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Lectura 153 de 365

Ester 1-3 · 2 Timoteo 2

Letra: Normal

Ester 1

1aEl año segundo del reinado de Asuero el Grande, el día primero de nisán, Mardoqueo, hijo de Yaír, hijo de Semeí, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, tuvo un sueño.

1bEste judío, residente en la ciudad de Susa, hombre ilustre que servía en el palacio real,

1cera uno de los deportados que Nabucodonosor, rey de Babilonia, había llevado al destierro desde Jerusalén con Jeconías, rey de Judá.

1dEste fue su sueño. Gritos y tumultos, truenos y terremotos, confusión en la tierra.

1eEntonces aparecieron dos grandes dragones, dispuestos para el combate. Lanzaron un rugido,

1fy todos los pueblos, al oírlo, se prepararon para luchar y para combatir al pueblo de los justos.

1gFue un día de oscuridad y tinieblas, de tribulación y angustia, de quebranto y de gran confusión en la tierra.

1hTodo el pueblo de los justos se aterrorizó: temía la propia ruina y se preparó para morir. Pero clamaron a Dios.

1iEn respuesta a su clamor, de una pequeña fuente nació un río caudaloso, enorme.

1kApareció una luz y salió el sol; los oprimidos se alzaron y devoraron a los grandes.

1lUna vez despierto, Mardoqueo recordaba perfectamente el sueño y quiso saber lo que Dios tenía previsto hacer y estuvo dando vueltas al sueño hasta la noche, intentando descifrarlo.

1mSe alojaba Mardoqueo en el palacio con Bigtán y Teres, los dos eunucos del rey que vigilaban el palacio.

1nEscuchó sus proyectos, averiguó su plan, y descubrió que estaban preparando un atentado contra el rey Asuero. Él se lo hizo saber al rey.

1oEl rey interrogó a los dos eunucos y, después de que confesaron, fueron ejecutados.

1pEl rey hizo registrar estos acontecimientos para que fueran recordados; también Mardoqueo escribió sobre estos hechos.

1qEl rey constituyó a Mardoqueo funcionario del palacio y le concedió regalos por este favor.

1rAmán, hijo de Hamdatá, bugueo, era muy valorado por el rey e intentaba perjudicar a Mardoqueo y a su pueblo a causa del asunto de los dos eunucos del rey.

1Esto sucedió en tiempos de Asuero, que reinó sobre ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía.

2Tenía su trono en la ciudadela de Susa.

3El año tercero de su reinado, el rey ofreció un banquete a todos los jefes y cortesanos, a los oficiales del ejército de Persia y Media, a los nobles y a los gobernadores de las provincias.

4Durante mucho tiempo, a saber, ciento ochenta días, hizo ostentación de la magnífica riqueza de su reino y del grandioso esplendor de su majestad.

5Pasados aquellos días, el rey ofreció a todos los que se hallaban en la ciudadela de Susa, nobles o plebeyos, un banquete de siete días en los jardines del palacio real.

6Había columnas de alabastro, de las que pendían cortinajes de color blanco y púrpura, sujetos a unas anillas de plata por medio de cordones de lino y púrpura; había también divanes de oro y plata sobre un pavimento de mosaico hecho de malaquita, alabastro, nácar y turquesa.

7El vino, servido en copas de oro de diversas formas, corría con la abundancia que corresponde a un rey.

8A nadie se obligaba a beber, pues el rey había ordenado a todos los sirvientes de su palacio que no forzaran la voluntad de nadie.

9También la reina Vasti ofreció un banquete a las mujeres en el palacio del rey Asuero.

10El día séptimo, Asuero, con el corazón ya alegre por el vino, mandó a Mehumán, Bizetá, Jarboná, Bigtá, Abagtá, Zetar y Carcás, los siete eunucos destinados al servicio personal del rey,

11que llevaran ante su presencia a la reina Vasti, adornada con la corona real, para que la gente y los nobles pudieran admirar su hermosura, pues era realmente una mujer muy hermosa.

12Pero la reina Vasti se negó a obedecer la orden que le comunicaron los eunucos. El rey se encolerizó y se encendió su ira.

13Entonces decidió consultar a los expertos en leyes, pues era costumbre discutir con ellos los asuntos regios.

