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Lectura 148 de 365

Judit 2-4 · 1 Timoteo 3

Letra: Normal

Judit 2

1El año decimoctavo, el día veintidós del primer mes, se celebró consejo en el palacio de Nabucodonosor, rey de los asirios, para decidir cómo llevar a cabo su idea de venganza contra toda la tierra.

2Convocados los ministros y magnates del reino, les comunicó su plan oculto y decretó personalmente la destrucción de aquella tierra.

3Todos acordaron que debían ser exterminados cuantos habían rechazado el mensaje del rey.

4Tan pronto como terminó el consejo, Nabucodonosor, rey de los asirios, llamó a Holofernes, jefe supremo del ejército y segundo en autoridad después del mismo rey, y le dijo:

5«Esto ordena el gran rey, señor de toda la tierra: Tan pronto como te retires de mi presencia, toma contigo hombres valerosos, hasta ciento veinte mil infantes y doce mil jinetes con sus caballos,

6y marcha contra las tierras de Occidente que se negaron a cumplir mis órdenes.

7Diles que se preparen para recibirme, porque voy a descargar mi ira sobre ellos. Su tierra será ocupada por mis soldados y se la entregaré a ellos como botín.

8Sus muertos llenarán los valles, hasta el punto de que ríos y torrentes desbordarán de cadáveres.

9A sus cautivos los enviaré a los confines de la tierra.

10Ve, pues, y conquístame todos sus territorios. Si se te entregan, guárdamelos hasta que llegue el momento de su castigo.

11No muestres piedad con los que se resistan; entrégalos a la muerte y al saqueo en toda tierra que conquistes.

12Lo juro por mi vida y por mi reino. Lo he dicho y lo cumpliré con mis propias manos.

13Y tú no desobedezcas ninguna de las órdenes de tu señor; cúmplelas exactamente y sin demora».

14Nada más salir de la presencia de su señor, Holofernes convocó a todos los jefes, generales y oficiales del ejército asirio.

15Además, de acuerdo con el mandato de su señor, seleccionó ciento veinte mil hombres aguerridos y doce mil arqueros a caballo

16y los organizó para la contienda.

17Tomó un gran número de camellos, asnos y mulos para transportar el bagaje e innumerables ovejas, bueyes y cabras para el aprovisionamiento,

18así como abundantes vituallas para cada hombre y gran cantidad de oro y plata del palacio real.

19Partió Holofernes de Nínive con todo su ejército, precediendo al rey Nabucodonosor, para invadir toda la tierra de Occidente con sus carros, jinetes e infantes selectos.

20Tras ellos iba una confusa muchedumbre, incontable como una plaga de langosta o como la arena de la tierra.

21En tres jornadas de marcha, llegaron desde Nínive a la llanura de Bectilet y acamparon cerca de allí, no lejos de las montañas que están al norte de la alta Cilicia.

22Holofernes avanzó luego, con todo su ejército de infantería, caballería y carros, hacia la región montañosa.

23Asoló Put y Lidia; saqueó a los rasitas e ismaelitas al borde del desierto, al sur de Jeleón.

24Bordeando el Éufrates, cruzó Mesopotamia y destruyó todas las ciudades fortificadas que jalonan el torrente Abrona hasta el mar.

25Ocupó el territorio de Cilicia y, aniquilando a cuantos le oponían resistencia, llegó a la frontera meridional de Jafet, frente a Arabia.

26Cercó a todos los madianitas, incendió sus tiendas y se apoderó de sus rebaños.

27Durante la siega del trigo, bajó a la llanura de Damasco, prendió fuego a sus mieses, exterminó sus rebaños de ovejas y bueyes, saqueó sus ciudades, devastó sus campos y degolló a todos sus jóvenes.

28El pánico se apoderó de los habitantes de la costa, los de Tiro y Sidón, los de Sur y Aco. Ante él se aterrorizaron los de Yamnia, Azoto y Ascalón.

Judit 3

1Esta gente envió a Holofernes mensajeros con una petición de paz:

2«Nosotros, siervos del gran rey Nabucodonosor, nos rendimos ante ti para que dispongas de nosotros como te plazca.

3Aquí tienes nuestras fincas y todo nuestro territorio, los campos de trigo, los rebaños de ovejas y bueyes, los apriscos de nuestras aldeas. Haz con ellos lo que te plazca.

4Nuestras ciudades y sus habitantes se someten a ti. Ven y trátalos como mejor te parezca».

5Los enviados se presentaron ante Holofernes y le comunicaron el mensaje.

6Entonces, él bajó con su ejército hasta la costa, estableció guarniciones en las ciudades fortificadas y reclutó en ellas a los mejores hombres para servicios auxiliares.

