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Lectura 111 de 365

2 Reyes 18-20 · 2 Corintios 7

Letra: Normal

2 Reyes 18

1El año tercero de Oseas, hijo de Elá, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías, hijo de Ajaz, rey de Judá.

2Tenía veinticinco años cuando inició su reinado y reinó veintinueve años en Jerusalén. Su madre se llamaba Abí, hija de Zacarías.

3Hizo lo recto a los ojos del Señor, exactamente lo mismo que David, su padre.

4Él fue quien retiró los santuarios, derribó las estelas y cortó los cipos sagrados. Él fue también quien hizo pedazos la serpiente de bronce que Moisés mandó fundir, pues hasta entonces los hijos de Israel quemaban incienso en su honor, llamándola Nejustán.

5Ezequías puso su confianza en el Señor, Dios de Israel, y no hubo entre todos los reyes de Judá ninguno semejante a él, ni antes ni después de él.

6Se adhirió al Señor y no se apartó de él, guardando los mandamientos que había mandado el Señor a Moisés.

7El Señor estuvo con él y tuvo éxito en todas sus empresas; se rebeló contra el rey de Asiria, negándole vasallaje.

8Fue él también quien derrotó a los filisteos hasta Gaza y sus fronteras, desde las atalayas de vigía, hasta las ciudades amuralladas.

9El año cuarto del rey Ezequías, que era el séptimo de Oseas, hijo de Elá, rey de Israel, marchó Salmanasar, rey de Asiria, contra Samaría y la cercó.

10Fue conquistada al cabo de tres años. Era el año sexto de Ezequías y el noveno de Oseas, rey de Israel, cuando se conquistó Samaría.

11El rey asirio deportó a Asiria a Israel, instalándolo en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las poblaciones de los medos.

12Esto sucedió porque no escucharon la voz del Señor, su Dios, y violaron su alianza. Pues no obedecieron ni pusieron en práctica lo que había ordenado Moisés, siervo del Señor.

13El año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, marchó contra todas las ciudades amuralladas de Judá y se apoderó de ellas.

14Ezequías, rey de Judá, envió un mensaje a Senaquerib, que estaba en Laquis. El mensaje decía: «He faltado. Retírate y pagaré cuanto me impongas». El rey de Asiria impuso a Ezequías, rey de Judá, el tributo de trescientos talentos de plata y treinta de oro.

15Entregó Ezequías todo el dinero que se encontraba en el templo del Señor y en los tesoros del palacio real,

16y hasta desguarneció las puertas del santuario del Señor y los batientes que él mismo había revestido de oro para entregarlos al rey de Asiria.

17El rey asirio despachó al copero mayor con un fuerte destacamento de Laquis a Jerusalén, donde se hallaba el rey Ezequías. Avanzó sobre Jerusalén y, nada más llegar, tomó una posición próxima al canal de la Alberca Superior, junto al camino del Campo del Batanero.

18Llamaron al rey, y Eliaquín, hijo de Jilquías, mayordomo de palacio, Sobná, el secretario, y Joaj, hijo de Asaf, el heraldo, se dirigieron hacia el destacamento.

19El copero mayor les dijo: «Decid a Ezequías: “Así habla el gran rey, el rey de Asiria: ¿Qué seguridad es esa en la que te apoyas?

20Has pensado: ‘La palabra de los labios es consejo y valor para la guerra’. Pero, ¿en quién confías para rebelarte contra mí?

21Te has confiado en el apoyo de Egipto, esa caña rota, que penetra y traspasa la mano de quien se apoya en ella. Eso es el faraón, rey de Egipto, para todos los que en él confían.

22Pero, si me replicáis: ‘Nosotros confiamos en el Señor, nuestro Dios’, ¿no es ese el dios cuyos santuarios y altares retiró Ezequías, ordenando a Judá y a Jerusalén: ‘Rendiréis culto solo ante este altar en Jerusalén’?”.

23Haced, pues, una apuesta con mi señor, el rey de Asiria: te daré dos mil caballos, si eres capaz de agenciarte jinetes para ellos.

24¿Cómo puedes rehusar nada, aunque sea uno solo de los servidores más insignificantes de mi señor? ¡Tú te fías de Egipto para disponer de carros y caballería!

25¿Crees que he avanzado hasta aquí para destruir este lugar sin contar con el Señor? Porque el Señor es quien me ha dicho: ‘Marcha contra esa tierra y destrúyela’”».

26Eliaquín, Sobná y Joaj pidieron al copero mayor: «Háblanos a nosotros, tus servidores, en arameo, por favor, que lo entendemos; no nos hables en el hebreo de Judá y a oídos del pueblo que está en la muralla».

