Lectura 139 de 365
Nehemías 2-4 · 1 Tesalonicenses 2
Nehemías 2
1En el mes de nisán del año veinte del rey Artajerjes, siendo yo el responsable del vino, lo tomé y se lo serví al rey. Yo estaba muy triste en su presencia.
2El rey me dijo: «¿Por qué ese semblante tan triste? No estás enfermo, pero tu corazón parece estar afligido». Entonces, con mucho miedo,
3dije al rey: «¡Larga vida al rey! ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante, cuando la ciudad donde se encuentran las tumbas de mis padres está destruida y sus puertas han sido devoradas por el fuego?».
4El rey me dijo: «¿Qué quieres?». Yo, encomendándome al Dios del cielo,
5le dije: «Si le parece bien al rey y quiere contentar a su siervo, permítame ir a Judá, a la ciudad de las tumbas de mis padres, para reconstruirla».
6El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me preguntó: «¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás?». Yo le fijé un plazo que le pareció bien y me permitió marchar.
7Después dije al rey: «Si le parece bien al rey, redácteme unas cartas para los gobernadores de Transeufratina, para que me dejen el paso libre hasta Judá,
8y una carta dirigida a Asaf, el guarda del parque real, para que me proporcione madera para construir las puertas de la ciudadela del templo, para la muralla de la ciudad y la casa donde voy a vivir». El rey las mandó redactar, porque la mano de Dios me protegía.
9Cuando llegué ante los gobernadores de Transeufratina, les entregué las cartas del rey. Él me había proporcionado una escolta de jefes de tropa y soldados de caballería.
10Cuando se enteraron Sambalat, el joronita, y Tobías, el funcionario amonita, no les gustó nada que hubiera venido un hombre a procurar el bien de los hijos de Israel.
11Una vez en Jerusalén, permanecí allí tres días.
12Una noche me levanté, yo y unos cuantos varones, sin decir nada a nadie de lo que mi Dios me había inspirado hacer por Jerusalén. Tenía un solo caballo que yo montaba.
13Salí de noche por la Puerta del Valle; me dirigí hacia la Fuente del Dragón y a la Puerta del Muladar. Inspeccioné detenidamente las murallas de Jerusalén y vi que estaban destruidas, y las puertas devoradas por el fuego.
14Continué hasta la Puerta de la Fuente y hasta la alberca del rey; pero, como no había sitio para pasar con mi cabalgadura,
15subí de noche por el torrente, sin dejar de inspeccionar la muralla, y entré por la Puerta del Valle. Una vez allí, volví sobre mis pasos.
16Los prefectos no se enteraron dónde había ido ni qué había hecho. Hasta entonces no había comunicado nada a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los nobles, ni a los prefectos, ni a los otros responsables.
17Entonces les dije: «Ya veis la triste situación en que nos encontramos: Jerusalén destruida, y sus puertas devoradas por el fuego. ¡Reconstruyamos la muralla de Jerusalén y dejemos ya de ser objeto de escarnio!».
18Luego les conté cómo la mano de Dios me había protegido y les comuniqué también las palabras que el rey me había dirigido. Ellos exclamaron: «¡Manos a la obra; comencemos la construcción!». Y se animaron unos a otros para esta hermosa tarea.
19Cuando se enteraron Sambalat, el joronita, Tobías, el funcionario amonita, y Guesen, el árabe, se burlaron de nosotros y nos dijeron con desprecio: «¿Qué estáis haciendo? ¿Pretendéis rebelaros contra el rey?».
20Yo les respondí: «El Dios del cielo es quien nos dará éxito. Nosotros, sus siervos, vamos a ponernos a la obra. Pero vosotros no tendréis ni parte, ni derecho, ni nada en Jerusalén».
Nehemías 3
1El sumo sacerdote Eliasib y sus hermanos, los sacerdotes, reconstruyeron la Puerta de las Ovejas; la consagraron y colocaron sus hojas. También reconstruyeron el tramo que va hasta la Torre de Mea, que consagraron, y el tramo que va hasta la Torre de Jananel.
2A su lado trabajaron los hombres de Jericó, acompañados de Zacur, hijo de Imrí.
3Los hijos de Hasnaá se encargaron de la Puerta de los Peces. La armaron y colocaron sus hojas, cerraduras y barras.
4Se les unió en la restauración Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós. A su lado estuvo Mesulán, hijo de Berequías, hijo de Mesezabel, y también Sadoc, hijo de Baaná.
5Al lado de estos trabajaron los habitantes de Técoa; pero sus notables no quisieron colaborar con sus señores.
6La Puerta Antigua fue restaurada por Josadá, hijo de Paséaj, y por Mesulán, hijo de Besodías; la armaron y colocaron sus hojas, cerraduras y barras.
7Junto con ellos trabajaron Melatías de Gabaón y Yadón de Meronot, con los hombres de Gabaón y de Mispá, a expensas del gobernador de Transeufratina.
8Colaboraron con ellos Uziel, hijo de Jarjaías, del gremio de los orfebres, y Jananías, del gremio de los perfumistas. Entre todos reconstruyeron Jerusalén hasta la muralla ancha.
