Lectura 149 de 365
Judit 5-7 · 1 Timoteo 4
Judit 5
1Holofernes, jefe supremo del ejército asirio, se enteró de que los hijos de Israel se habían preparado para la guerra cerrando los pasos de montaña, fortificando las alturas y poniendo obstáculos en los llanos.
2Entonces, profundamente irritado, llamó a todos los jefes de Moab, a los generales de Amón y a todos los gobernantes de la zona costera,
3y les conminó: «Decidme, cananeos, qué pueblo es ese que vive en la montaña, qué ciudades habita, de cuántos soldados dispone, de dónde saca su poderosa fuerza, qué rey los gobierna y manda su ejército,
4por qué es el único pueblo de Occidente que no se ha dignado salir a recibirme».
5Ajior, jefe de todos los amonitas, le respondió: «Escucha, señor mío, lo que dice tu siervo. Te diré la verdad sobre ese pueblo que habita en la montaña vecina. No saldrá mentira de mi boca.
6Los de ese pueblo descienden de los caldeos.
7Al principio residieron en Mesopotamia, porque no quisieron adorar a los dioses que sus padres adoraban en Caldea.
8Abandonaron la religión de sus padres para dar culto al Dios del cielo, al que habían llegado a conocer. Arrojados por los caldeos de la presencia de sus dioses, huyeron a Mesopotamia. Allí habitaron largo tiempo,
9hasta que su Dios les mandó salir de aquella tierra y marchar a Canaán, donde se establecieron y consiguieron gran cantidad de oro, plata y ganado.
10Obligados por un hambre que se extendió por todo Canaán, bajaron a Egipto y allí permanecieron mientras tuvieron comida. En Egipto se multiplicaron hasta formar un pueblo incontable.
11Pero los egipcios se volvieron contra ellos, los obligaron a hacer ladrillos, los humillaron y los sometieron a esclavitud.
12Ellos clamaron a su Dios, y su Dios castigó a todo Egipto con plagas incurables. Entonces los egipcios los expulsaron del país.
13Su Dios secó ante ellos el mar Rojo
14y los condujo hacia el Sinaí y Cadés Barnea. Expulsaron a todos los habitantes del desierto,
15se asentaron en la tierra de los amorreos y destruyeron con su fuerza a todo el pueblo de Jesbón. Cruzaron el Jordán y ocuparon toda la región montañosa,
16después de expulsar a los cananeos, perezeos, jebuseos, siquemitas y a todos los guirgaseos. Allí habitaron mucho tiempo.
17Mientras no pecaron contra su Dios, todo les fue bien, porque el suyo es un Dios que odia la maldad.
18Pero cuando se desviaron del camino que él les había señalado, fueron derrotados en muchas guerras y deportados a una tierra extraña; el templo de su Dios fue arrasado y sus ciudades cayeron en manos de sus enemigos.
19Pero ahora, tras haber retornado a su Dios, han vuelto de los lugares en que estaban dispersos, han recuperado Jerusalén, donde se halla su templo y se han establecido en la montaña, que había quedado despoblada.
20Así pues, dueño y señor, si hay alguna falta en este pueblo por haber pecado contra su Dios, si vemos que han cometido algún delito, podemos hacerles la guerra.
21Pero si no han pecado, más vale, señor mío, que no los ataques, porque su Dios y Señor los protegerá y nosotros quedaremos en ridículo ante toda la tierra».
22Cuando Ajior terminó de hablar, todos los que estaban en torno a la tienda profirieron gritos de protesta. Los oficiales de Holofernes y los habitantes de la zona costera y de Moab querían descuartizarlo.
23«No tenemos por qué temer a los hijos de Israel. Son gente sin ejército ni recursos para hacer frente a un ataque en regla.
24¡Adelante, señor nuestro, Holofernes! Serán fácil presa para tu gran ejército».
Judit 6
1Cuando cesó el alboroto provocado por los que estaban en torno al consejo, Holofernes, jefe supremo del ejército asirio, dijo a Ajior en presencia de los extranjeros y de los moabitas:
2«¿Quién eres tú, y quiénes son tus mercenarios de Efraín, para que te las des de profeta entre nosotros diciendo que no luchemos contra los hijos de Israel porque su Dios los protege? ¿Qué dios existe fuera de Nabucodonosor? Él actuará y los exterminará de la faz de la tierra, sin que su Dios sea capaz de librarlos.
3Nosotros, siervos de Nabucodonosor, los aplastaremos como a un solo hombre. No podrán resistir la fuerza de nuestra caballería.
4Abrasaremos a todos. Sus montañas se empaparán de sangre y sus llanuras se colmarán con sus muertos. No aguantarán nuestros embates; todos perecerán. Así lo ha decretado Nabucodonosor, señor de toda la tierra. Lo ha dicho y sus palabras no caerán en vacío.