27El copero mayor respondió: «¿Es a tu señor, o a vosotros, a quienes me envía mi señor a decir estas cosas? Es, precisamente, a los hombres que se asoman en la muralla a quienes me envía. Pues ellos habrán de comer sus excrementos y beber sus orinas con vosotros».

28Entonces el copero mayor se puso en pie y gritó con voz fuerte en el hebreo de Judá: «Escuchad la palabra del Gran Rey, rey de Asiria.

29Así habla el rey: “No os engañe Ezequías, que no podrá libraros de mi mano.

30Que Ezequías no os haga confiar en el Señor diciendo: ‘El Señor nos librará y esta ciudad no caerá jamás en manos del rey de Asiria’.

31No hagáis caso a Ezequías, porque —así habla el rey de Asiria—: Sellad la paz conmigo y salid hacia donde yo estoy. Cada uno podrá comer de su viña y de su higuera y beber del agua de su cisterna,

32hasta que yo llegue y os conduzca a una tierra como la vuestra, tierra de trigo y mosto, de pan y vino, de aceite y miel, de manera que viváis y no muráis. Pero no hagáis caso a Ezequías, que os engaña diciendo: ‘El Señor nos librará’.

33¿Es que los dioses de las otras naciones han podido librar sus territorios de la mano del rey de Asiria?

34¿Dónde están los dioses de Jamat y de Arpad? ¿Dónde están los de Sefarvaín, de Hená y de Ivá? ¿Han podido (los dioses de Samaría) librar a Samaría de mi mano?

35¿Qué dioses de entre todos los dioses de las naciones han librado sus territorios de mi poder, como para que pueda el Señor librar a Jerusalén de mi mano?”».

36El pueblo callaba y no respondía ni una palabra, pues el rey había ordenado: «No le respondáis».

37Eliaquín, hijo de Jilquías, mayordomo de palacio, y el secretario Sobná y el heraldo Joaj, hijo de Asaf, se presentaron ante Ezequías con las vestiduras rasgadas, para comunicarle el mensaje pronunciado por el copero mayor.

2 Reyes 19

1Cuando el rey Ezequías lo escuchó, rasgó sus vestiduras, se cubrió de sayal y fue al templo del Señor.

2Envió a Eliaquín, mayordomo de palacio, a Sobná, el secretario, y a los más ancianos de los sacerdotes, todos cubiertos de sayal, donde estaba el profeta Isaías, hijo de Amós,

3para decirle: «Así habla Ezequías: ¡Día de angustia, de castigo y de vergüenza es este día! Los hijos han llegado al momento del parto y la parturienta no tiene fuerzas para alumbrarlos.

4¿Tomará nota, tal vez, tu Dios de todas las palabras del copero mayor, enviado por el rey de Asiria, su señor, para insultar al Dios vivo, y castigará el Señor tu Dios las palabras que ha oído? ¡Eleva una plegaria en favor del resto que aún queda!».

5Cuando los servidores del rey Ezequías llegaron adonde estaba Isaías,

6este les comunicó: «Hablad a vuestro señor: Esto dice el Señor: “No tengas miedo por las palabras que hayas oído, con las que me insultaron los criados del rey de Asiria,

7porque le infundiré un espíritu y, cuando oiga una noticia, volverá a su tierra. Luego haré que caiga a espada en su país”».

8El copero mayor, tras conocer que el rey de Asiria se había retirado de Laquis, dio la vuelta para encontrar al rey que estaba atacando Libná.

9Pero (el rey asirio) recibió esta noticia: «Tiracá, rey de Cus, ha partido en campaña contra ti». Entonces envió de nuevo mensajeros a Ezequías a decirle:

10«Así hablaréis a Ezequías, rey de Judá: “Que tu Dios, en el que confías, no te engañe diciendo: ‘Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria’.

11Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países entregándolos al anatema, ¿y vas a librarte tú solo?

12¿Salvaron acaso los dioses de las naciones a Gozán, a Jarán, a Résef y a los habitantes de Eden en Tel Basar, que mis padres aniquilaron?

13¿Dónde está el rey de Jamat?, ¿y el de Arpad?, ¿y los reyes de Laír, de Sefarvaín, de Hená y de Ivá?”».

14Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Subió al templo del Señor y abrió la carta ante el Señor.

15Y elevó esta plegaria ante él:«Señor, Dios de Israel, entronizado sobre los querubines: Tú solo eres el Dios para todos los reinos de la tierra. Tú formaste los cielos y la tierra.

