Lectura 143 de 365
Tobías 1-3 · 2 Tesalonicenses 1
Tobías 1
1Historia de Tobit, hijo de Tobiel, hijo de Ananiel, hijo de Aduel, hijo de Gabael, de la familia de Asiel, de la tribu de Neftalí.
2En tiempos de Salmanasar, rey de Asiria, fue deportado desde Tisbé, que se halla al sur de Cadés de Neftalí, en la alta Galilea por encima de Jasor, detrás del camino del oeste y al norte de Safed.
3Yo, Tobit, he practicado la verdad y la justicia toda mi vida; he dado muchas limosnas a mis parientes y compatriotas que vinieron cautivos conmigo a Nínive, la tierra de los asirios.
4Siendo yo muy joven, cuando vivía aún en mi país, Israel, toda la tribu de mi antepasado Neftalí se separó de la dinastía de David, mi padre, y de Jerusalén, la ciudad elegida entre todas las tribus de Israel como único lugar para ofrecer sus sacrificios. Allí había sido edificado y consagrado el templo, morada de Dios por todas las generaciones.
5Pero todos mis parientes —toda la casa de mi antepasado Neftalí— ofrecían sacrificios al becerro que Jeroboán, rey de Israel, había mandado colocar en Dan, en la montaña de Galilea.
6A menudo era yo el único que iba a Jerusalén para celebrar las fiestas, tal como está prescrito para todo Israel como ley perpetua. Me faltaba tiempo para ir a Jerusalén con las primicias de los frutos y de los animales, con los diezmos del ganado y la primera lana de las ovejas.
7Se lo entregaba a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el altar. A los levitas que oficiaban en Jerusalén les entregaba el diezmo del vino, del trigo, del aceite, de las granadas, de los higos y demás frutos. El segundo diezmo, de los seis años, lo cambiaba en dinero y lo gastaba en Jerusalén cada año.
8El tercer diezmo lo daba, cada tres años, a viudas, a huérfanos y a prosélitos incorporados a los hijos de Israel. Celebrábamos una comida según lo prescrito en la ley de Moisés y según las recomendaciones de Débora, madre de mi abuelo Ananiel. Mi padre murió, y quedé huérfano.
9Cuando me hice un hombre, me casé con Ana, una mujer de nuestra familia. De ella tuve un hijo al que puse por nombre Tobías.
10Después fui deportado a Asiria y fijé mi residencia en Nínive. Todos los de mi familia y mi raza comían los mismos alimentos que los paganos.
11Pero yo me guardaba cuidadosamente de hacerlo.
12Y puesto que me había acordado de Dios con toda mi alma,
13el Altísimo hizo que Salmanasar me concediera gracia y favor y me nombrara proveedor suyo.
14Mientras él vivió, me desplazaba a Media para cumplir allí sus encargos. En Ragués de Media, en casa de Gabael, hijo de mi hermano Gabrí, deposité unos sacos con unos trescientos cincuenta kilos de plata.
15Pero, cuando murió Salmanasar y le sucedió en el trono su hijo Senaquerib, se cerraron los caminos de Media y no pude volver allí.
16En tiempos de Salmanasar di muchas limosnas a mis hermanos de raza:
17procuraba pan al hambriento y ropa al desnudo. Si veía el cadáver de uno de mi raza abandonado fuera de las murallas de Nínive, lo enterraba.
18Enterré también a los que mandó matar Senaquerib cuando vino huyendo de Judea —el Rey del cielo lo castigó por todas sus blasfemias, y él, en venganza, dio muerte a muchos hijos de Israel—. Yo sustraje sus cuerpos y les di sepultura. Senaquerib los buscó en vano.
19Un ninivita informó al rey de que era yo quien los había enterrado. Entonces me escondí. Pero, tras verificar que el rey sabía de mí y que me buscaban para matarme, tuve miedo y escapé.
20Todos mis bienes, confiscados, pasaron al tesoro real. Quedé sin nada, salvo Ana, mi mujer, y mi hijo Tobías.
21Sin embargo, menos de cuarenta días más tarde, Senaquerib fue asesinado por dos de sus hijos, los cuales huyeron a los montes de Ararat. Le sucedió en el trono su hijo Asaradón, que puso a Ajicar, hijo de mi hermano Anael, al frente de las finanzas de su reino con facultades sobre toda la administración.