9También trabajó Refaías, hijo de Jur, jefe de la mitad del distrito de Jerusalén.
10Lo ayudaron Yedayas, hijo de Jarumaf, delante de su casa, y Jatús, hijo de Jasabnías.
11Malaquías, hijo de Jarín, y Jasub, hijo de Pajat Moab, repararon el siguiente tramo hasta la Torre de los Hornos.
12Los ayudó en la restauración Salún, hijo de Halojés, gobernador de la otra mitad del distrito de Jerusalén, además de sus hijas.
13Janún y los habitantes de Zanóaj trabajaron en la restauración de la Puerta del Valle. La reconstruyeron y colocaron sus hojas, cerraduras y barras. También trabajaron en la restauración de quinientos metros de la muralla hasta la Puerta del Muladar.
14Esta puerta fue restaurada por Malaquías, hijo de Recab, jefe del distrito de Betaqueren; la reconstruyó y colocó sus hojas, cerraduras y barras.
15La Puerta de la Fuente fue restaurada por Salún, hijo de Col José, jefe del distrito de Mispá; la reconstruyó, la techó y colocó sus hojas, cerraduras y barras. También restauró el muro de la alberca de Siloé, al lado de la huerta del rey, hasta las escaleras que bajan desde la ciudad de David.
16Después de él, Nehemías, hijo de Azbuc, jefe de la mitad del distrito de Bet Sur, restauró el sector que va hasta delante de los sepulcros de David, hasta la alberca artificial y la Casa de los Héroes.
17Tras él, trabajaron en la restauración los levitas: Rejún, hijo de Baní. Le ayudó Jasabías, jefe de la mitad del distrito de Queilá, en su distrito.
18Luego, trabajaron en la restauración sus parientes: Binuy, hijo de Jenadad, jefe de la otra mitad del distrito de Queilá.
19Le acompañó en la tarea Ézer, hijo de Josué, jefe de Mispá, que restauró otro tramo frente a la subida de la armería de la esquina.
20Después de él, Baruc, hijo de Zabay, restauró otro tramo, desde el ángulo hasta la puerta de la casa del sumo sacerdote Eliasib.
21A continuación Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós, restauró el tramo siguiente, desde la puerta de la casa de Eliasib hasta el extremo de la casa de Eliasib.
22Después de él trabajaron en la restauración los sacerdotes que habitaban en la llanura.
23Luego, Benjamín y Jasub trabajaron en la restauración frente a su casa. A continuación Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, restauró el tramo junto a su casa.
24Después restauró otro trecho Binuy, hijo de Jenadad, desde la casa de Azarías hasta la esquina y hasta el ángulo.
25Palal, hijo de Uzay, reparó una parte delante del ángulo de la torre alta que sobresale del palacio real y da al patio de la cárcel. Tras él, Pedaías, hijo de Parós.
26Los sirvientes del templo, que habitaban en el Ófel, trabajaron en la restauración hasta el frente de la Puerta del Agua, hacia levante y hasta la torre saliente.
27Tras él, los habitantes de Técoa trabajaron en la restauración de otro tramo, frente a la gran torre saliente, hasta la muralla de Ófel.
28Los sacerdotes trabajaron en la restauración a partir de la Puerta de los Caballos, cada uno frente a su propia casa.
29Después de ellos, trabajó Sadoc, hijo de Imer, que restauró frente a su casa. Después Semaías, hijo de Secanías, guardián de la puerta Oriental.
30Tras él Jananías, hijo de Selemías, y Janún, sexto hijo de Salaf, trabajaron en la restauración de otro tramo. Después Mesulán, hijo de Baraquías, restauró frente a su casa.
31Tras él Malaquías, del gremio de los orfebres, restauró hasta la casa de los sirvientes del templo y de los comerciantes, frente a la Puerta de la Vigilancia y hasta la cámara alta de la esquina.
32Y entre la cámara alta de la esquina y la Puerta de las Ovejas trabajaron en la restauración los orfebres y los comerciantes.
33Cuando Sambalat se enteró de que estábamos reconstruyendo la muralla, montó en cólera y, enfurecido, se burlaba de los judíos.
34Dijo ante sus paisanos y ante el ejército de Samaría: «¿Veis lo que hacen esos miserables judíos? ¿Vamos a dejar que continúen? ¿Llegarán a ofrecer sacrificios? ¿Acabarán algún día? ¿Lograrán que estas piedras calcinadas revivan de entre los montones de escombros?».
35Tobías el amonita, que estaba junto a él, dijo: «Aunque ellos reconstruyan, bastará una zorra para destruir su muralla de piedras».
36¡Oh Dios nuestro, escucha cómo nos desprecian! ¡Haz que su insulto se vuelva contra ellos! ¡Entrégalos al desprecio en tierra de cautiverio!
37¡No pases por alto su iniquidad ni apartes tu vista de su pecado, pues han insultado a los constructores!
38Así pues, construimos la muralla y la reparamos del todo hasta media altura, pues el pueblo tenía ganas de trabajar con gran empeño.