16¡Inclina tu oído, Señor, y escucha! ¡Abre tus ojos, Señor, y mira! Escucha las palabras de Senaquerib enviadas para insulto del Dios vivo.

17Es verdad, Señor, los reyes asirios han exterminado las naciones,

18han arrojado sus dioses al fuego y los han destruido. Pero no eran dioses, sino hechura de mano humana, de piedra, de madera.

19Pero ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de sus manos y sepan todos los reinos de la tierra que solo tú eres Señor Dios».

20Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a Ezequías este mensaje: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “He escuchado tu plegaria acerca de Senaquerib, rey de Asiria”.

21Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:“Te desprecia, se burla de ti la doncella, hija de Sión, menea la cabeza a tu espalda la hija de Jerusalén.

22¿A quién has injuriado y ultrajado? ¿Contra quién alzaste la voz lanzando miradas altivas? Contra el Santo de Israel.

23Injuriaste a mi Señor con tus mensajeros, pensando: ‘Con mis muchos carros he subido hasta la cumbre de los montes, hasta los extremos recónditos del Líbano. He talado las cimas de los cedros, los cipreses escogidos. He alcanzado las alturas más lejanas, la más densa espesura.

24Cavé pozos, bebí agua extranjera. Bajo las plantas de mis pies se secaron los canales de Egipto’.

25¿No lo has oído? Desde antiguo lo estoy realizando. En tiempos remotos había planeado —y ahora lo ejecuto— que reduzcas a montones de escombros las ciudades amuralladas.

26Sus habitantes, impotentes, aterrados y confusos, son como hierba silvestre, pasto de los prados, musgo de terrado, campo sembrado que no produjo espigas, abrasado por el viento del Este.

27Sé muy bien cuando te sientas, cuando sales o cuando entras; conozco tu estallido de rabia contra mí.

28Contra mí estalló tu rabia y tu insolencia llegó hasta mis oídos. Por eso te pongo ahora mi gancho en la nariz, mi freno en el hocico, para hacerte volver por el camino por donde has venido.

29Y esta será la señal para ti: Comed este año el fruto del grano caído, el segundo lo que brota por sí mismo y, al tercer año, sembrad y segad, plantad viñas y comed sus frutos.

30Pues los supervivientes de la casa de Judá que hayan quedado echarán raíces en lo hondo y darán fruto por arriba,

31porque ha de brotar de Jerusalén un resto, y supervivientes del monte Sión. El celo del Señor del universo lo realizará.

32Por eso, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria: ‘No entrará en esta ciudad, no disparará contra ella ni una flecha, no avanzará contra ella con escudos, ni levantará una rampa contra ella.

33Regresará por el camino por donde vino y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—.

34Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David, mi siervo’”».

35Aquella misma noche el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres. Todos eran cadáveres al amanecer.

36Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose allí.

37Luego, mientras celebraba el culto en el templo de su dios Nisroc, sus hijos Adramélec y Saréser lo mataron a espada. Huyeron a la tierra de Ararat y le sucedió en el trono su hijo Asaradón.

2 Reyes 20

1En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amós, vino a decirle: «Así habla el Señor: Pon orden en tu casa, porque vas a morir y no vivirás».

2Ezequías volvió la cara a la pared y oró al Señor:

3«¡Ah, Señor!, recuerda que he caminado ante ti con sinceridad y corazón íntegro; que he hecho lo recto a tu ojos». Y se deshizo el rey en lágrimas.

4Antes de que Isaías abandonase el patio central, le llegó la palabra del Señor que decía:

5«Vuelve y di a Ezequías, jefe de mi pueblo: “Así habla el Señor, el Dios de tu padre David: He escuchado tu plegaria y he visto tus lágrimas. Yo voy a curarte; al tercer día subirás al templo del Señor.

6Añadiré otros quince años a tu vida. Te libraré, además, a ti y a Jerusalén, de la mano del rey de Asiria y, por mi honor y el de David, mi siervo, extenderé mi protección sobre esta ciudad”».

7Entonces Isaías ordenó: «Traed una torta de higos». La trajeron, la aplicaron sobre la úlcera y quedó sano.

8El rey le preguntó: «¿Cuál será la señal de que el Señor me va a curar y de que, al tercer día, subiré al templo del Señor?».

9Isaías respondió: «Esta será la señal enviada por el Señor de que cumplirá lo prometido: ¿Avanzará o retrocederá la sombra diez grados en el cuadrante?».

10Y Ezequías contestó: «Es fácil que la sombra se alargue diez gradas en el cuadrante, pero no que retroceda diez».