14Llamó, pues, a Carsená, Setar, Admatá, Tarsis, Meres, Marsená y Memucán, los siete grandes de Persia y Media, que formaban parte del consejo real y ocupaban los primeros puestos en el reino,

15y les preguntó: «Según la ley, ¿qué medida se debe adoptar con la reina Vasti por haberse negado a obedecer la orden del rey Asuero que le comunicaron los eunucos?».

16Respondió Memucán en presencia del rey y de los nobles: «La reina Vasti ha cometido una falta, y no solo contra el rey, sino también contra los gobernantes y súbditos de todas las provincias del rey Asuero.

17Porque se enterarán todas las mujeres de lo que ha hecho la reina, perderán el respeto a sus maridos y dirán: “El rey Asuero ordenó que la reina Vasti se presentara ante él, pero ella no fue”.

18Y hoy mismo, las mujeres de los nobles de Persia y Media, que ya conocen la conducta de la reina, se rebelarán contra sus maridos. ¡Cuántos desprecios y riñas se producirán!

19Si el rey lo tiene a bien, promulgue un decreto irrevocable que se incluya en la legislación de los persas y los medos: Vasti no volverá a presentarse ante el rey y el rey concederá el título de reina a otra mujer más digna que ella.

20Cuando ese decreto sea conocido en todos los rincones del reino, todas las mujeres respetarán a sus maridos, nobles o plebeyos».

21El consejo de Memucán agradó al rey y a los nobles, y el rey actuó en consecuencia.

22Envió cartas a todas las provincias del reino, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua, ordenando que fuera el marido quien mandara en su casa.

Ester 2

1Algún tiempo después, una vez calmada la irritación del rey, este se acordó de Vasti, de lo que ella había hecho y de lo que él había decretado con tal motivo.

2Entonces los cortesanos le propusieron: «Conviene que busquen jóvenes vírgenes y hermosas para el rey.

3Para ello, el rey puede nombrar representantes en todas las provincias de su reino, para que reúnan a todas las jóvenes vírgenes y hermosas en el harén de la ciudadela de Susa, donde serán confiadas a los cuidados de Hegeo, el eunuco real encargado de las mujeres. Él les procurará cosméticos.

4Luego, la joven que más le guste al rey será reina en lugar de Vasti». El rey aceptó la sugerencia y la puso en práctica.

5Había en la ciudadela de Susa un judío llamado Mardoqueo, hijo de Yaír, hijo de Semeí, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín.

6Había sido deportado desde Jerusalén con Jeconías, rey de Judá, en la deportación que hizo Nabucodonosor, rey de Babilonia.

7Mardoqueo había criado a Edisa, es decir, Ester, prima suya y huérfana de padre y madre. La joven era hermosa y muy atractiva. A la muerte de sus padres, Mardoqueo la había adoptado como hija.

8Cuando se publicó el edicto real, muchas jóvenes fueron llevadas a la ciudadela de Susa y encomendadas a Hegeo. También Ester fue conducida al palacio real y encomendada a Hegeo, el encargado de las mujeres.

9Como a Hegeo le gustó mucho la joven y le agradó, se apresuró a proporcionarle cosméticos y sustento, puso a su disposición siete doncellas, seleccionadas entre las de palacio y la instaló, junto con sus doncellas, en el mejor lugar del harén.

10Ester no había dicho a qué raza o pueblo pertenecía, pues Mardoqueo se lo había prohibido.

11Todos los días pasaba Mardoqueo por delante del atrio del harén para conocer qué era de Ester y cómo la trataban.

12Estaba previsto que, antes de presentarse ante el rey Asuero, las mujeres debían someterse, según lo dispuesto para ellas, a una preparación que duraba doce meses: los seis primeros se ungían con aceite de mirra, y los otros seis con cremas y perfumes típicamente femeninos.

13Pasado ese período, cuando a cada joven le tocaba presentarse ante el rey, se le permitía llevar consigo del harén al palacio real todo lo que deseara.

14Entraba en palacio por la tarde y a la mañana siguiente iba a otro sector del harén, bajo los cuidados de Saasgaz, el eunuco del rey encargado de las concubinas. Ya no se presentaba de nuevo ante el rey, a no ser que este la desease y la llamase expresamente.

