Lectura 156 de 365
Ester 10 · 1 Macabeos 1-2 · Tito 1
Ester 10
1El rey Asuero impuso un tributo a todos los habitantes del país y de las islas.
2Todas sus gestas políticas y militares, así como el encumbramiento de Mardoqueo, se pueden leer en los anales de los reyes de Media y Persia.
3El judío Mardoqueo, en efecto, fue el primero en el reino después del rey; fue un hombre muy importante entre los judíos y querido por sus compatriotas, pues promovió el bien de su pueblo y la paz para su raza.
3aY dijo Mardoqueo: «Todo esto ha venido de Dios.
3bPues recuerdo el sueño que tuve acerca de estos acontecimientos y nada dejó de cumplirse:
3cla pequeña fuente que se convirtió en río, y que era sol, luz y agua abundante. Ester es el río; el rey la tomó por esposa y la hizo reina.
3dLos dos dragones somos Amán y yo.
3eLos pueblos son los que se aliaron para borrar el nombre de los judíos.
3fLos que clamaron a Dios y fueron salvados son mi pueblo, Israel. El Señor salvó a su pueblo, el Señor nos libró de todos estos males y Dios realizó grandes signos y prodigios, que no hizo entre los demás pueblos.
3gPor eso estableció dos suertes: una para el pueblo de Dios y otra para todos los otros pueblos.
3hY esas dos suertes se cumplieron en el tiempo, la ocasión y el día determinado para el juicio, en la presencia de Dios y ante todos los pueblos.
3iEl Señor se acordó de su pueblo e hizo justicia a su heredad.
3kEstos días, el catorce y el quince del mes de adar, serán para vosotros días de reunión, alegría y gozo ante Dios de generación en generación y para siempre en su pueblo Israel».
3lEl año cuarto del reinado de Tolomeo y Cleopatra, Dositeo, que afirmaba ser sacerdote y levita, y Tolomeo, su hijo, trajeron la presente carta de los Purim, que declararon auténtica y que fue traducida por Lisímaco, hijo de Tolomeo, uno de los judíos de Jerusalén.
1 Macabeos 1
1Alejandro el macedonio, hijo de Filipo, que ocupaba el trono de Grecia, salió de Macedonia, derrotó y suplantó a Darío, rey de Persia y Media,
2entabló numerosos combates, ocupó fortalezas, asesinó a reyes,
3llegó hasta el confín del mundo, saqueó innumerables naciones. Cuando la tierra enmudeció ante él, su corazón se llenó de soberbia y de orgullo;
4reunió un ejército potentísimo y dominó países, pueblos y soberanos, que le pagaron tributo.
5Pero después cayó en cama y, cuando vio cercana la muerte,
6llamó a los generales más ilustres, educados con él desde la juventud, y les repartió el reino antes de morir.
7A los doce años de reinado, Alejandro murió,
8y sus generales se hicieron cargo del gobierno, cada cual en su territorio;
9al morir Alejandro todos ciñeron la corona real; y después, durante muchos años, lo hicieron sus hijos, que multiplicaron las desgracias del mundo.
10De ellos brotó un vástago perverso, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida.
11Por entonces surgieron en Israel hijos apóstatas que convencieron a muchos: «Vayamos y pactemos con las naciones vecinas, pues desde que nos hemos aislado de ellas nos han venido muchas desgracias».
12Les gustó la propuesta
13y algunos del pueblo decidieron acudir al rey. El rey les autorizó a adoptar la legislación pagana; y entonces, acomodándose a las costumbres de los gentiles,
14construyeron en Jerusalén un gimnasio,
15disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se vendieron para hacer el mal.
16Cuando ya se sintió seguro en el trono, Antíoco se propuso reinar también sobre Egipto, para ser así rey de dos reinos.
17Invadió Egipto con un poderoso ejército, con carros, elefantes, caballos y una gran flota.
18Atacó a Tolomeo, rey de Egipto. Tolomeo retrocedió y huyó, sufriendo muchas bajas.
19Entonces Antíoco ocupó las plazas fuertes de Egipto y saqueó el país.
20Cuando volvía de conquistar Egipto, el año ciento cuarenta y tres, subió contra Israel y contra Jerusalén con un poderoso ejército.
21Entró con arrogancia en el santuario, robó el altar de oro, el candelabro y todos sus accesorios,
22la mesa de los panes presentados, las copas para la libación, las fuentes y los incensarios de oro, la cortina y las coronas. Y arrancó todo el decorado de oro de la fachada del templo;
23se incautó también de la plata y el oro, la vajilla de valor y los tesoros escondidos que encontró,
24y se lo llevó todo a su tierra, después de verter muchas sangre y de proferir fanfarronadas increíbles.
