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Lectura 141 de 365

Nehemías 8-10 · 1 Tesalonicenses 4

Letra: Normal

Nehemías 8

1El pueblo entero se reunió como un solo hombre en la plaza que está delante de la Puerta del Agua y dijeron a Esdras, el escriba, que trajese el libro de la ley de Moisés que el Señor había dado a Israel.

2El día primero del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley ante la comunidad: hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón.

3Leyó el libro en la plaza que está delante de la Puerta del Agua, desde la mañana hasta el mediodía, ante los hombres, las mujeres y los que tenían uso de razón. Todo el pueblo escuchaba con atención la lectura del libro de la ley.

4El escriba Esdras se puso en pie sobre una tribuna de madera levantada para la ocasión. Estaban a su derecha Matitías, Semá, Ananías, Urías, Jelcías y Maasías; y a su izquierda, Pedaías, Misael, Malquías, Jasún, Jasbadana, Zacarías y Mesulán.

5Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie.

6Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: «Amén, amén». Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra.

7Los levitas Josué, Baní, Serebías, Jamín, Acub, Sabtay, Hodiyías, Maasías, Quelitá, Azarías, Yozabad, Janán y Pelaías explicaron la ley al pueblo, que permanecía en pie.

8Leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura.

9Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley).

10Nehemías les dijo: «Id, comed buenos manjares y bebed buen vino, e invitad a los que no tienen nada preparado, pues este día está consagrado al Señor. ¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!».

11También los levitas tranquilizaban a todo el pueblo, diciendo: «¡Callad, no estéis tristes, porque este día es santo!».

12Así que el pueblo entero se fue a comer y beber, a invitar a los demás y a celebrar una gran fiesta, porque habían comprendido lo que les habían enseñado.

13El segundo día, los cabezas de familia de todo el pueblo, los sacerdotes y los levitas se reunieron con el escriba Esdras para escuchar atentamente las palabras de la ley.

14Encontraron escrito en la ley que el Señor había prescrito por medio de Moisés que los hijos de Israel deberían vivir en cabañas durante la fiesta del mes séptimo.

15Así pues, publicaron y pregonaron por todas sus ciudades y en Jerusalén un bando que decía: «Id al monte y traed ramos de olivo, de olivo silvestre, de mirto, de palmera y de otros árboles frondosos para hacer cabañas, como está prescrito».

16El pueblo salió, trajo los ramos y cada cual se hizo su cabaña; unos en su propio terrado, otros en sus patios, en los atrios del templo de Dios, en la plaza de la Puerta del Agua y en la plaza de la Puerta de Efraín.

17Toda la comunidad de los repatriados hizo cabañas y se instaló en ellas. Desde los tiempos de Josué, hijo de Nun, no habían hecho una cosa así los hijos de Israel hasta aquel día. Y la alegría fue inmensa.

18Esdras leyó el libro de la ley de Dios a diario, desde el primer día hasta el último. La fiesta duró siete días y el octavo se celebró la fiesta solemne de clausura, según la costumbre.

Nehemías 9

1El día veinticuatro de aquel mismo mes se reunieron los hijos de Israel para hacer ayuno, vestidos de saco y cubiertos de polvo.

2Los de la raza de los hijos de Israel se separaron de todos los extranjeros, se presentaron y confesaron sus pecados y las iniquidades de sus padres.

3De pie, cada uno desde su sitio, leyeron el libro de la ley del Señor, su Dios, durante tres horas. Después, en otras tres horas confesaron sus pecados y adoraron al Señor, su Dios.

4A continuación subieron a la tribuna de los levitas Josué, Baní, Cadmiel, Sebanías, Buní, Serebías y Quenaní, y clamaron en alta voz al Señor, su Dios.

5Y los levitas Josué, Cadmiel, Baní, Jasabnías, Serebías, Hodiyías, Sebanías y Petajías dijeron: «¡Poneos en pie y bendecid al Señor, vuestro Dios, desde siempre y por siempre! ¡Bendito sea tu nombre glorioso, que supera toda bendición y alabanza!».

6Y Esdras oró así: «¡Tú eres el único Señor! Tú hiciste el cielo, el cielo de los cielos y todas sus estrellas, la tierra y todo cuanto hay en ella, los mares y todo lo que contienen. Tú das la vida a todo y todos los astros del cielo te adoran.

7Tú eres, Señor, el Dios que elegiste a Abrán, le sacaste de Ur de los caldeos y le diste el nombre de Abrahán.

8Comprobaste que su corazón era fiel a ti e hiciste con él una alianza, para darle a él y a su descendencia la tierra del cananeo, del hitita, del amorreo, del pereceo, del jebuseo, del guirgaseo. Y has cumplido tu palabra, porque eres justo.

9Viste la aflicción de nuestros padres en Egipto y escuchaste su clamor junto al mar Rojo.

10Hiciste milagros y prodigios contra el faraón, contra todos sus siervos y contra el pueblo entero de su país, porque sabías que los habían tratado con arrogancia. Te formaste un renombre que dura todavía hoy.

