee con generosidad de cuanto sea necesario a Zenas el maestro de la ley y a Apolo, para que no les falte de nada.

14Y que aprendan también los nuestros a destacarse en el buen obrar cuando haya necesidades urgentes. Será entonces cuando realmente den fruto.

15Te saludan todos los que están conmigo. Saluda a los que nos aman en la fe. La gracia esté con todos vosotros.