25Un lamento por Israel se oyó en todo el país.
26Gimieron los príncipes y los ancianos, desfallecieron doncellas y jóvenes, se marchitó la belleza de las mujeres.
27Entonó el esposo una elegía, la esposa hizo duelo sentada en la alcoba.
28La tierra tembló por sus habitantes, y toda la casa de Jacob se cubrió de vergüenza.
29Dos años después el rey envió un recaudador fiscal que se presentó en Jerusalén con un poderoso ejército.
30Hablaba pérfidamente en son de paz. La gente se fio de él. Entonces cayó de improviso sobre la ciudad, le asestó un duro golpe y mató a muchos israelitas.
31Saqueó la ciudad, la incendió y arrasó sus casas y la muralla que la rodeaba.
32Se llevaron cautivos a las mujeres y los niños y se apoderaron del ganado.
33Después reconstruyeron la Ciudad de David, rodeándola de una muralla alta y maciza, con sólidas torres, y se convirtió en su acrópolis.
34Instalaron allí a gentes perversas, judíos renegados que se hicieron fuertes en ella.
35Se aprovisionaron de armas y víveres, y depositaron en ella el botín que habían recogido en Jerusalén. Se convirtieron en un enclave peligroso.
36Se convirtió en una insidia contra el santuario, en una continua amenaza para Israel.
37Derramaron sangre inocente en torno al santuario, y profanaron el santuario.
38Los habitantes de Jerusalén huyeron por su causa, la ciudad se convirtió en morada de extranjeros. Se hizo extraña para sus nativos y sus propios hijos la abandonaron.
39Su santuario quedó desolado como un desierto, sus fiestas convertidas en duelo, sus sábados en irrisión, su honor en desprecio.
40Su deshonra igualó a su fama, su grandeza se mudó en duelo.
41El rey decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su reino,
42obligando a cada uno a abandonar la legislación propia. Todas las naciones acataron la orden del rey
43e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.
44El rey despachó correos a Jerusalén y a las ciudades de Judá, con órdenes escritas: tenían que adoptar la legislación extranjera,
45se prohibía ofrecer en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones, y guardar los sábados y las fiestas;
46se mandaba contaminar el santuario y a los fieles,
47construyendo aras, templos y capillas idolátricas, sacrificando cerdos y animales inmundos;
48tenían que dejar sin circuncidar a los niños y profanarse a sí mismos con toda clase de impurezas y abominaciones,
49de manera que olvidaran la ley y cambiaran todas las costumbres.
50El que no cumpliese la orden del rey sería condenado a muerte.
51En estos términos escribió el rey a todos sus súbditos. Nombró inspectores para todo el pueblo, y mandó que en todas las ciudades de Judá, una tras otra, se ofreciesen sacrificios.
52Se les unió mucha gente del pueblo, todos ellos traidores a la ley, y cometieron tales tropelías en el país
53que los israelitas tuvieron que esconderse en cualquier refugio disponible.
54El día quince de casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey Antíoco mandó poner sobre el altar de los holocaustos la abominación de la desolación; y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno.
55Quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas.
56Rasgaban y echaban al fuego los libros de la ley que encontraban;
57al que le descubrían en casa un libro de la Alianza, y a quien vivía de acuerdo con la ley, lo ajusticiaban según el decreto real.
58Como tenían el poder, todos los meses hacían lo mismo a los israelitas que se encontraban en las ciudades.
59El veinticinco de cada mes sacrificaban sobre el ara pagana que se hallaba encima del altar de los holocaustos.
60A las madres que circuncidaban a sus hijos, las mataban como ordenaba el edicto
61con las criaturas colgadas al cuello; y mataban también a sus familiares y a los que habían circuncidado a los niños.
62Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros.
63Prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la Alianza santa. Y murieron.
64Una cólera terrible se abatió sobre Israel.
1 Macabeos 2
1Por entonces surgió Matatías, hijo de Juan, hijo de Simón sacerdote de la familia de Joarib; aunque oriundo de Jerusalén, se había establecido en Modín.
2Tenía cinco hijos: Juan, apodado el Feliz;
3Simón, llamado el Fanático;
4Judas, llamado Macabeo;
5Eleazar, llamado Avarán; y Jonatán, llamado Apfús.