15Cuando a Ester, hija de Abijail, tío de Mardoqueo, su padre adoptivo, le llegó el turno de presentarse ante el rey, ella pidió llevar consigo únicamente lo que le había aconsejado Hegeo, el eunuco real encargado de las mujeres. Ester se ganaba el favor de cuantos la veían.

16Fue presentada ante el rey Asuero en el palacio real el mes décimo, es decir, el mes de tébet, del año séptimo de su reinado.

17El rey la prefirió a las demás mujeres y la trató con especial cariño y bondad, hasta el punto de coronarla y nombrarla reina en lugar de Vasti.

18Después ofreció un gran banquete a todos los nobles y cortesanos, decretó un día de descanso para todas las provincias y repartió regalos dignos de un rey.

19Cuando Ester pasó, como las otras jóvenes, al segundo harén,

20tampoco dijo a qué raza o pueblo pertenecía, pues así se lo había mandado Mardoqueo, y ella seguía obedeciéndole como cuando vivía con él.

21Un día, estando sentado a la puerta de palacio, Mardoqueo advirtió que Bigtán y Teres, dos eunucos que servían como centinelas, se mostraban irritados y conspiraban contra la vida del rey Asuero.

22Tan pronto como se enteró, se lo comunicó a la reina Ester y ella se lo dijo al rey mencionando a Mardoqueo.

23Hecha una investigación, se descubrió la conjura y los dos hombres fueron condenados a la horca. El suceso fue consignado en la crónica del reino, en presencia del rey.

Ester 3

1Después de esto, el rey Asuero elevó de categoría a Amán, hijo de Hamdatá, agaguita: le otorgó un rango superior al de los demás dignatarios.

2Todos los servidores de palacio que estaban en la puerta del rey, por orden real, mostraban su respeto a Amán inclinándose y postrándose ante él. Mardoqueo, sin embargo, se negaba a inclinarse y postrarse.

3Los servidores de palacio le preguntaban: «¿Por qué no obedeces la orden del rey?».

4Día tras día le repetían la pregunta, pero Mardoqueo no se daba por enterado. Entonces lo denunciaron a Amán para ver si Mardoqueo se mantenía en su actitud, pues ya les había indicado que él era judío.

5Cuando Amán comprobó que Mardoqueo no se arrodillaba ante él, montó en cólera.

6Como le dijeron a qué raza pertenecía Mardoqueo, no se contentó con castigarle a él, sino que se propuso exterminar, junto con él, a todos los judíos residentes en el reino de Asuero.

7El año duodécimo del reinado de Asuero, el mes primero, que es el mes de nisán, se efectuó en presencia de Amán el sorteo denominado pur para determinar el mes y el día en que el pueblo judío debía ser aniquilado. La suerte cayó en el mes duodécimo, que es el mes de adar.

8Amán dijo al rey Asuero: «Hay un pueblo, disperso entre las gentes de todas las provincias de tu reino, que se mantiene apartado. Tiene leyes particulares y no cumple los decretos del rey. El rey no debe tolerarlo.

9Si tu majestad estima oportuno decretar su destrucción, yo entregaré trescientos cincuenta mil kilos de plata con destino al tesoro real».

10Entonces el rey se quitó de la mano el anillo del sello y, entregándoselo a Amán, hijo de Hamdatá, agaguita y enemigo de los judíos,

11le dijo: «Quédate con el dinero; y con ese pueblo haz lo que quieras».

12El día trece del mes primero fueron convocados los escribanos del rey para que redactaran, de acuerdo con las instrucciones de Amán, un documento destinado a los sátrapas del rey, a los gobernadores de cada una de las provincias y a los jefes de cada pueblo, a cada provincia en su escritura y a cada pueblo en su lengua. El documento, escrito en nombre del rey Asuero, llevaba el sello real.

13A todas las provincias del reino fueron enviados mensajeros con cartas en las que se ordenaba destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y viejos, niños y mujeres, y saquear sus bienes en un solo día, el trece del mes duodécimo, que es el mes de adar.