22Gracias a la intercesión de Ajicar, pude volver a Nínive. Ajicar, que había sido copero mayor, custodio del sello real, contable y tesorero durante el reinado de Senaquerib, fue confirmado en sus cargos por Asaradón. Ajicar era de mi familia, sobrino mío.
Tobías 2
1Siendo rey Asaradón, volví a mi casa y recuperé a mi mujer, Ana, y a mi hijo, Tobías. En nuestra santa fiesta de Pentecostés, es decir, la fiesta de las Semanas, me prepararon un banquete, y me senté dispuesto a comer.
2Me prepararon la mesa y vi suculentos manjares. Entonces dije a mi hijo Tobías: «Hijo, sal y si, entre nuestros hermanos deportados en Nínive, encuentras algún pobre que se acuerde de Dios con todo corazón, tráelo para que coma con nosotros. Hijo mío, esperaré hasta que vuelvas».
3Tobías salió en busca de algún pobre de nuestro pueblo, pero al regreso me dijo: «¡Padre!». Respondí: «Aquí estoy, hijo mío». Él contestó: «Padre, han asesinado a uno de los nuestros y su cuerpo yace en la plaza del mercado. Acaba de ser estrangulado».
4Me levanté sin haber probado la comida, tomé el cadáver de la plaza y lo dejé en un cobertizo para enterrarlo cuando se pusiera el sol.
5Entré de nuevo, me lavé y comí con amargura,
6recordando las palabras del profeta Amós contra Betel: «Vuestras fiestas se convertirán en luto y todos vuestros cantos en lamentaciones». No pude reprimir las lágrimas.
7Cuando se puso el sol, fui a cavar una fosa y enterré el cadáver.
8Los vecinos se burlaban de mí diciendo: «Este no escarmienta. Tuvo que escapar cuando lo buscaban para matarlo por enterrar muertos y vuelve a la tarea».
9Aquella noche, después de bañarme, salí al patio y me recosté en la tapia, con la cara descubierta porque hacía calor.
10No había advertido que sobre la tapia, encima de mí, había gorriones. Sus excrementos aún calientes me cayeron sobre los ojos y me produjeron unas manchas blanquecinas. Acudí a los médicos para que me curasen; pero cuantos más remedios me aplicaban, más vista perdía a causa de las manchas; hasta que terminé totalmente ciego. Cuatro años permanecí sin ver. Todos mis parientes se mostraron afligidos. Ajicar me cuidó durante dos años, hasta que marchó a Elimaida.
11En tal situación, para obtener algún dinero, mi mujer, Ana, tuvo que trabajar en labores femeninas tejiendo lanas.
12Los clientes le abonaban el precio a la entrega del trabajo. Un día, el siete de marzo, terminó una pieza de tela y la entregó a los clientes. Estos, además de darle toda la paga, le regalaron un cabrito.
13Cuando ella entró en casa, el cabrito se puso a balar. Yo entonces llamé a mi mujer y le pregunté: «¿De dónde ha salido ese cabrito? ¿No será robado? Devuélvelo a su dueño. No podemos comer cosas robadas».
14Ella me aseguró: «Es un regalo que me han hecho además de pagarme». No la creí y, avergonzado por su comportamiento, insistí en que lo devolviera a su dueño. Entonces ella me replicó: «¿Donde están tus limosnas y buenas obras? Ya ves de qué te han servido».
Tobías 3
1Con el alma llena de tristeza, entre gemidos y sollozos, recité esta plegaria:
2«Eres justo, Señor, y justas son tus obras; siempre actúas con misericordia y fidelidad, tú eres juez del universo.
3Acuérdate, Señor, de mí y mírame; no me castigues por los pecados y errores que yo y mis padres hemos cometido. Hemos pecado en tu presencia,
4hemos transgredido tus mandatos y tú nos has entregado al saqueo, al cautiverio y a la muerte, hasta convertirnos en burla y chismorreo, en irrisión para todas las naciones entre las que nos has dispersado.
5Reconozco la justicia de tus juicios cuando me castigas por mis pecados y los de mis padres, porque no hemos obedecido tus mandatos, no hemos sido fieles en tu presencia.
