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Lectura 154 de 365

Ester 4-6 · 2 Timoteo 3

Letra: Normal

Ester 4

1Cuando Mardoqueo tuvo noticia de lo que pasaba, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco, se cubrió de ceniza y recorrió la ciudad gimiendo amargamente y clamaba a voz en cuello: «Quieren eliminar a un pueblo que no ha faltado en nada».

2Se detuvo ante la puerta del palacio real, pues nadie podía cruzarla vestido de saco.

3En todas las provincias, cuando fue conocido el decreto real, hubo gran duelo entre los judíos, con ayuno, llanto y lamentos. Muchos de ellos se acostaron sobre saco y ceniza.

4Las esclavas y los eunucos de Ester fueron a decírselo. Ella quedó consternada y envió ropa a Mardoqueo para que abandonara el saco y se vistiera; pero él no quiso.

5Entonces Ester llamó a Hatac, uno de los eunucos reales que estaban a su servicio, y le ordenó que preguntase a Mardoqueo cuál era la razón de semejante proceder.

6Hatac encontró a Mardoqueo en la plaza situada frente a la puerta de palacio

7y Mardoqueo le contó lo que le había sucedido y cómo Amán había prometido entregar al tesoro real una suma de dinero por la destrucción de los judíos.

8Le dio una copia del decreto de exterminio promulgado en Susa, para que se lo mostrara a Ester y la pusiera al tanto de la situación, con el ruego de que ella se presentara ante el rey para pedir clemencia en favor de su pueblo y le dijera: «Recuerda cuando eras pequeña: cómo te alimentaba con mi mano. Ya que Amán, el segundo en el reino, ha pedido nuestra muerte, invoca tú al Señor, habla al rey en favor nuestro y líbranos de la muerte».

9Hatac comunicó a Ester la respuesta de Mardoqueo,

10y ella lo envió de nuevo con este mensaje:

11«Todos los cortesanos del rey y la gente de las provincias saben que, por decreto real, cualquier persona, hombre o mujer, que se presente ante el rey en el patio interior sin haber sido llamada merece la muerte, a menos que el rey, extendiendo su cetro de oro hacia ella, le perdone la vida. Y hace ya treinta días que el rey no me llama a su presencia».

12Cuando Mardoqueo recibió el mensaje de Ester,

13pidió que le dijeran: «No pienses que, por estar en el palacio real, vas a ser la única que se salve entre todos los judíos.

14Si ahora te obstinas en callar, el auxilio y la liberación vendrán a los judíos de otra parte, mientras que tú y tu familia pereceréis. Incluso es muy posible que hayas llegado a ser reina para una ocasión como esta».

15Ester mandó que respondieran a Mardoqueo:

16«Reúne a todos los judíos que habitan en Susa y ayunad por mí. No comáis ni bebáis durante tres días y tres noches. También yo y mis doncellas ayunaremos. Después, aunque la ley lo prohíbe, me presentaré ante el rey. Y, si he de morir, moriré».

17Mardoqueo se fue y cumplió lo que Ester le había indicado.

17aMardoqueo, recordando las maravillas del Señor, oró así:

17b«¡Señor, Señor, rey omnipotente! El mundo entero está sometido a tu poder. Cuando te propones salvar a Israel, no hay quien pueda volverse contra ti.

17cPorque tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas que existen bajo el cielo. Eres Señor de todo, y nadie puede oponerse a ti, Señor.

17dTú conoces todas las cosas. Tú sabes, Señor, que, si me niego a postrarme ante el insolente Amán, no lo hago por arrogancia, orgullo o soberbia, pues llegaría a besarle las plantas de los pies por la salvación de Israel:

17elo hago porque para mí ningún hombre es equiparable a Dios. No me postraré más que ante ti, Señor. Mi conducta, pues, no obedece al orgullo.

17fY ahora, Señor, Dios y Rey, Dios de Abrahán, perdona a tu pueblo, porque nuestros enemigos traman nuestra ruina. Desean destruir la heredad que es tuya desde siempre.

17gNo desprecies al pueblo que rescataste para ti de la tierra de Egipto.

17hEscucha mi oración y ten misericordia de tu heredad; convierte nuestro duelo en alegría, para que, conservando la vida, alabemos tu nombre, Señor. No cierres los labios de los que te alaban».

17iY todo Israel clamó con todas sus fuerzas porque su muerte era inminente.

17kY la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor. Despojándose de sus vestiduras lujosas, se puso ropas de angustia y aflicción; y, en lugar de sus refinados perfumes, cubrió su cabeza de polvo y basura. Humilló extremadamente su cuerpo con ayunos, cubrió totalmente su aspecto alegre con sus cabellos desordenados y suplicó al Señor, Dios de Israel, diciendo:

17l«Señor mío, rey nuestro, tú eres el único. Defiéndeme que estoy sola y no tengo más defensor que tú, porque yo misma me he puesto en peligro.