13aHe aquí el texto de la carta: «El gran rey Asuero a los gobernadores de las ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía, y a los jefes de distrito bajo sus órdenes.

13bAunque mi autoridad se extiende a muchas naciones y soy señor de toda la tierra, procuro no abusar de mi poder, sino gobernar con suavidad y justicia, para que mis vasallos vivan con tranquilidad y disfruten de paz, ese don tan querido por todos los hombres.

13cHabiendo preguntado a mis consejeros cómo conseguir este objetivo, uno de ellos, Amán, que se distingue por su prudencia y lealtad y que ocupa el segundo puesto en el reino,

13dnos ha informado de que, diseminado entre todos los pueblos de la tierra, hay un pueblo hostil, con leyes ajenas a las de todas las naciones, que rechaza continuamente las órdenes reales y dificulta la aplicación de nuestra benévola política.

13eSabemos que ese pueblo sin igual, opuesto al resto de la gente, fiel a sus propias leyes y contrario a nuestros intereses, comete graves crímenes y amenaza la estabilidad del reino.

13fPor tanto ordenamos que todos los que os han sido indicados en las cartas de Amán, nuestro jefe de gobierno y casi segundo padre, sean exterminados por la espada de sus enemigos, sin piedad ni compasión, junto con sus mujeres e hijos, el día catorce del mes duodécimo, es decir, adar, del presente año.

13gAsí, esos enemigos de ayer y de hoy descenderán al sepulcro en un mismo día, y nosotros podremos gozar en el futuro de paz y estabilidad».

14Una copia del edicto que debía ser promulgado en cada provincia fue divulgada entre los pueblos con el fin de que se preparasen para aquel día.

15Por orden del rey, los mensajeros partieron a toda prisa. El decreto fue promulgado en la ciudadela de Susa. Mientras el rey y Amán se dedicaban a beber, la ciudad estaba consternada.

2 Timoteo 2

1Así pues, tú, hijo mío, hazte fuerte en la gracia de Cristo Jesús,

2y lo que has oído de mí, a través de muchos testigos, esto mismo confíalo a hombres fieles, capaces, a su vez, de enseñar a otros.

3Toma parte en los padecimientos como buen soldado de Cristo Jesús.

4Nadie, mientras sirve en el ejército, se enreda en las normales ocupaciones de la vida; así agrada al que lo alistó en sus filas.

5Tampoco el atleta recibe la corona si no lucha conforme a las reglas.

6El labrador que se afana con fatiga tiene que ser el primero en participar de los frutos.

7Reflexiona lo que digo, pues el Señor te dará inteligencia para que lo comprendas todo.

8Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio,

9por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.

10Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.

11Es palabra digna de crédito: Pues si morimos con él, también viviremos con él;

12si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará.

13Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

14Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes.

15Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad.

16Evita las charlatanerías profanas, pues conducen a una impiedad cada vez mayor,

17y su palabra se propagará con efectos tan corrosivos como la gangrena. Entre ellos están Himeneo y Fileto,

18los cuales se desviaron de la verdad al decir que la resurrección ya ha acontecido, y trastornan la fe de algunos.

19Mas el sólido fundamento de Dios ha permanecido firme, teniendo este sello: «El Señor conoció a los que son suyos» y «Aléjese de la iniquidad todo el que invoca el nombre del Señor».

20Ahora bien, en una casa grande no hay solo vasijas de oro y plata, sino también de madera y de arcilla. Unas tienen una finalidad honrosa; otras, deshonrosa.

21Pues bien, si uno se purifica de estas cosas, será una vasija con finalidad honrosa, santificada, útil a su dueño, preparada para toda obra buena.

22Huye de las pasiones juveniles. Busca la justicia, la fe, el amor, la paz junto con los que invocan al Señor con corazón limpio.

23Rehúye las cuestiones necias y estúpidas, sabiendo que acaban en peleas;

24y uno que sirve al Señor no debe pelearse, sino ser amable con todos, hábil para enseñar, sufrido,

25capaz de corregir con dulzura a quienes sostienen doctrinas contrarias, por si Dios les concede la conversión que lleva al conocimiento de la verdad

26y vuelven en sí, escapando del lazo del diablo, que los tiene cautivos, para hacer su voluntad.