5Y tú, Ajior, mercenario amonita, que has hablado con tanta insensatez, no volverás a verme hasta que me haya vengado de esa chusma escapada de Egipto.
6Entonces, a mi regreso, la espada de mis soldados y la lanza de mis servidores te atravesarán de parte a parte y serás una más entre sus víctimas.
7De momento, mis hombres te conducirán a la región montañosa y te dejarán en una de las ciudades que se alzan en sus laderas.
8No perecerás ahora, sino cuando perezcan sus habitantes.
9Claro que, si de verdad esperas que ellos no sean vencidos, no debes preocuparte. Lo he dicho y mis palabras se cumplirán».
10Holofernes mandó a los hombres de servicio en su tienda que tomaran a Ajior y lo llevasen a Betulia para entregarlo a los hijos de Israel.
11Los siervos lo sacaron del campamento y lo llevaron a la llanura, y desde allí a la región montañosa hasta llegar a las fuentes que hay junto a Betulia.
12Los de la ciudad, al verlos, tomaron sus armas y corrieron a lo alto de la montaña. Como los honderos lanzaban piedras contra los hombres de Holofernes para impedirles la subida,
13estos retrocedieron hacia la falda de la montaña, ataron a Ajior y lo dejaron allí tendido. Después regresaron a la presencia de su jefe.
14Los hijos de Israel bajaron de su puesto y encontraron a Ajior. Lo desataron, lo llevaron a Betulia y lo presentaron a los jefes de la ciudad,
15que en aquel tiempo eran Ozías, hijo de Miqueas, de la tribu de Simeón; Jabrís, hijo de Gotoniel, y Jarmís, hijo de Melquiel.
16Ellos convocaron a todos los ancianos de la ciudad; también acudieron todos los jóvenes y las mujeres. Pusieron a Ajior en medio de los reunidos y Ozías le preguntó qué había sucedido.
17Ajior contó lo tratado en el consejo de Holofernes, lo que él había dicho ante los jefes de los asirios y las insolencias que el propio Holofernes había proferido contra Israel.
18Los reunidos, postrados en tierra, clamaron a Dios:
19«Señor, Dios del cielo, mira desde lo alto su arrogancia y apiádate de nuestro pueblo humillado. Mira con benevolencia en este día el rostro de tus consagrados».
20Después animaron a Ajior y lo felicitaron calurosamente.
21Al acabar la asamblea, Ozías lo invitó a su propia casa y ofreció un banquete a los ancianos. Durante toda aquella noche estuvieron suplicando la ayuda del Dios de Israel.
Judit 7
1Al día siguiente, Holofernes mandó a su ejército y a los aliados levantar el campamento, avanzar hacia Betulia, ocupar los pasos de la montaña e iniciar las hostilidades contra los hijos de Israel.
2Aquel mismo día se pusieron en marcha todas las fuerzas, que sumaban ciento setenta mil infantes y doce mil jinetes, a los que se añadían los encargados de la intendencia y la gran muchedumbre que iba a pie con ellos.
3Acamparon en el valle cercano a Betulia, junto a la fuente, desplegándose a lo ancho desde Dotán hasta Belmáin, y a lo largo desde Betulia hasta Ciamón, que está enfrente de Esdrelón.
4Los hijos de Israel, al ver semejante multitud, quedaron pasmados y se dijeron: «Estos arrasarán la tierra. Ni los montes más altos, ni valles, ni colinas podrán frenar su empuje».
5Entonces cada cual tomó sus armas, encendieron hogueras en las torres y permanecieron toda la noche en guardia.
6Al día siguiente, Holofernes hizo desfilar toda su caballería ante los hijos de Israel de Betulia.
7Inspeccionó los accesos a la ciudad, localizó las fuentes y las ocupó. Tras dejar allí varios destacamentos de soldados, volvió al lado de su ejército.
8Se acercaron entonces a él los jefes de los edomitas, de los moabitas y de toda la zona costera para decirle:
9«Escúchanos, señor, y no tendrás bajas en tu ejército.
10Esos hijos de Israel confían menos en sus armas que en la altura de las montañas en que viven, porque no es fácil llegar hasta las cumbres.
11Pues bien, señor, evita enfrentarte abiertamente a ellos y no perderás ni un solo hombre.
12Quédate en el campamento, retén a tus hombres en sus emplazamientos y permítenos ocupar la fuente que mana al pie de la montaña,
13pues de ella se abastecen todos los habitantes de Betulia. Cuando estén muertos de sed, te entregarán la ciudad. Nosotros y nuestra gente subiremos a las alturas de los montes cercanos y acamparemos allí, y vigilaremos que no salga nadie de la ciudad.