11Dividiste el mar ante ellos y lo pasaron a pie enjuto. Mientras, a sus perseguidores los precipitaste en el abismo, como una piedra en aguas impetuosas.

12Los guiaste de día mediante una columna de nube, de noche con una columna de fuego, para alumbrarles el camino que debían seguir.

13Después bajaste sobre el monte Sinaí, hablaste con ellos desde el cielo, les diste órdenes justas, leyes verdaderas, preceptos y mandamientos buenos.

14Les enseñaste tu santo sábado, les prescribiste mandamientos, preceptos y leyes por medio de tu siervo Moisés.

15Les diste pan del cielo para saciar su hambre, hiciste manar agua de una roca para calmar su sed y les mandaste que tomaran posesión del país que, con la mano alzada, habías jurado darles.

16Pero ellos, nuestros antepasados, se obstinaron, persistieron en su terquedad y no obedecieron tus mandatos.

17No quisieron escuchar y no se acordaron de las maravillas que habías realizado para ellos. Se volvieron tercos y se empeñaron en volver a su esclavitud de Egipto. Pero tú eres un Dios dispuesto a perdonar, clemente y misericordioso, lento a la ira y lleno de bondad. Por eso no los abandonaste;

18ni siquiera cuando se fabricaron un becerro de metal fundido y dijeron: “¡Este es tu dios, que te ha sacado de Egipto!”, y cometieron grandes abominaciones.

19Pues tú, por tu inmensa misericordia, no los abandonaste en el desierto. No se apartó de ellos la nube que durante el día los guiaba en su camino, ni la columna de fuego que por la noche alumbraba la ruta por la que habían de caminar.

20Les diste tu espíritu bueno para instruirlos. No negaste el maná a su boca. Les diste agua para calmar la sed.

21Los mantuviste cuarenta años en el desierto. No les faltó nada. Sus vestidos no se gastaron ni se les hincharon los pies.

22Les diste reinos y pueblos y se los repartiste. Sometieron a Sijón, rey de Jesbón; y a Og, rey de Basán.

23Multiplicaste a sus hijos como las estrellas del cielo. Los llevaste a la tierra que habías prometido dar a sus padres.

24Así entraron los hijos y se apoderaron de la tierra. Humillaste ante ellos a los cananeos, pobladores del país, y los entregaste en sus manos, a ellos, a sus reyes y a los pueblos del país, para que los tratasen a su gusto.

25Se apoderaron de ciudades amuralladas, de una tierra fértil. Ocuparon casas y todo tipo de bienes: pozos, viñedos, olivares y árboles frutales en abundancia. Comieron, se saciaron, engordaron y se recrearon en tu gran bondad.

26Pero fueron insolentes. Se rebelaron contra ti y echaron tu ley a sus espaldas. Mataron a tus profetas, que les exhortaban a convertirse a ti, y te ofendieron gravemente.

27Entonces los entregaste en mano de sus enemigos, que los oprimieron. Clamaron a ti en el momento de angustia y tú los escuchaste desde el cielo. Por tu gran bondad, les diste liberadores que los salvasen de las manos de sus enemigos.

28Pero en cuanto recobraron la tranquilidad, volvieron a obrar mal ante ti y tú los abandonaste en manos de sus enemigos, que los sometieron a su yugo. Entonces te suplicaron otra vez y tú los escuchaste desde el cielo y por tu gran bondad los salvaste.

29Les instabas a convertirse a tu ley, pero ellos actuaron con orgullo y no escucharon tus mandamientos, pecando contra tus leyes, que dan la vida a quienes las cumplen. Endurecieron su cerviz, persistieron en su terquedad y no obedecieron.

30Aun así, fuiste benévolo con ellos muchos años. Los amonestaste con tu espíritu por medio de los profetas, pero no escucharon. Entonces los entregaste en manos de los pueblos gentiles.

31Pero por tu gran bondad no los aniquilaste ni los abandonaste, porque eres un Dios clemente y misericordioso.

32Ahora, ¡oh Dios nuestro!, Dios grande, poderoso, terrible, que guardas la Alianza y la misericordia, no desdeñes la desgracia que ha caído sobre nosotros, nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros sacerdotes, nuestros profetas, nuestros padres y todo tu pueblo, desde la época de los reyes de Asiria hasta el día de hoy.

33Has sido justo en todo lo que nos ha sobrevenido, porque has actuado con tu lealtad, y nosotros, en cambio, con maldad.

34Nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros sacerdotes y nuestros antepasados no cumplieron tu ley ni obedecieron tus mandamientos y las normas que tú les habías dado.

35Ellos, cuando ocupaban su reino, no te sirvieron ni se arrepintieron de sus malas acciones, a pesar de los abundantes bienes que tú les concedías, en esta tierra ancha y feraz que tú habías puesto a su disposición.

36Ahora nosotros mismos somos esclavos. Estamos esclavizados en el país que diste a nuestros padres para que comieran de sus frutos y sus bienes.

37Sus muchos frutos son para los reyes que nos has impuesto por nuestros pecados. Ellos hacen lo que quieren con nosotros y con nuestro ganado. Por eso estamos tan angustiados.