6Al ver Matatías los sacrilegios que se cometían en Judá y en Jerusalén,
7exclamó: «¡Ay de mí! ¿Por qué nací para ver la ruina de mi pueblo y la ruina de la ciudad santa, y quedarme ahí sentado, cuando la ciudad es entregada en manos de enemigos, y su santuario en poder extraño?
8Ha quedado su templo como varón sin honor,
9el ajuar que era su gloria, llevado como botín; asesinados sus niños en las plazas, y sus jóvenes, por la espada enemiga.
10¿Qué nación no ha ocupado sus dominios y no se ha apropiado de sus despojos?
11Todas sus joyas le han sido arrancadas y la que antes era libre, ahora es esclava.
12Ahí está: nuestro santuario, belleza y gloria nuestra, está desolado, profanado por los gentiles.
13¿Para qué seguir viviendo?».
14Matatías y sus hijos se rasgaron las vestiduras, se vistieron de sayal e hicieron gran duelo.
15Los funcionarios reales, encargados de imponer la apostasía, llegaron a Modín para que la gente ofreciese sacrificios,
16y muchos israelitas acudieron a ellos. Matatías y sus hijos se reunieron aparte.
17Los funcionarios del rey tomaron la palabra y dijeron a Matatías: «Tú eres una persona ilustre, un hombre importante en esta ciudad, y estás respaldado por tus hijos y parientes.
18Adelántate el primero, haz lo que manda el rey, como lo han hecho todas las naciones; y los mismos judíos, y los que han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos recibiréis el título de Amigos del rey; os premiarán con oro y plata y muchos regalos».
19Pero Matatías respondió en voz alta: «Aunque todos los súbditos del rey le obedezcan apostatando de la religión de sus padres y aunque prefieran cumplir sus órdenes,
20yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la Alianza de nuestros padres.
21¡Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres!
22No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión ni a derecha ni a izquierda».
23Nada más decirlo, un judío se adelantó a la vista de todos, dispuesto a sacrificar sobre el ara de Modín, como lo mandaba el rey.
24Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa, corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara.
25Y, acto seguido, mató al funcionario real que obligaba a sacrificar y derribó el ara.
26Lleno de celo por la ley, hizo lo que Pinjás a Zimrí, hijo de Salu.
27Luego empezó a decir a voz en grito por la ciudad: «¡Todo el que sienta celo por la ley y quiera mantener la Alianza, que me siga!».
28Y se echó al monte, con sus hijos, dejando en la ciudad todo cuanto tenía.
29Por entonces, muchos decidieron bajar al desierto para instalarse allí, porque deseaban vivir santamente de acuerdo con el derecho y la justicia,
30ellos, con sus hijos, mujeres y ganados, porque las desgracias habían llegado al colmo.
31Los funcionarios reales y la guarnición de Jerusalén, Ciudad de David, recibieron el aviso de que unos hombres que rechazaban el mandato real habían bajado a las cuevas del desierto.
32Muchos soldados corrieron tras ellos y los alcanzaron. Acamparon junto a ellos y se prepararon para atacarlos en un día de sábado.
33Les conminaron: «¡Ya basta! Si salís y obedecéis la orden del rey, salvaréis vuestras vidas».
34Pero ellos respondieron: «No saldremos ni obedeceremos la orden del rey, profanando el sábado».
35Los soldados los atacaron inmediatamente.
36Pero ellos no les replicaron ni les tiraron piedras ni se atrincheraron en las cuevas,
37sino que dijeron: «¡Muramos todos con la conciencia limpia! El cielo y la tierra son testigos de que nos matáis injustamente».
38Así que los atacaron en sábado y murieron ellos, con sus mujeres, hijos y ganados: unas mil personas.
39Cuando Matatías y los suyos lo supieron, hicieron gran duelo por ellos,
40y comentaban entre sí: «Si todos actuamos como nuestros hermanos, sin luchar contra los gentiles por nuestra vida y por nuestras normas, muy pronto nos exterminarán de la tierra».
41Aquel mismo día tomaron esta decisión: «A todo el que venga a atacarnos en sábado, le haremos frente para no morir todos como murieron nuestros hermanos en las cuevas».
42Por entonces se les agregó el grupo de «los leales», israelitas valientes, todos entregados de corazón a la ley;
43se les sumaron también como refuerzos todos los que querían escapar de aquellas desgracias.
44Organizaron un ejército y descargaron su ira contra los pecadores y su cólera contra los apóstatas. Los que se libraron del ataque fueron a refugiarse entre los gentiles.