7Allí y en los alrededores fue recibido con coronas y danzas al son de panderos.

8Pero él destruyó sus santuarios y taló sus bosques sagrados, porque había recibido orden de terminar con todas las divinidades de la tierra, a fin de que todas las naciones adorasen solo a Nabucodonosor y todas las lenguas y tribus lo proclamasen dios.

9Avanzó luego hacia Esdrelón, cerca de Dotán, que está cerca de la región montañosa de Judea,

10y acampó entre Guibeá y Escitópolis. Allí permaneció un mes reuniendo provisiones para su ejército

Judit 4

1Cuando los hijos de Israel que habitaban en Judea se enteraron de lo que Holofernes, jefe supremo del ejército de Nabucodonosor, rey de los asirios, había hecho con todas las naciones y cómo había saqueado y destruido sus santuarios,

2se aterrorizaron ante su llegada, temiendo por Jerusalén y el templo del Señor, su Dios.

3Hacía poco que, después del destierro, el pueblo se había reagrupado en Judea y había tenido lugar la consagración del ajuar del templo y del altar, que habían sido profanados.

4Mandaron aviso a toda la región de Samaría, a Cona, Bet-Jorón, Belmáin, Jericó, Joba, Asora y el valle de Salén,

5se apresuraron a ocupar las cumbres de las montañas más elevadas, fortificaron las aldeas que había en ellas y almacenaron provisiones con vistas a la guerra, pues acababan de hacer la recolección.

6Joaquín, que era entonces sumo sacerdote en Jerusalén, escribió a los habitantes de Betulia y Betomestáin, ciudades situadas enfrente de Esdrelón, ante la llanura próxima a Dotán.

7Les mandaba que ocuparan los pasos de montaña que dan acceso a Judea; así les sería fácil frenar a los atacantes, pues la estrechez del camino obligaba a avanzar de dos en dos.

8Los hijos de Israel obedecieron al sumo sacerdote, Joaquín, y al consejo de ancianos del pueblo con sede en Jerusalén.

9Con gran fervor, todos los hombres de Israel clamaron a Dios y se humillaron ante él con un gran ayuno.

10Ellos, sus mujeres, sus hijos y ganados, los forasteros, jornaleros y esclavos se vistieron de saco;

11todos los hombres, mujeres y niños de Jerusalén se postraron ante el templo y, con la cabeza cubierta de ceniza, elevaron sus manos al Señor.

12Cubrieron el altar de saco y, a una voz, suplicaron fervientemente al Dios de Israel que no entregase sus hijos al saqueo, sus mujeres al cautiverio, sus ciudades ancestrales a la destrucción y el templo a la profanación y burla de los gentiles.

13El Señor escuchó las plegarias y tuvo piedad ante tanta tribulación. El pueblo ayunaba día tras día en Judea y especialmente en Jerusalén ante el santuario del Señor todopoderoso.

14El sumo sacerdote, Joaquín, y todos los sacerdotes y ministros dedicados al servicio del Señor iban vestidos de saco cuando ofrecían el holocausto perpetuo, los sacrificios votivos y los dones voluntarios del pueblo.

15Y, con los turbantes cubiertos de ceniza, clamaban al Señor con todas sus fuerzas para que se mostrara benigno con la casa de Israel.

1 Timoteo 3

1Es palabra digna de crédito que, si alguno aspira al episcopado, desea una noble tarea.

2Pues conviene que el obispo sea irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, sensato, ordenado, hospitalario, hábil para enseñar,

3no dado al vino ni amigo de reyertas, sino comprensivo; que no sea agresivo ni amigo del dinero;

4que gobierne bien su propia casa y se haga obedecer de sus hijos con todo respeto.

5Pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?

6Que no sea alguien recién convertido a la fe, por si se le sube a la cabeza y es condenado lo mismo que el diablo.

7Conviene además que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito ni en el lazo del diablo.

8En cuanto a los diáconos, sean asimismo respetables, sin doble lenguaje, no aficionados al mucho vino ni dados a negocios sucios;

9que guarden el misterio de la fe con la conciencia pura.

10Tienen que ser probados primero y, cuando se vea que son intachables, que ejerzan el ministerio.

11Las mujeres, igualmente, que sean respetables, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo.

12Los diáconos sean maridos de una sola mujer, que gobiernen bien a sus hijos y sus propias casas.

13Porque quienes ejercen bien el ministerio logran buena reputación y mucha confianza en lo referente a la fe que se funda en Cristo Jesús.

14Aunque espero estar pronto contigo, te escribo estas cosas

15por si tardo, para que sepas cómo conviene conducirse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.

16En verdad es grande el misterio de la piedad, el cual fue manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, mostrado a los ángeles, proclamado en las naciones, creído en el mundo, recibido en la gloria.