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Lectura 112 de 365

2 Reyes 21-23 · 2 Corintios 8

Letra: Normal

2 Reyes 21

1Manasés tenía doce años cuando subió al trono y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jefsí Baj.

2Hizo el mal a los ojos del Señor, según la costumbre abominable de las naciones que había expulsado el Señor ante los hijos de Israel.

3De este modo, reconstruyó los santuarios que su padre Ezequías había destruido, erigió altares dedicados a Baal y fabricó un cipo sagrado como había hecho Ajab, rey de Israel. Se postraba ante todo el ejército de los cielos, rindiéndole culto, y

4construyó altares en el templo del Señor, acerca del cual había declarado el Señor: «En Jerusalén estableceré mi Nombre».

5Construyó altares a todo el ejército de los cielos en los dos patios del templo del Señor.

6Luego arrojó a su hijo a la pira de fuego; practicó la adivinación y la magia, consultó a adivinos y a nigromantes, haciendo mucho mal a los ojos del Señor y provocando su cólera.

7La imagen esculpida de Aserá que había tallado la instaló en el templo del que el Señor había dicho a David y a Salomón, su hijo: «En este templo y en Jerusalén, que he elegido entre todas las tribus de Israel, estableceré mi Nombre para siempre.

8No volveré a hacer que Israel vague errante fuera de la tierra que di a sus padres, a condición de que se comprometan a actuar según todo lo que les he mandado y conforme a toda la doctrina que mi siervo Moisés les mandó».

9Pero ellos no obedecieron y Manasés los extravió, de modo que actuasen peor que las naciones que el Señor había eliminado ante los hijos de Israel.

10Y habló el Señor por boca de sus siervos, los profetas, diciendo:

11«Manasés, rey de Judá, ha cometido estas abominaciones, superando todo el mal que hicieron los amorreos antes de él e induciendo a Judá a pecar con sus ídolos.

12Por eso, así habla el Señor, Dios de Israel: “Voy a acarrear tal desgracia sobre Jerusalén y Judá que, a quienes lo oigan, les zumbarán los oídos.

13Pues aplicaré a Jerusalén la misma medida que a Samaría y los mismos pesos que a la casa de Ajab, y fregaré Jerusalén como se friega un plato y se le pone cara abajo.

14Arrojaré luego el resto de mi heredad y los entregaré en manos de sus enemigos. Presa y botín han de ser de todos sus enemigos,

15porque hicieron el mal a mis ojos, irritándome desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta hoy”».

16Además del pecado que Manasés hizo cometer a Judá haciendo lo que es malo a los ojos del Señor, derramó tanta sangre inocente que inundó Jerusalén de punta a punta.

17El resto de los hechos de Manasés, cuanto hizo, los pecados que cometió, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?

18Manasés se durmió con sus padres y lo enterraron en el jardín de su palacio, en el jardín de Uzá. Le sucedió en el trono su hijo Amón.

19Amón tenía veintidós años cuando comenzó a reinar y reinó dos años en Jerusalén. Su madre se llamaba Mesulémet, hija de Jarús de Jotbá.

20Hizo el mal a los ojos del Señor como había hecho su padre Manasés.

21En todo siguió los caminos de su padre, dando culto a los ídolos que él había servido y postrándose ante ellos.

22Abandonó al Señor, Dios de sus padres, y no siguió el camino del Señor.

23Sus servidores conspiraron en contra de él y mataron a Amón en palacio.

24Pero el pueblo de la tierra ejecutó a todos los que habían conspirado contra el rey Amón y, en su lugar, proclamó rey a su hijo Josías.

25El resto de los hechos de Amón, cuanto hizo, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?

26Lo enterraron en su sepulcro, en el jardín de Uzá, y le sucedió en el trono su hijo Josías.

2 Reyes 22

1Tenía Josías ocho años cuando inició su reinado y reinó treinta y un años en Jerusalén. Su madre se llamaba Jedidá, hija de Adías, de Boscat.

2Hizo lo recto a los ojos del Señor y siguió en todo los caminos de David su padre, sin desviarse a derecha ni a izquierda.

3El año dieciocho del rey Josías, el rey envió al templo del Señor a Safán, el secretario, hijo de Asalías, hijo de Mesulán, y le dijo:

4«Ve al sumo sacerdote, Jilquías, y que pese el dinero que está depositado en el templo del Señor, el que ha sido recogido entre el pueblo por los guardianes de la puerta.