45Matatías y sus partidarios organizaron una correría, derribaron las aras,
46circuncidaron por la fuerza a los niños no circuncidados que encontraban en territorio israelita
47y persiguieron a los insolentes; la campaña fue un éxito,
48de manera que rescataron la ley de manos de los gentiles y sus reyes, y mantuvieron a raya a los malvados.
49Cuando le llegó la hora de morir, Matatías dijo a sus hijos: «Hoy triunfan la insolencia y el descaro; son tiempos de subversión y de ira,
50Ahora, hijos míos, sed celosos de la ley y dad la vida por la Alianza de vuestros padres.
51Recordad las hazañas que hicieron nuestros padres en su tiempo y conseguiréis gloria sin par y fama perpetua.
52Abrahán demostró su fidelidad en la prueba, y le fue contado como justicia.
53José, en el tiempo de su angustia, observó la ley y llegó a ser señor de Egipto.
54Pinjás, nuestro padre, por su ardiente celo, alcanzó la Alianza de un sacerdocio eterno.
55Josué, por cumplir el mandato, llegó a ser juez de Israel.
56Caleb, por su testimonio ante la asamblea, recibió su patrimonio en la tierra.
57David, por su misericordia, obtuvo el trono real para siempre.
58Fue arrebatado al cielo Elías, por su ardiente celo de la ley.
59Ananías, Azarías y Misael, por su confianza, se salvaron de la hoguera.
60Por su inocencia, Daniel se salvó de las fauces de los leones.
61Y así, repasad cada generación: los que esperan en Dios no desfallecen.
62No temáis las palabras de un hombre pecador, pues su fasto acabará en estiércol y gusanos;
63hoy es exaltado y mañana desaparecerá: retornará al polvo y sus planes fracasarán.
64Hijos míos, sed valientes en defender la ley, que ella será vuestra gloria.
65Mirad, sé que vuestro hermano Simón es prudente; obedecedlo siempre, que él será vuestro padre.
66Y Judas Macabeo, aguerrido desde joven, será vuestro caudillo y dirigirá la guerra contra el extranjero.
67Vosotros ganaos a todos los que guardan la ley y vengad a vuestro pueblo;
68dad a los gentiles su merecido y cumplid cuidadosamente los preceptos de la ley».
69Y, después de bendecirlos, fue a reunirse con sus antepasados.
70Murió el año ciento cuarenta y seis. Lo enterraron en la sepultura familiar, en Modín, y todo Israel le hizo solemnes funerales.
Tito 1
1Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, para suscitar la fe de los elegidos de Dios y el conocimiento de la verdad, que, de acuerdo con la piedad,
2lleva a la esperanza de la vida eterna; esta fue prometida antes de los siglos por Dios, que nunca miente;
3al llegar el tiempo apropiado, él manifestó su palabra por la predicación que me fue confiada según el mandato de Dios nuestro Salvador,
4a Tito, verdadero hijo en la fe que compartimos: gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Salvador nuestro.
5Mi intención al dejarte en Creta era que acabaras de organizar lo que aún faltaba por hacer y constituyeses presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di.
6Que el presbítero sea alguien sin tacha, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, a los que no quepa acusar de vida desenfrenada ni de ser unos insubordinados.
7Porque es preciso que el obispo sea intachable, como administrador que es de la casa de Dios; que no sea presuntuoso, ni colérico, ni dado al vino, ni pendenciero, ni ávido de ganancias poco limpias.
8Al contrario, ha de ser hospitalario, amigo del bien, sensato, justo, piadoso, dueño de sí.
9Debe mostrar adhesión al mensaje de la fe de acuerdo con la enseñanza, para que sea capaz tanto de orientar en la sana doctrina como de rebatir a los que sostienen la contraria.
10Porque hay mucho insubordinado, charlatán y embaucador, sobre todo entre los de la circuncisión,
11a los cuales se debe tapar la boca, pues revuelven familias enteras, enseñando lo que no se debe, y todo para sacar dinero.
12Un cretense, profeta entre los suyos, dijo: «Cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, estómagos perezosos».
13Y su testimonio es verdadero. Por ello, repréndelos con severidad para que se mantengan sanos en la fe
14y no presten atención a fábulas judías ni a preceptos de hombres que viven de espaldas a la verdad.
15Todo es limpio para los limpios; mas para los impuros y los incrédulos nada hay limpio, ya que su mente y su conciencia están manchadas.
16Confiesan que conocen a Dios, pero lo niegan con sus obras. Son detestables, rebeldes e incapaces de cualquier obra buena.