Nehemías 10

1Por todo esto, aceptamos el compromiso firme, escrito, sellado y firmado por nuestros príncipes, por nuestros levitas y por nuestros sacerdotes».

2El documento lo firmaron: Nehemías, el gobernador, hijo de Jacalías, y Sedecías,

3Seraías, Azarías, Jeremías,

4Pasjur, Amarías, Malquías,

5Jatús, Sebanías, Maluc,

6Jarín Meremot, Abdías,

7Daniel, Guinetón, Baruc,

8Mesulán, Abías, Miyamín,

9Mazías, Bilgá y Semaías.

10También lo firmaron los levitas: Josué, hijo de Azanías; Binuy, descendiente de Jenadad; Cadmiel

11y sus hermanos Secanías, Odías, Quelitá, Pelaías, Janán,

12Micá, Rejob, Jasabías,

13Zacur, Serebías, Sebanías,

14Hodiyías, Baní y Beninú.

15Lo firmaron también los jefes del pueblo: Parós, Pajat, Moab, Elán, Zatú, Baní,

16Buní, Azgad, Bebay,

17Adonías, Bigvay, Adín,

18Ater, Ezequías, Azur,

19Hodiyías, Jasún, Besay,

20Jarif, Anatot, Nebay,

21Magpías, Mesulán, Jezir,

22Mesezabel, Sadoc, Yadúa,

23Pelatías, Janán, Anaías,

24Oseas, Jananías, Jasub,

25Halojés, Piljá, Sobec,

26Rejún, Jasabná, Mazías,

27Ajías, Janán, Anán,

28Maluc, Jarín y Baaná.

29El resto del pueblo, los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los donados del templo y todos los que se habían separado de las gentes de otros países para unirse a la ley de Dios, sus mujeres, sus hijos y sus hijas, todos los que tenían uso de razón,

30se unieron a sus hermanos y a sus jefes y se comprometieron, bajo juramento, a caminar en la ley de Dios, dada por medio de Moisés, siervo de Dios, y a observar y poner en práctica todos los mandamientos del Señor, nuestro Dios, sus normas y sus leyes;

31se comprometieron igualmente a no casar a nuestras hijas con las gentes del país, ni permitir que sus hijas se casen con nuestros hijos;

32a no comprar nada en sábado o en día festivo a las gentes del país cuando traigan a vender mercancías o cualquier clase de cereales; a renunciar el año séptimo a la deuda de cualquier prestamista.

33También nos impusimos la obligación de dar un tercio de siclo al año para el culto del templo de nuestro Dios,

34para los panes de la proposición, para la ofrenda cotidiana, para el holocausto perpetuo, para los sacrificios de los sábados, de los novilunios, de las solemnidades, para los sacrificios de reconciliación, para los sacrificios por el pecado en expiación de Israel, y para cualquier obra del templo de nuestro Dios.

35Los sacerdotes, los levitas y el pueblo también organizamos por suertes la aportación de la leña que cada familia debía suministrar al templo de nuestro Dios en su momento, año por año, para quemarla sobre el altar del Señor, nuestro Dios, como está escrito en la ley.

36Acordamos traer cada año al templo del Señor las primicias de nuestras cosechas y de los frutos de todos los árboles,

37y a los primogénitos de nuestros hijos y de nuestros ganados, como está prescrito en la ley. En cuanto a los primogénitos de nuestras reses vacunas y de nuestro ganado menor, decidimos presentarlos en el templo de nuestro Dios a los sacerdotes encargados del culto del templo de nuestro Dios.

38También acordamos traer a los sacerdotes las primicias de nuestra harina, de los frutos de toda clase de árboles, del vino y del aceite, para almacenarlas en las cámaras del templo de nuestro Dios; y dar la décima parte de nuestras cosechas a los levitas, pues son los mismos levitas los que recogerán las ofrendas en todas nuestras ciudades de labranza.

39Un sacerdote, hijo de Aarón, acompañará a los levitas en la colecta de los diezmos. Los levitas, por su parte, llevarán la décima parte del diezmo recogido al templo de nuestro Dios, a las cámaras del tesoro,

40porque en estas cámaras es donde los hijos de Israel y los levitas depositan las contribuciones de vino, trigo y aceite, y donde están los materiales del santuario, de los sacerdotes en servicio, de los porteros y de los cantores. Y no abandonaremos más el templo de nuestro Dios.

1 Tesalonicenses 4

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante.

2Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

3Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza,

4que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto,

5no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios.

6Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos:

7Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa.

8Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.

9Acerca del amor fraterno, no hace falta que os escriba, porque Dios mismo os ha enseñado a amaros los unos a los otros;

10y así lo hacéis con todos los hermanos de Macedonia. Sin embargo os exhortamos, hermanos, a seguir progresando:

11esforzaos por vivir con tranquilidad, ocupándoos de vuestros asuntos y trabajando con vuestras propias manos, como os lo tenemos mandado,

12para que os comportéis honestamente con los no cristianos y no tengáis necesidad de nadie.

13Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza.

14Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.

15Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto;

16pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar;

17después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.

18Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.