11Entonces el profeta Isaías invocó al Señor y el Señor hizo que la sombra retrocediera las diez gradas que había recorrido en las escalinatas de Ajaz.

12En aquel tiempo, Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, enterado de que Ezequías había estado enfermo, le envió cartas y un presente.

13Ezequías se alegró mucho por ello y mostró a los mensajeros la cámara del tesoro con la plata, el oro, los aromas y el aceite perfumado, así como el arsenal y cuanto había en los tesoros; nada quedó en su palacio y en todos sus dominios que Ezequías no les mostrase.

14El profeta Isaías se presentó de inmediato al rey Ezequías para preguntarle: «¿Qué te han dicho estos hombres y de dónde han venido?». Ezequías respondió: «Vinieron de un país lejano, de Babilonia».

15Volvió a preguntar: «¿Qué han visto en tu palacio?». Ezequías respondió: «Han visto todo cuanto hay en mi palacio; no quedó nada en los tesoros por enseñarles».

16Entonces Isaías profetizó a Ezequías: «Escucha la palabra del Señor:

17llega el tiempo en que se llevarán a Babilonia cuanto hay en tu palacio y atesoraron tus padres hasta el día de hoy. No quedará nada, dice el Señor.

18Algunos de los hijos salidos de ti, que tú engendraste, serán deportados para convertirlos en eunucos en el palacio del rey de Babilonia».

19Y Ezequías respondió a Isaías: «Está bien la palabra del Señor que me anuncias»; el rey pensaba para sí: «¿No está diciendo que habrá paz y tranquilidad en mi vida?».

20El resto de los hechos de Ezequías, sus éxitos militares, cómo construyó la alberca y el canal para la traída de aguas a la ciudad ¿no se hallan escritos en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?

21Ezequías se durmió con sus padres y le sucedió en el trono su hijo Manasés.

2 Corintios 7

1Teniendo, pues, estas promesas, queridos, purifiquémonos de toda impureza de la carne o del espíritu, para ir completando nuestra santificación en el temor de Dios.

2Dadnos cabida en vuestros corazones. A nadie ofendimos, a nadie arruinamos, a nadie explotamos.

3No os digo esto para condenaros, pues ya os he dicho que os tengo en el corazón hasta el punto de que compartimos muerte y vida.

4Puedo hablaros con toda franqueza, estoy orgulloso de vosotros, estoy lleno de consuelo, desbordo de gozo en todas nuestras tribulaciones.

5En efecto, cuando llegamos a Macedonia no tuvimos ningún sosiego, sino tribulaciones de toda clase: luchas por fuera, temores por dentro.

6Pero el Dios que consuela a los afligidos, nos consoló con la llegada de Tito;

7y no sólo con su llegada, sino además con el consuelo que él había encontrado entre vosotros; nos comunicó vuestra añoranza, vuestro llanto, vuestro afán por mí, lo cual me alegró todavía más.

8Porque, si os contristé con mi carta, no me arrepiento; y si entonces lo sentí —pues veo que aquella carta os entristeció, aunque por poco tiempo—,

9ahora me alegro, no porque os hubierais entristecido, sino porque vuestra tristeza os llevó al arrepentimiento; pues os entristecisteis como Dios quiere, de modo que de parte nuestra no habéis sufrido ningún perjuicio.

10Efectivamente, la tristeza vivida como Dios quiere produce arrepentimiento decisivo y saludable; en cambio, la tristeza de este mundo lleva a la muerte.

11Pues mirad cuántas cosas ha producido entre vosotros el haberos entristecido según Dios: ¡qué interés y qué excusas, qué indignación y qué respeto, qué añoranza, qué afecto y qué escarmiento! Habéis mostrado en todo que sois inocentes en este asunto.

12De hecho, si os escribí no fue pensando en el ofensor ni en el ofendido, sino para que se pusiera de manifiesto entre vosotros ante Dios vuestro interés por nosotros.

13Esto es lo que nos ha consolado. Además de este consuelo, nos alegró enormemente la alegría de Tito, cuyo espíritu se tranquilizó gracias a todos vosotros.

14Porque, si en algo me he gloriado de vosotros ante él, no he quedado avergonzado. Todo lo contrario, así como os he hablado siempre con verdad, de igual modo nuestro orgullo con Tito se ha mostrado también verdadero.

15Además, su cariño por vosotros ha aumentado al recordar la obediencia que manifestasteis todos vosotros y la piadosa reverencia con que lo recibisteis.

16Me alegra porque cuento con vosotros en todo.