5Que lo entreguen a los capataces encargados del templo del Señor y que lo destinen estos al pago de los que trabajan en reparar el templo del Señor:

6carpinteros, constructores y albañiles, así como a la compra de madera y piedra de cantería para la restauración del edificio.

7Pero que no se les pida cuentas del dinero que se les entrega, porque actúan con honestidad».

8Entonces el sumo sacerdote, Jilquías, dijo al secretario Safán: «He hallado en el templo del Señor un libro de la ley». Jilquías entregó el libro a Safán, que lo leyó.

9El secretario Safán, presentándose al rey, le informó: «Tus servidores han fundido el dinero depositado en el templo y lo han entregado a los capataces encargados del templo del Señor».

10El secretario Safán añadió también: «El sumo sacerdote Jilquías me ha entregado un libro». Y Safán lo leyó ante el rey.

11Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestiduras.

12Y dirigiéndose al sacerdote Jilquías, a Ajicán, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, al secretario Safán y a Asaías, ministro del rey, les ordenó:

13«Id a consultar al Señor por mí, por el pueblo y por todo Judá, a propósito de las palabras de este libro que ha sido encontrado, porque debe de ser grande la ira del Señor encendida contra nosotros, ya que nuestros padres no obedecieron las palabras de este libro haciendo lo que está escrito para nosotros».

14Entonces el sacerdote Jilquías, Ajicán, Acbor, Safán y Asaías fueron adonde estaba la profetisa Juldá, mujer de Salún, hijo de Tiqvá, hijo de Jarjás, encargado del vestuario. Vivía ella en Jerusalén, en el Barrio Nuevo. Le hablaron

15y ella respondió: «Así habla el Señor, Dios de Israel. Decid al hombre que os ha enviado a mí:

16“Así habla el Señor: Voy a traer el desastre sobre este lugar y sus habitantes, pues todo lo dicho en el libro que ha leído el rey de Judá va a cumplirse.

17Porque ellos me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, irritándome con todos los ídolos que se han hecho. Arde mi ira contra este lugar y ya no se apagará”.

18Y añadidle al rey de Judá que os mandó consultar al Señor: “Así dice el Señor, Dios de Israel: Ya que al escuchar mis palabras

19contra este lugar y sus habitantes, que han de volverse maldición y espanto, tu corazón se ha conmovido y te has humillado ante el Señor y has rasgado tus vestiduras y llorado ante mí, y yo lo he escuchado todo —oráculo del Señor—:

20Por eso, te reuniré con tus padres, serás enterrado en paz en tu sepulcro y tus ojos no verán todo el desastre que acarrearé sobre este lugar”». Y llevaron ellos la respuesta al rey.

2 Reyes 23

1El rey convocó a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén y se reunieron ante él.

2Subió el rey al templo del Señor con todos los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén; los sacerdotes, profetas y todo el pueblo, desde el menor al mayor, y leyó a sus oídos todas las palabras del libro de la Alianza hallado en el templo del Señor.

3Se situó el rey de pie junto a la columna y, en presencia del Señor, estableció la alianza, con el compromiso de caminar tras el Señor y guardar sus mandamientos, testimonios y preceptos, con todo el corazón y con toda el alma, y poner en vigor las palabras de la alianza escritas en el libro. Todo el pueblo confirmó la alianza.

4El rey ordenó a Jilquías, al segundo de los sacerdotes y a los guardias del umbral que sacaran del santuario del Señor todos los objetos fabricados para Baal, Aserá y todo el ejército de los cielos. Luego los quemó fuera de Jerusalén, en los yermos del Cedrón, y llevó sus cenizas a Betel.

5Suprimió los sacerdotes paganos designados por los reyes de Judá, los cuales quemaban incienso en los altozanos, en las ciudades de Judá y en los alrededores de Jerusalén. Eliminó igualmente a los que ofrecían incienso a Baal, al sol, a la luna, a los astros celestes y a todo el ejército de los cielos.

6Sacó la Aserá del templo del Señor fuera de Jerusalén, al torrente Cedrón, y la quemó allí, en el torrente Cedrón, reduciéndola a unas cenizas que esparció sobre las tumbas de los hijos del pueblo.