Nehemías 4
1Pero cuando Sambalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los de Asdod se enteraron de que la restauración de la muralla de Jerusalén estaba en marcha y que las brechas estaban siendo tapadas, se pusieron muy furiosos
2y se conjuraron todos ellos para atacar a Jerusalén y causarle el mayor daño posible.
3Nosotros rezamos a nuestro Dios y organizamos una guardia contra ellos de día y de noche.
4Los hombres de Judá decían: «¡Empiezan a flaquear las fuerzas de los cargadores; hay demasiados escombros! ¡No vamos a poder reconstruir la muralla!».
5Por su parte, nuestros enemigos comentaban: «Caeremos sobre ellos sin que se enteren ni se den cuenta. Los mataremos y así pondremos fin a la obra».
6Pero los judaítas que vivían entre ellos vinieron repetidas veces a advertirnos por qué lugares nos atacarían.
7Entonces los reuní en las zonas más bajas, por detrás de la muralla, en los puntos descubiertos, y organicé a la gente por familias, cada uno con sus espadas, sus lanzas y sus arcos.
8Después de una inspección, me puse en pie y dije a los nobles, a los prefectos y al resto del pueblo: «¡No les temáis! Acordaos del Señor, grande y terrible, y luchad por vuestros hermanos, vuestros hijos y vuestras hijas, vuestras mujeres y vuestras casas!».
9Cuando nuestros enemigos se enteraron de que estábamos advertidos y de que Dios había arruinado sus planes, se volvieron; nosotros regresamos a la muralla, cada cual a su tarea.
10Desde aquel día, solo la mitad de mis hombres trabajaban en la obra; la otra mitad empuñaba las lanzas, los escudos, las flechas y las lorigas. Los jefes, por su parte, se preocupaban por todos los hombres de Judá.
11Los que trabajaban en la muralla y los cargadores estaban armados; con una mano trabajaban y con la otra empuñaban el arma.
12Cada uno de los constructores tenía su espada ceñida a los lomos mientras trabajaba. Y el que tocaba el cuerno estaba siempre conmigo.
13Entonces dije a los nobles, a los prefectos y al resto del pueblo: «La obra es grande y extensa, y estamos diseminados a lo largo de la muralla, lejos unos de otros.
14Reuníos allí donde oigáis el sonido del cuerno y nuestro Dios luchará con nosotros».
15Así trabajábamos, desde el amanecer hasta que salían las estrellas, mientras la mitad empuñaba las lanzas.
16Pero también dije al pueblo: «Cada uno, con su criado, dormirá en Jerusalén. Así de noche trabajaremos de centinelas y de día en la obra».
17Ni yo, ni mis hermanos, ni mis gentes, ni los hombres de guardia que me seguían nos quitábamos los vestidos. Cada uno dormía con el arma al alcance de la mano.
1 Tesalonicenses 2
1Vosotros, hermanos, sabéis muy bien que nuestra visita no fue inútil;
2a pesar de los sufrimientos e injurias padecidos en Filipos, que ya conocéis, apoyados en nuestro Dios, tuvimos valor para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición.
3Nuestra exhortación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños,
4sino que, en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones.
5Bien sabéis vosotros que nunca hemos actuado ni con palabras de adulación ni por codicia disimulada, Dios es testigo,
6ni pretendiendo honor de los hombres, ni de vosotros, ni de los demás,
7aunque, como apóstoles de Cristo, podíamos haberos hablado con autoridad; por el contrario, nos portamos con delicadeza entre vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos.
8Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor.
9Recordad, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no ser gravosos a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios.
10Vosotros sois testigos, y Dios también, de que nuestro proceder con vosotros, los creyentes, fue leal, recto e irreprochable;
11sabéis perfectamente que, lo mismo que un padre con sus hijos,
12nosotros os exhortábamos a cada uno de vosotros, os animábamos y os urgíamos a llevar una vida digna de Dios, que os ha llamado a su reino y a su gloria.
13Por tanto, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes.
14Efectivamente, vosotros, hermanos, seguisteis el ejemplo de las iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús, pues también vosotros habéis sufrido de vuestros propios compatriotas exactamente lo mismo que ellos de los judíos,
15que mataron al Señor Jesús y a los profetas, y nos persiguieron a nosotros; estos no agradan a Dios y son enemigos de todo el mundo;
16impiden que hablemos a los gentiles para que se salven, colmando en todo tiempo la medida de sus pecados; pero la ira descargó sobre ellos hasta el extremo.
17Por nuestra parte, hermanos, al vernos separados de vosotros por breve tiempo, físicamente, no con el corazón, redoblamos los esfuerzos para ir a veros personalmente, tan ardiente era nuestro deseo;
18porque nos propusimos haceros una visita, y, en particular, yo, Pablo, una y otra vez, pero Satanás nos lo impidió.
19Al fin y al cabo, ¿quién, sino vosotros, puede ser nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra honrosa corona ante nuestro Señor cuando venga?
20Sí, vosotros sois nuestra gloria y alegría.