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Lectura 108 de 365

2 Reyes 9-11 · 2 Corintios 4

Letra: Normal

2 Reyes 9

1El profeta Eliseo llamó a un discípulo de los profetas para ordenarle: «Ciñe tu cintura, toma en tu mano este frasco de aceite y ve a Ramot de Galaad.

2Cuando llegues allí, vete a ver a Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí. Entra, sácalo de entre sus compañeros y llévalo a una habitación interior.

3Entonces tomas una alcuza de aceite y la derramas sobre su cabeza diciendo: “Así dice el Señor: te unjo rey de Israel”. Luego abres la puerta y huyes sin dilación».

4El joven servidor del profeta marchó a Ramot de Galaad.

5Al llegar, los jefes del ejército estaban sentados y dijo: «Jefe, tengo un mensaje para ti». Preguntó Jehú: «¿Para quién de nosotros?». El joven respondió: «Para ti, jefe».

6Jehú se levantó y entró en la casa; el joven derramó el aceite sobre su cabeza mientras decía: «Así habla el Señor, Dios de Israel: “Te unjo rey del pueblo del Señor, de Israel.

7Derrotarás a la casa de Ajab, tu señor. Así vengaré sobre Jezabel la sangre de mis servidores los profetas y la de todos los servidores del Señor.

8Perecerá toda la casa de Ajab y exterminaré a todos los varones de Ajab, libres o esclavos, que haya en Israel.

9Pues dejaré la casa de Ajab como la casa de Jeroboán, hijo de Nebat, y como la de Baasá, hijo de Ajías.

10Y a Jezabel la comerán los perros en el campo de Yezrael, sin que nadie la entierre”». Luego abrió la puerta y huyó.

11Salió Jehú hacia el lugar donde se encontraban los servidores de su señor, que le preguntaron: «¿Está todo bien? ¿A qué ha venido a ti ese loco?». Respondió: «Ya conocéis a ese hombre y sus desvaríos».

12«Mentira. Infórmanos», replicaron. Accedió él entonces: «Me ha dicho esto y lo otro. Así dice el Señor: “Te unjo rey de Israel”».

13De inmediato cada uno se apresuró a tomar su manto para colocarlo a sus pies sobre el empedrado. Luego tocaron el cuerno y gritaron: «Jehú es rey».

14Jehú hijo de Josafat, hijo de Nimsí, conspiró contra Jorán, el cual, con todo Israel, había estado defendiendo la ciudad de Ramot de Galaad contra Jazael, rey de Siria.

15Pero el rey Jorán había regresado a Yezrael para curarse de las heridas que los arameos le infligieron en su batalla contra Jazael, rey de Siria. Jehú dijo: «Si estáis de mi parte, que no salga nadie de la ciudad para informar a los de Yezrael».

16Y montó Jehú en el carro y se dirigió a Yezrael. Jorán estaba allí convaleciente y Ocozías, rey de Judá, bajó a visitar a Jorán.

17El vigía, en pie en lo alto de la torre de Yezrael, vio la tropa de Jehú aproximándose y anunció: «Veo una tropa». Jorán dijo: «Coge un jinete y envíalo a su encuentro a preguntar: “¿En son de paz?”».

18El jinete salió a su encuentro preguntando: «Así dice el rey: “¿En son de paz?”». Y Jehú respondió: «¿Qué te importa a ti si hay paz? Ponte detrás de mí». El vigía avisó: «El mensajero ha llegado hasta ellos, pero no regresa».

19Envió Jorán un segundo jinete hasta ellos, preguntando otra vez: «Así dice el rey: “¿En son de paz?”». Jehú respondió lo mismo: «¿Qué te importa a ti si hay paz? Da la vuelta tras de mí».

20El vigía avisó de nuevo: «Ha llegado allí pero no regresa. Su modo de guiar es el de Jehú, hijo de Nimsí —agregó—, pues conduce como un loco».

21Entonces Jorán ordenó: «Enganchad», y engancharon su carro. Y Jorán, rey de Israel, junto a Ocozías, rey de Judá, cada uno en su carro, salieron al encuentro de Jehú y lo encontraron en el campo de Nabot, el de Yezrael.

22Al ver Jorán a Jehú, le preguntó: «¿Hay paz, Jehú?». Jehú respondió: «¿Qué paz puede haber mientras continúen las prostituciones de tu madre Jezabel y sus muchas hechicerías?».

23Jorán volvió grupas con su mano y huyó gritando a Ocozías: «¡Traición, Ocozías! ¡Traición!».

24Mientras, Jehú tensó el arco en su mano y alcanzó a Jorán entre los hombros; la flecha le atravesó el corazón y se desplomó en su carro.

25Jehú ordenó a Bidcar, su escudero: «Recógelo y tíralo en el campo de Nabot de Yezrael, porque recuerda cómo tú y yo cabalgábamos uno al lado del otro detrás de Ajab, su padre, cuando el Señor lanzó contra él la siguiente sentencia:

26“Lo mismo que ayer vi la sangre de Nabot y la sangre de sus hijos, —oráculo del Señor—, juro que en este mismo campo he de reclamártela —oráculo del Señor—”. Así que recógelo y tíralo al campo, según la palabra del Señor».