7Derribó igualmente las dependencias de los consagrados a la prostitución, que estaban en el templo del Señor, donde las mujeres tejían velos para Aserá.

8E hizo venir a todos los sacerdotes de las ciudades de Judá y profanó los altozanos donde quemaban incienso, desde Gabá hasta Berseba. Derribó también los templetes de las puertas que estaban a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, a la izquierda según se pasa la puerta de la ciudad.

9Con todo, los sacerdotes de los altozanos no podían acercarse al altar del Señor en Jerusalén, aunque sí comían los panes ácimos en medio de sus hermanos.

10Profanó el Tofet del valle de Ben Hinnón, para que nadie hiciera pasar por el fuego a su hijo o a su hija, en honor de Mólec.

11Suprimió los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al Sol, a la entrada del templo del Señor, cerca de la cámara del eunuco Netán Mélec que estaba en las dependencias, y quemó el carro del Sol.

12El rey derribó los altares que construyeron los reyes de Judá sobre el terrado de la cámara superior de Ajaz y los altares de Manasés que se hallaban en los dos patios del templo del Señor, los destruyó allí mismo y arrojó sus cenizas al torrente Cedrón.

13El rey profanó también los altozanos que estaban frente a Jerusalén, al sur del monte de los Olivos, los que Salomón, rey de Israel, había erigido a Astarté, monstruo abominable de los sidonios; profanó igualmente a Camós, monstruo abominable de Moab, y a Milcón, abominación de los amonitas.

14Luego rompió las estelas, cortó los cipos sagrados y llenó sus emplazamientos de huesos humanos.

15Además derribó el altar que había en Betel y el altozano que hizo Jeroboán, hijo de Nebat, el que hizo pecar a Israel. Quemó el altozano, rompió luego las piedras, las redujo a polvo y quemó el cipo sagrado.

16Al volver la cabeza Josías, vio los sepulcros que había en la montaña. Mandó recoger los huesos de las tumbas y los quemó sobre el altar, profanándolo. Así se cumplió la palabra del Señor que había comunicado el hombre de Dios, mientras Jeroboán estaba en pie junto al altar durante la fiesta. Se volvió Josías y, al ver la tumba del hombre de Dios que había predicho estas cosas,

17preguntó: «¿Qué monumento es ese que veo?». Los hombres de la ciudad le respondieron: «Es la tumba del hombre de Dios que vino de Judá y anunció estas cosas que has hecho contra el altar de Betel».

18Y dijo el rey: «Dejadlo en paz. Que nadie toque sus huesos». Y preservaron así sus huesos, junto con los huesos del profeta que vino de Samaría.

19Josías hizo desaparecer después todos los santuarios de los altozanos que habían construido los reyes de Israel en las ciudades de Samaría, irritando al Señor, e hizo con ellos exactamente lo mismo que había hecho en Betel:

20inmoló sobre los altares a todos los sacerdotes de los altozanos que allí se encontraban y quemó sobre ellos huesos humanos. Luego regresó a Jerusalén.

21El rey dio esta orden a todo el pueblo: «Celebrad la Pascua en honor del Señor, vuestro Dios, según está escrito en este libro de la Alianza».

22No se había celebrado una Pascua como aquella desde los días de los Jueces que juzgaron a Israel, ni en los días de los reyes de Israel y de los reyes de Judá.

23Tan solo el año dieciocho del rey Josías se celebró una Pascua así, en honor del Señor, en Jerusalén.

24Asimismo, los adivinos y los nigromantes, los terafim y los ídolos, y todos los monstruos abominables que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalén fueron eliminados por Josías, para poner en vigor las palabras de la ley escritas en el libro que halló el sacerdote Jilquías en el templo del Señor.

25Antes que él no había surgido ningún rey que se volviese al Señor como él, con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, según la doctrina de Moisés. Ni después de él se ha levantado nadie como él.

26Sin embargo, el Señor no se apartó del ardor de su gran cólera, la que se le había encendido contra Judá, por la irritación que le produjeron todas las acciones de Manasés.

27Pues el Señor había dicho: «También apartaré a Judá de mi presencia, como he apartado a Israel, rechazando Jerusalén, esta ciudad que había elegido y el templo del que dije: “Mi Nombre estará en él”».