14Ellos, sus mujeres y sus hijos se consumirán de hambre y, sin necesidad de que la espada los alcance, caerán tendidos en las calles de la ciudad.
15Así les pagarás por haberse rebelado contra ti en vez de salir a recibirte en son de paz».
16Holofernes y sus oficiales aprobaron el plan, y él dio orden de que se llevara a efecto.
17Se pusieron en marcha los amonitas y con ellos cinco mil asirios; acamparon en el valle y ocuparon los manantiales y las fuentes de que se abastecían los hijos de Israel.
18Los edomitas y amonitas acamparon en la montaña frente a Dotán y enviaron destacamentos hacia el sur y el este, frente a Egrébel, cerca de Cus, junto al torrente Mojmur. El resto del ejército de los asirios, que siguió acampado en la llanura, cubría toda su superficie. Sus tiendas y bagajes formaban un campamento muy extenso. La muchedumbre era inmensa.
19Entonces los hijos de Israel clamaron al Señor, su Dios. Al verse cercados por sus enemigos, sin posibilidad de retirada, cayeron en un profundo abatimiento.
20El ejército asirio, infantería, caballería y carros, mantuvo el cerco durante treinta y cuatro días. Los habitantes de Betulia, una vez agotadas las reservas de agua en los hogares
21y con las cisternas a punto de secarse, como el agua estaba racionada, no pudieron beber a satisfacción ni un solo día.
22Los niños languidecían; las mujeres y los jóvenes desfallecían de sed y caían extenuados por las calles y junto a las puertas de la ciudad.
23Entonces toda la población, jóvenes, mujeres y niños, acudieron a Ozías y a los jefes de la ciudad, gritando ante los ancianos:
24«Que Dios sea nuestro juez. Nos habéis hecho mucho daño al negaros a un acuerdo con los asirios.
25Ahora no contamos con nadie que nos ayude. Dios nos ha puesto en sus manos, para que, totalmente exhaustos, muramos de sed.
26Llamadlos: que el ejército de Holofernes y toda su gente saqueen la ciudad.
27Más vale que nos hagan prisioneros: seremos esclavos suyos, pero salvaremos la vida y no tendremos que ver cómo se nos mueren los pequeños y fallecen nuestras mujeres y nuestros hijos.
28Os conjuramos por el cielo y la tierra, y por nuestro Dios, Señor de nuestros padres, que nos castiga por nuestros pecados y por los que ellos cometieron: haced lo que os proponemos».
29Todos los reunidos estallaron en lamentos y clamaron al Señor Dios.
30Ozías les dijo: «Tened confianza, hermanos. Resistamos cinco días más. En ese plazo, el Señor, nuestro Dios, volverá a mostrarnos su misericordia. No nos abandonará por siempre.
31Pero si pasan esos días sin que recibamos ayuda, entonces haré lo que deseáis».
32Mandó a los hombres que volvieran a sus puestos en las murallas y en las torres de la ciudad, y a las mujeres y los niños que se quedaran en casa. En toda la ciudad cundía el desaliento.
1 Timoteo 4
1El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos se alejarán de la fe por prestar oídos a espíritus embaucadores y a enseñanzas de demonios,
2inducidos por la hipocresía de unos mentirosos, que tienen cauterizada su propia conciencia,
3que prohíben casarse y mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que los creyentes y los que han llegado al conocimiento de la verdad participen de ellos con acción de gracias.
4Porque toda criatura de Dios es buena, y no se debe rechazar nada, sino que hay que tomarlo todo con acción de gracias,
5pues es santificado por la palabra de Dios y la oración.
6Si propones estas cosas a los hermanos, serás un buen servidor de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que tú has seguido tan atentamente.
7En cambio, evita las fábulas profanas y propias de ancianas. Ejercítate en la piedad.
8El ejercicio corporal aprovecha para poco, mientras que la piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura.
9Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación.
10Pues para esto nos fatigamos y luchamos, porque hemos puesto la esperanza en el Dios vivo, que es salvador de todos, sobre todo de los que creen.
11Ordena estas cosas y enséñalas.
12Que nadie te menosprecie por tu juventud; sé, en cambio, un modelo para los fieles en la palabra, la conducta, el amor, la fe, la pureza.
13Hasta que yo llegue, centra tu atención en la lectura, la exhortación, la enseñanza.
14No descuides el don que hay en ti, que te fue dado por intervención profética con la imposición de manos del presbiterio.
15Medita estas cosas y permanece en ellas, para que todos vean cómo progresas.
16Cuida de ti mismo y de la enseñanza. Sé constante en estas cosas, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.