17mDesde mi nacimiento yo oí en mi tribu y en mi familia que tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones y a nuestros padres entre todos sus antepasados para que fueran por siempre tu heredad. Realizaste en favor suyo todo lo que prometiste.

17nEn cambio nosotros hemos pecado ante ti y nos has entregado en manos de nuestros enemigos por haber adorado a sus dioses. Eres justo, Señor.

17oPero ahora no se contentan con la amargura de nuestra esclavitud, sino que han pactado con sus ídolos para derogar tu decreto, hacer desaparecer tu heredad, cerrar la boca de los que te alaban y apagar la gloria de tu casa y de tu altar;

17ppara abrir la boca de los gentiles al elogio de sus dioses vacíos y para que admiren por siempre a un rey de carne.

17qNo entregues, Señor, tu cetro a los que no son nada, que no se rían de nuestra caída. Al contrario, vuelve sus planes contra ellos y escarmienta al que empezó a atacarnos.

17rAcuérdate, Señor; manifiéstate en el tiempo de nuestra tribulación y dame valor, rey de los dioses y dueño de todo poder.

17sPon en mi boca la palabra oportuna cuando esté ante el león y cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca y termine con él y con los que piensan como él.

17tPero a nosotros sálvanos con tu mano y defiéndeme a mí, que estoy sola, y no tengo a nadie fuera de ti, Señor.

17uTú conoces todo y sabes que he aborrecido la gloria de los impíos y detesto el lecho de los incircuncisos y de cualquier extranjero.

17vTú sabes mi pena, porque detesto el signo de mi dignidad que llevo sobre mi cabeza cuando aparezco en público; lo detesto como trapo de menstruación y no lo llevo en privado.

17xTu sierva no ha comido en la mesa de Amán y no ha apreciado el banquete del rey, ni ha bebido vino de libaciones;

17yy, desde el día de mi coronación hasta hoy, tu sierva no ha encontrado gozo sino en ti, Señor, Dios de Abrahán.

17z¡Oh Dios, que todo lo dominas!, atiende a la voz de los que pierden la esperanza y líbranos de la mano de los malvados. Y líbrame de mi temor».

Ester 5

1Al tercer día, Ester se puso los vestidos de reina y fue hasta el patio interior de palacio, que daba al salón del trono. Cuando el rey, que estaba sentado en el trono real, mirando hacia la entrada,

2vio a la reina Ester de pie en el patio, quedó embelesado y extendió hacia ella el cetro de oro que tenía en la mano. Ester se acercó y tocó el extremo del cetro.

1aAl tercer día, cuando terminó de orar, Ester se quitó la ropa de súplica y se vistió con sus galas; estaba deslumbrante. Habiendo invocado a Dios, salvador que todo lo ve, tomó a dos sirvientas: en una se apoyaba delicadamente, la otra le seguía sujetándole el vestido;

1bella estaba sonrosada, en el culmen de su hermosura; su rostro alegre como el de una enamorada, pero su corazón angustiado por el miedo.

1cY pasando todas las puertas, se presentó ante el rey. Él estaba sentado sobre su trono real y revestido con todos los ropajes de sus apariciones oficiales, todo cubierto de oro y piedras preciosas; tenía un aspecto verdaderamente temible.

1dY levantando el rostro, encendido de majestad, la miró en el culmen de su ira. La reina se desmayó, se demudó su semblante por la debilidad y se dejó caer sobre la cabeza de la sirvienta que la precedía.

1ePero Dios cambió en dulzura el ánimo del rey, que, angustiado, saltó de su trono y la tomó en sus brazos hasta que se repuso. Y la consolaba con palabras tranquilizadoras, diciéndole:

1f«¿Qué tienes, Ester? Yo soy tu hermano, tranquilízate; no morirás porque nuestro mandato se aplica solo a la gente común. Acércate».

2Y extendiendo el cetro de oro lo puso sobre su cuello, la besó y le dijo: «Háblame».

2aY ella le confesó: «Te vi, señor, con el aspecto de un ángel de Dios y se agitó mi corazón por el miedo a tu majestad, porque eres admirable y tu rostro está lleno de gracia».

2bAl decirle esto se desmayó a causa de su debilidad y el rey se asustó; toda la servidumbre intentaba reanimarla.

3Entonces el rey le preguntó: «¿Qué sucede, reina Ester? ¿Qué deseas? Aunque sea la mitad de mi reino, te lo concederé».

4Ester dijo: «Si place al rey, venga hoy con Amán al banquete que le he preparado».

5El rey ordenó: «Avisad inmediatamente a Amán, para que se cumpla lo que Ester desea». El rey y Amán acudieron al banquete que ella había preparado.

6Durante el banquete, dijo el rey a Ester: «Te daré lo que me pidas. Lo que desees, aunque sea la mitad de mi reino, te será concedido».