27Al ver esto, Ocozías, rey de Judá, huyó por el camino de Bet Hagán. Partió Jehú en su persecución diciendo: «¡También a él! ¡Tiradlo!». Y lo hirieron en su carro en la cuesta de Gur, cerca de Yibleán. Se refugió Ocozías en Meguido donde murió.

28Sus servidores lo trasladaron en un carro a Jerusalén y lo enterraron en su sepultura junto a sus padres en la ciudad de David.

29Ocozías había iniciado su reinado en Judá el año once de Jorán, hijo de Ajab.

30Jehú fue entonces a Yezrael. Nada más enterarse, Jezabel se pintó los ojos con antimonio, se adornó la cabeza y se asomó al balcón.

31Cuando Jehú llegó a la puerta, gritó ella: «¿Te va bien, Zimrí, asesino de su señor?».

32Jehú alzó la vista hacia el balcón, preguntando: «¿Quién está conmigo? ¿Quién?». Dos o tres eunucos miraron hacia él

33y él les ordenó: «¡Arrojadla!». Entonces ellos la arrojaron y su sangre salpicó los caballos que la pisoteaban y también las murallas.

34Luego entró, comió y bebió, tras lo cual dio más órdenes: «Atended a esa maldita y dadle sepultura, pues no deja de ser hija del rey».

35Cuando fueron a enterrarla, no encontraron de ella más que el cráneo, los pies y las palmas de las manos.

36Regresaron a dar cuenta de ello a Jehú, quien sentenció: «Se cumple ahora la palabra del Señor, que dijo por boca de su siervo Elías, el tesbita: “En el campo de Yezrael comerán los perros la carne de Jezabel.

37Su cadáver será como estiércol sobre el campo, de modo que nadie podrá decir: Esa era Jezabel”».

2 Reyes 10

1Ajab tenía setenta hijos en Samaría. Jehú escribió cartas y las envió a Samaría, a los jefes de la ciudad, a los ancianos y a los preceptores de los hijos de Ajab diciendo:

2«Tenéis con vosotros a los hijos de vuestro señor y disponéis de carros, caballos, una ciudad amurallada y un arsenal de armas; cuando esta carta llegue a vosotros,

3mirad cuál de los hijos de vuestro señor es el mejor y el más justo y ponedlo en el trono de su padre. Luchad entonces por la casa de vuestro señor».

4Mas ellos fueron presa del pánico, pensando: «Los dos reyes no pudieron hacerle frente, ¿cómo vamos a poder nosotros?».

5El mayordomo de palacio, el gobernador de la ciudad, los ancianos y los preceptores enviaron a decir a Jehú: «Somos tus servidores; haremos cuanto nos digas; no hemos de proclamar rey a nadie y tú has de hacer lo que te parezca».

6Jehú les envió una segunda carta, en la que decía: «Si estáis de mi lado y obedecéis mi voz, tomad a los jefes de los hombres de la casa de vuestro señor y venid a mí a Yezrael, mañana a esta hora». Los hijos del rey, setenta en número, estaban con los notables de la ciudad que los criaban.

7En cuanto recibieron el mensaje, tomaron a los setenta hijos del rey y los degollaron. Luego pusieron sus cabezas en cestas y se las enviaron a Yezrael.

8Llegó el mensajero informando: «Han traído las cabezas de los hijos del rey». Y Jehú dijo: «Apiladlas en dos montones a la entrada de la puerta, hasta la mañana».

9Por la mañana salió, se paró allí y declaró a todo el pueblo: «Vosotros sois inocentes. Es cierto, yo he conspirado contra mi señor y lo he matado, pero ¿quién ha matado a todos estos?

10Sabed pues, que nada de lo que el Señor ha dicho sobre la casa de Ajab dejará de cumplirse, pues el Señor ha hecho lo que dijo por boca de su siervo Elías».

11Entonces Jehú mató a todos los que quedaban de la casa de Ajab en Yezrael; a todos sus notables, familiares y sacerdotes, sin dejar uno solo con vida.

12Jehú se puso en marcha hacia Samaría y, estando de camino en Bet Equed de los Pastores,

13encontró a los hermanos de Ocozías, rey de Judá, mas les preguntó: «¿Quiénes sois?». Respondieron ellos: «Somos los hermanos de Ocozías y hemos bajado a saludar a los hijos del rey y a los hijos de la reina madre».

14Jehú ordenó: «¡Prendedlos vivos!». Los prendieron vivos y los degollaron junto a la cisterna de Bet Equed: cuarenta y dos hombres. No dejó ni uno solo con vida.

15Marchó de allí y halló a Jonadab, hijo de Recab, que salía a su encuentro. Lo saludó y le dijo: «¿Estás de mi parte con la misma lealtad con la que yo estoy de tu parte?». Respondió Jonadab: «Sí, lo estoy». Jehú dijo: «Si es así, dame tu mano». Le dio la mano y Jehú lo hizo subir junto a él en su carro.