6Haz conmigo lo que quieras, manda que me arrebaten la vida, que desaparezca de la faz de la tierra y a la tierra vuelva de nuevo. Más me vale morir que vivir porque se mofan de mí sin motivo y me invade profunda tristeza. Manda que me libre, Señor, de tanta aflicción, déjame partir a la morada eterna. Señor, no me retires tu rostro. Mejor es morir que vivir en tal miseria y escuchar tantos ultrajes».
7Sucedió aquel mismo día que Sara, hija de Ragüel, el de Ecbatana, en Media, fue injuriada por una de las criadas de su padre,
8porque había tenido siete maridos, pero el malvado demonio Asmodeo los había matado antes de consumar el matrimonio, según costumbre. La criada le dijo: «Eres tú la que matas a tus maridos. Ya te has casado siete veces y no llevas el nombre de ninguno de ellos.
9¿Por qué nos castigas por su muerte? ¡Vete con ellos y que nunca veamos hijo ni hija tuyos!».
10Entonces Sara, llena de tristeza, subió llorando al piso superior de la casa con el propósito de ahorcarse. Pero, pensándolo mejor, se dijo: «Solo serviría para que recriminen a mi padre. Le dirían que su hija única se ahorcó al sentirse desgraciada. No quiero que mi anciano padre baje a la tumba abrumado de dolor. En vez de ahorcarme, pediré la muerte al Señor para no tener que oír más reproches en mi vida».
11Entonces extendió las manos hacia la ventana y oró así: «Bendito seas, Dios misericordioso, y bendito sea tu nombre por siempre; que tus obras te bendigan por los siglos.
12Hacia ti levanto mi rostro y elevo mis ojos a ti.
13Hazme desaparecer de la tierra para no soportar más injurias.
14Tú sabes, Señor que soy virgen, libre de contacto con varón.
15No he mancillado mi nombre ni el de mi padre en este destierro. Soy hija única y mi padre no tiene otro hijo que le herede, ni tiene pariente próximo o familiar a quien me entregue por esposa. Siete maridos se me han muerto. ¿Para qué seguir viviendo? Y si no quieres mi muerte, Señor, manda que me miren con benevolencia y tengan misericordia de mí, para que no escuche más insultos».
16En aquel instante, la oración de ambos fue escuchada delante de la gloria de Dios,
17el cual envió al ángel Rafael para curarlos: a Tobit, para que desaparecieran las manchas blanquecinas de sus ojos y pudiera contemplar la luz de Dios; a Sara, hija de Ragüel, para darla en matrimonio a Tobías, hijo de Tobit, liberándola del malvado demonio Asmodeo. Tobías tenía más derecho a casarse con ella que cuantos la habían pretendido. Tobit regresaba entonces del patio a casa y Sara descendía del piso superior.
2 Tesalonicenses 1
1Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses en Dios, nuestro Padre, y en el Señor Jesucristo.
2A vosotros gracia y paz de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
3Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, pues vuestra fe crece vigorosamente y sigue aumentando el amor mutuo de todos y cada uno de vosotros.
4Esto hace que nos mostremos orgullosos de vosotros ante las iglesias de Dios por vuestra paciencia y vuestra fe en medio de todas las persecuciones y tribulaciones que estáis soportando.
5Así se pone de manifiesto el justo juicio divino, de manera que lleguéis a ser dignos del reino de Dios, por el cual padecéis;
6pues es justo a los ojos de Dios retribuir con tribulaciones a los que os atribulan;
7en cambio, concederos a vosotros, los que pasáis tribulación, el debido descanso, juntamente con nosotros, cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles,
8en medio de un fuego llameante, para hacer justicia contra los que se niegan a reconocer a Dios y contra los que no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesús;
9estos sufrirán el castigo de una ruina definitiva, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder,
10cuando, en aquel día, venga a manifestar su gloria entre sus santos y a provocar la admiración entre todos los creyentes; pues vosotros creísteis nuestro testimonio.
11Por esto, oramos continuamente por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y con su poder lleve a término todo propósito de hacer el bien y la tarea de la fe.
12De este modo, el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en vosotros y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.