28El resto de los hechos de Josías, cuanto hizo, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?

29En sus días subió el faraón Necó, rey de Egipto, contra el rey de Asiria, que se hallaba junto al río Éufrates. El rey Josías fue a su encuentro, pero Necó lo mató en Meguido nada más verlo.

30Sus servidores trasladaron el cadáver de Josías en carro desde Meguido, lo condujeron a Jerusalén y le dieron sepultura en su sepulcro. El pueblo de la tierra tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo ungió, proclamándolo rey en lugar de su padre.

31Tenía Joacaz veintitrés años cuando comenzó a reinar y lo hizo por tres meses en Jerusalén; el nombre de su madre era Jamital, hija de Jeremías, de Libná.

32Hizo el mal a los ojos del Señor, exactamente lo mismo que lo habían hecho sus padres.

33Y el faraón Necó lo hizo prisionero en Riblá, en la tierra de Jamat, para que no reinara más en Jerusalén, e impuso al país un impuesto de cien talentos de plata y diez de oro.

34El faraón Necó, además, puso por rey a Eliaquín, hijo de Josías, en lugar de su padre, y le cambió el nombre en Joaquim. En cuanto a Joacaz, lo tomó y lo llevó a Egipto, donde murió.

35Joaquim hizo entrega de la plata y el oro al faraón pero, para pagar el dinero según la orden del faraón, impuso un gravamen sobre el país, a cada cual según sus bienes, apremiando al pueblo de la tierra por el dinero que había de entregar al faraón Necó.

36Veinticinco años tenía Joaquim cuando inició su reinado y reinó once años en Jerusalén. El nombre de su madre era Zebidá, hija de Pedaías, de Rumá.

37E hizo el mal a los ojos del Señor, exactamente lo mismo que hicieron sus padres.

2 Corintios 8

1Os informamos, hermanos, de la gracia que Dios ha concedido a las iglesias de Macedonia:

2en las pruebas y tribulaciones ha crecido su alegría, y su pobreza extrema se ha desbordado en tesoros de generosidad.

3Puesto que, según sus posibilidades, os lo aseguro, e incluso por encima de sus posibilidades, con toda espontaneidad

4nos pedían insistentemente la gracia de poder participar en la colecta en favor de los santos.

5Y, superando nuestras expectativas, se entregaron a sí mismos, primero al Señor y además a nosotros, conforme a la voluntad de Dios.

6En vista de eso, le pedimos a Tito que concluyera esta obra de caridad entre vosotros, ya que había sido él quien la había comenzado.

7Y lo mismo que sobresalís en todo —en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado—, sobresalid también en esta obra de caridad.

8No os lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor.

9Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza.

10En este asunto os doy un consejo: ya que vosotros comenzasteis no solo a hacer la colecta, sino también a tomar la iniciativa, os conviene

11que ahora la concluyáis; de este modo, a la prontitud en el deseo corresponderá la realización según vuestras posibilidades.

12Porque, si hay buena voluntad, se le agradece lo que uno tiene, no lo que no tiene.

13Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar.

14En este momento, vuestra abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie vuestra carencia; así habrá igualdad.

15Como está escrito: Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.

16¡Gracias a Dios, que ha puesto en el corazón de Tito este mismo afán por vosotros!

17Es decir, aceptó la recomendación y, más solícito que nunca, fue espontáneamente a visitaros.

18Enviamos con él al hermano que se ha hecho célebre en todas las iglesias a causa del Evangelio.

19Y no solo esto, sino que ha sido elegido por las iglesias como compañero nuestro de viaje en esta colecta que administramos para gloria del Señor y por iniciativa nuestra.

20Así evitamos que nadie nos critique por la administración de esta importante suma,

21porque nuestras intenciones son limpias, no solo ante el Señor, sino también ante los hombres.

22Enviamos también con ellos a otro hermano nuestro, cuya solicitud hemos comprobado muchas veces en muchos asuntos; ahora se muestra más solícito aún, por la gran confianza que tiene en vosotros.

23Respecto a Tito, es compañero mío y colabora conmigo en vuestros asuntos; respecto a los demás hermanos, son delegados de las iglesias y gloria de Cristo.

24Mostradles, pues, vuestro amor y el orgullo que siento por vosotros ante las iglesias.