16Le dijo: «Ven conmigo y verás mi celo por el Señor». Y lo llevó en su carro.

17Cuando llegó a Samaría mató a todos los supervivientes de Ajab en Samaría, hasta acabar con ellos conforme a la palabra que el Señor había dicho a Elías.

18Reuniendo luego a todo el pueblo, les dijo: «Ajab dio poco culto a Baal; Jehú le dará mucho más.

19Así que convocadme a todos los profetas de Baal y a todos sus sacerdotes. Que no falte ninguno, pues voy a hacer un gran sacrificio a Baal. Quienquiera que falte, no sobrevivirá». Jehú obraba con astucia, pues pretendía dar muerte a los fieles de Baal.

20Ordenó: «Convocad una asamblea sagrada en honor de Baal», y la convocaron.

21Envió Jehú mensajeros por todo Israel y vinieron todos los fieles de Baal; no quedó uno solo que no viniese. Entraron en el templo de Baal, que se llenó de un extremo al otro.

22Dijo entonces al encargado del vestuario: «Saca las vestiduras para todos los fieles de Baal». Él las sacó.

23Jehú entró entonces con Jonadab, hijo de Recab, en el templo de Baal y ordenó a los fieles del dios: «Buscad y aseguraros de que no hay aquí entre vosotros ningún fiel del Señor, sino solo fieles de Baal».

24Luego, se adelantaron estos para hacer sus sacrificios y holocaustos.Pero Jehú había apostado fuera a ochenta de sus guerreros, con esta orden: «Por cada uno que escape de los hombres que pongo en vuestras manos, uno de vosotros pagará con su vida».

25Cuando Jehú terminó de ofrecer el holocausto, mandó a la guardia y a sus oficiales: «Entrad y matadlos. Que no escape ni uno». Y los pasaron a filo de espada, dejándolos allí tirados. Luego penetraron hasta el interior del templo

26y sacaron la estatua de Baal y la quemaron.

27Derribaron el altar de Baal, demolieron el templo de Baal y lo convirtieron en letrinas, hasta el día de hoy.

28Así erradicó Jehú a Baal de Israel.

29Pero no se retractó Jehú de los pecados que Jeroboán, hijo de Nebat, hizo cometer a Israel: los becerros de oro de Betel y de Dan.

30Entonces el Señor comunicó a Jehú: «Por haber actuado bien, haciendo lo recto a mis ojos, y por cumplir respecto a la casa de Ajab todo lo que yo tenía en mente, hijos tuyos hasta la cuarta generación ocuparán el trono de Israel».

31Pero Jehú no guardó el sendero de la enseñanza del Señor, Dios de Israel, con todo su corazón. Pues no se retractó de los pecados que Jeroboán hizo cometer a Israel.

32El Señor comenzó a reducir el territorio de Israel en aquellos días y Jazael los hostigaba a lo largo de todas sus fronteras,

33desde el Jordán, al sol levante, toda la tierra de Galaad (de los gaditas y rubenitas, de Manasés, desde Aroer, sobre el torrente Arnón, hasta Galaad) y el de Basán.

34El resto de los hechos de Jehú, cuanto hizo y todos sus éxitos militares, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?

35Jehú se durmió con sus padres y lo enterraron en Samaría. Le sucedió en el trono su hijo Joacaz.

36Jehú reinó sobre Israel veintiocho años en Samaría.

2 Reyes 11

1Cuando la madre de Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real.

2Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron.

3Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.

4El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey

5y les dijo: «Mantened la guardia del templo de la siguiente manera: un tercio de los que entran de servicio el sábado se ocupará de la guardia del palacio real.

6Otro tercio se situará en la Puerta de la Fundación y otro más en la de detrás de los guardias, manteniendo así la guardia del templo por todos lados.

7Las otras dos divisiones, todos los que salen de servicio el sábado, quedarán de guardia en el templo del Señor para protección del rey.

8Y, arma en mano, protegeréis al rey por todos los costados. El que intente forzar vuestras filas será muerto. Manteneos siempre junto al rey en su ir y venir».

9Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote.

10Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor.

11Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por otro.

12El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron: «¡Viva el rey!».

13Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor.

14Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos. Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó: «¡Traición!, ¡traición!».

15Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas: «Hacedla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).

16Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada.

17Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.

18Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor.

19Movilizó también a los centuriones, a los carios, a la guardia y a todo el pueblo de la tierra. Escoltaron luego al rey desde el templo del Señor al palacio real, entrando por la puerta de la guardia, y él se sentó en el trono de los reyes.

20Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.

2 Corintios 4

1Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos;

2al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, no actuando con intrigas ni falseando la palabra de Dios; sino que, manifestando la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo el mundo delante de Dios.

3Y si nuestro Evangelio está velado, lo está entre los que se pierden,

4los incrédulos, cuyas mentes ha obcecado el dios de este mundo para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios.

5Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús.

6Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo.

7Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.

8Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados;

9perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados,

10llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

11Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

12De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.

13Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos;

14sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él.

15Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.

16Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.

17Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria,

18ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.