7Respondió Ester: «Este es mi deseo y petición:

8si he hallado gracia ante el rey, si le place concederme lo que pido y acceder a mi deseo, venga con Amán al banquete que voy a preparar mañana para ambos. Mañana responderé al rey».

9Amán salió entonces contento y satisfecho. Pero, al ver que Mardoqueo permanecía a la puerta de palacio sin levantarse ni apartarse a su paso, montó en cólera.

10Sin embargo, se reprimió y marchó a su casa. Allí, en presencia de sus amigos y de Zeres, su mujer,

11habló de sus inmensas riquezas, de sus muchos hijos y de cómo el rey lo había enaltecido, ascendiéndolo por encima de los demás cortesanos y ministros.

12Y añadió: «Más aún: la reina Ester no ha invitado a nadie más que a mí para acompañar al rey en un banquete que había preparado y también mañana estoy invitado junto con el rey.

13Pero todo eso no significa nada para mí mientras vea al judío Mardoqueo sentado a la puerta de palacio».

14Su mujer, Zeres, y sus amigos le dijeron: «Manda preparar una horca de unos veinticinco metros de altura y, mañana temprano, pide al rey que cuelguen de ella a Mardoqueo. Así podrás ir satisfecho con el rey al banquete». Amán, encantado con la idea, mandó preparar la horca.

Ester 6

1Aquella noche, no pudiendo conciliar el sueño, el rey mandó que trajeran y le leyeran el libro de los anales.

2En él se daba cuenta de que Mardoqueo había denunciado a Bigtán y Teres, los dos eunucos reales que servían como centinelas, por haber conspirado contra la vida del rey Asuero.

3El rey preguntó: «¿Qué honor o dignidad se concedió a Mardoqueo por esto?». Los cortesanos que acompañaban al rey dijeron que no se había hecho nada.

4Entonces el rey prosiguió: «¿Quién está en el patio?». Precisamente entonces llegaba Amán al patio exterior de palacio para pedir al rey que colgaran a Mardoqueo en la horca que le había preparado.

5Los cortesanos respondieron al rey: «El que está ahí es Amán». El rey ordenó que entrara.

6Una vez dentro, el rey le preguntó: «¿Qué se puede hacer a un hombre a quien el rey quiere honrar?». Amán, imaginando que era él mismo el hombre a quien el rey deseaba honrar,

7respondió al rey: «Que al hombre a quien el rey desea honrar

8le traigan vestiduras regias usadas por el rey y un caballo que el rey haya montado y le pongan una corona real en la cabeza.

9Un noble, dignatario real, tomará las vestiduras y el caballo, vestirá al hombre a quien el rey desea honrar y le paseará sobre el caballo por la plaza de la ciudad, pregonando ante él: “Mirad lo que se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar”».

10Entonces dijo el rey a Amán: «Bien. Toma las vestiduras y el caballo, como has dicho, y haz todo eso con el judío Mardoqueo, que está sentado a la puerta de palacio. No omitas nada de lo que has dicho».

11Amán tomó la ropa y el caballo, vistió a Mardoqueo y lo paseó montado por la plaza de la ciudad, pregonando ante él: «Mirad lo que se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar».

12Después Mardoqueo volvió a la puerta de palacio, mientras Amán, triste y cabizbajo, marchó corriendo a su casa.

13Contó lo sucedido a su mujer, Zeres, y a todos sus amigos, los cuales comentaron: «Si el tal Mardoqueo, ante quien has empezado a caer, es de la raza de los judíos, te hundirás ante él. Él verá tu ruina».

14Estaban aún hablando cuando llegaron los eunucos del rey para conducirlo rápidamente al banquete que Ester había preparado.

2 Timoteo 3

1Debes saber esto: en los últimos días se presentarán tiempos difíciles,

2pues los hombres serán egoístas, avariciosos, fanfarrones, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, irreligiosos,

3despiadados, desleales, calumniadores, desenfrenados, brutales, enemigos del bien,

4traidores, precipitados, engreídos, amigos del placer más que de Dios;

5tendrán la apariencia de piedad, pero habrán renegado de su fuerza. Apártate también de estos.

6A este grupo pertenecen los que se introducen en las casas y cautivan a mujerzuelas cargadas de pecados, arrastradas por pasiones de todo tipo,

7que siempre están aprendiendo y nunca logran llegar al conocimiento de la verdad.

8Lo mismo que Yannes y Yambrés se opusieron a Moisés, así también estos se oponen a la verdad; son hombres de mente corrompida, descalificados en lo que se refiere a la fe.

9Pero no irán adelante, pues su estupidez será notoria a la vista de todos, como lo fue también la de aquellos.

10Tú, en cambio, me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia,

11las persecuciones y los padecimientos, como aquellos que me sobrevinieron en Antioquía, Iconio y Listra. ¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.

12Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos.

13Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos.

14Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste,

15y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús.

16Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia,

17a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.