Lectura 107 de 365
2 Reyes 6-8 · 2 Corintios 3
2 Reyes 6
1La comunidad de los profetas dijo a Eliseo: «Mira, el lugar en el que residimos bajo tu guía es demasiado estrecho para nosotros.
2Iremos al Jordán, tomaremos una viga cada uno y nos construiremos allí un lugar donde habitar». Él respondió: «Id».
3Uno de ellos preguntó: «¿Querrás, por favor, venir con tus servidores?». Él respondió: «Sí, iré».
4Los acompañó y, al llegar al Jordán, se pusieron a cortar madera.
5Cuando uno de ellos derribaba un tronco, el hierro del hacha cayó al agua y gritó: «¡Ay, mi señor, que era prestada!».
6El hombre de Dios preguntó: «¿Dónde ha caído?». Le indicó el lugar y (Eliseo) cortó un palo, lo tiró hacia allí y sacó el hierro a flote.
7Y dijo: «Súbelo»; y él extendió su mano alcanzándolo.
8El rey de Siria se hallaba en guerra con Israel y celebró consejo con sus servidores diciendo: «Acamparé en tal y tal lugar».
9El hombre de Dios mandó decir al rey de Israel: «Cuidado con pasar por tal lugar, porque los arameos están allí acampados».
10El rey de Israel envió entonces a reconocer el lugar que el hombre de Dios le había dicho. Este le alertaba y se montó guardia allí, no una ni dos, sino más veces.
11El rey de Siria, muy alarmado por este hecho, convocó a sus oficiales para inquirirles: «¿No sois capaces de asegurar la información? ¿Quién de los nuestros está de parte del rey de Israel?».
12Uno de los oficiales dijo: «Nadie, oh rey, mi señor. Lo que sucede es que Eliseo, el profeta que hay en Israel, comunica al rey de Israel todo lo que tú dices en el interior de tu cámara».
13El rey respondió: «Id y averiguad dónde se encuentra para enviar a prenderlo». Después le informaron: «Está en Dotán».
14Y envió allí carros y caballos junto a un fuerte destacamento, los cuales llegaron de noche y pusieron cerco a la ciudad.
15Cuando el criado del hombre de Dios se levantó de mañana y salió fuera, viendo el destacamento que rodeaba la ciudad con carros y caballos, preguntó: «¡Ay, mi señor!, ¿cómo vamos a hacer?».
16Y Eliseo respondió: «No temas. Son más los que están con nosotros que con ellos».
17Luego se puso a orar diciendo: «Abre, Señor, sus ojos para que vea». Entonces el Señor abrió los ojos del criado, quien vio la montaña cubierta de caballos y carros de fuego en torno a Eliseo.
18Los arameos descendieron contra él y Eliseo suplicó al Señor diciendo: «Hiere a esas gentes con una luz cegadora». Y quedaron deslumbrados conforme a la palabra de Eliseo.
19Él les dijo: «No es este el camino ni es esta la ciudad. Seguidme y os conduciré al hombre que buscáis». Y los condujo a Samaría.
20Cuando entraban allí, Eliseo oró de nuevo: «Ábreles, Señor, los ojos para que vean». Entonces el Señor abrió sus ojos y vieron sorprendidos que estaban en medio de Samaría.
21Cuando el rey de Israel los vio, dijo a Eliseo: «¿Los ataco, padre mío?».
22Y este respondió: «No los mates. ¿Matas tú, acaso, a quien hiciste prisionero con tu espada y con tu arco? Ofréceles pan y agua para que coman, beban y vuelvan a su señor».
23Les sirvió un gran banquete y, luego que comieron y bebieron, los despidió y regresaron a su señor. Desde entonces las bandas de arameos dejaron de invadir el territorio de Israel.
24Tiempo después, Ben Hadad, el rey de Siria, movilizó todas sus tropas, se puso en marcha y sitió Samaría.
25El hambre comenzó a arreciar en Samaría y el asedio se prolongaba, hasta el punto que una cabeza de asno llegó a costar ochenta siclos de plata, y el cuarto de una medida de estiércol de paloma, cinco.
26El rey de Israel pasaba por la muralla cuando una mujer le gritó: «¡Ayúdame, rey, mi señor!».
27Él respondió: «No hables así. ¡Que el Señor te salve! ¿De dónde puedo yo sacar ayuda?, ¿de la era o del lagar?».
28Luego el rey le preguntó: «¿Qué te aflige?». Ella respondió: «Esa mujer me dijo: “Entrega a tu hijo y lo comeremos hoy y mañana comeremos el mío”.
29Así que cocimos a mi hijo y nos lo comimos. Al otro día le dije: “Entrega a tu hijo y lo comeremos”, pero ella lo escondió».
30Al oír el rey las palabras de la mujer rasgó sus vestiduras. Caminaba por la muralla y el pueblo pudo ver que vestía debajo un sayal.
31Y sentenció: «Dios me castigue, si la cabeza de Eliseo, hijo de Safat, permanece hoy sobre sus hombros».
32Eliseo estaba sentado en su casa y los ancianos sentados también con él. El rey envió por delante a un heraldo, pero, antes de que este llegara ante Eliseo, el hombre de Dios dijo a los ancianos: «¿Habéis visto? Ese hijo de asesino ha enviado a uno a cortarme la cabeza. ¡Estad vigilantes! Cuando llegue el heraldo, cerrad la puerta y sostenedla bien contra él. ¿No es ese el ruido de los pasos de su señor?».
33Aún se encontraba hablando con ellos, cuando el rey descendió adonde estaba él y exclamó: «¡Esta desgracia procede del Señor! ¿Qué puedo esperar todavía del Señor?».
2 Reyes 7
1Entonces Eliseo repuso: «Escucha la palabra del Señor: “Así dice el Señor: A esta hora, mañana en la puerta de Samaría, la arroba de flor de harina se venderá a un siclo y a otro las dos de cebada”».
2El ayudante en cuyo brazo se apoyaba el rey, respondió al hombre de Dios y le dijo: «Incluso si el Señor abriese ventanas en el cielo, ¿podría ocurrir tal cosa?». Y Eliseo respondió: «Lo verás con tus ojos, pero de ello no has de comer».
3Había cuatro leprosos a la entrada de la puerta que se decían entre sí: «¿Qué estamos haciendo aquí sentados hasta fallecer?
4Si decidimos entrar en la ciudad, con el hambre que hay en ella, moriremos y, si nos quedamos aquí, moriremos igual. ¡Ea!, pasémonos al campamento de Siria; si nos dejan vivir, viviremos y, si nos matan, moriremos».
5Al oscurecer se pusieron en camino hacia el campamento arameo. Al llegar a sus límites, vieron que no había nadie.
6Pues el Señor había hecho oír allí el estrépito de carros y caballos, estrépito de un gran ejército, cuando se dijeron unos a otros: «El rey de Israel ha pagado a los reyes de los hititas y a los de Egipto para que vengan contra Siria».
7Y emprendieron la huida al anochecer, abandonando sus tiendas, caballos y asnos; dejaron el campamento tal como estaba; huyeron así para salvar sus vidas.
8Cuando los leprosos llegaron al límite del campamento, entraron en una tienda, comieron y bebieron; luego se llevaron de allí plata, oro y vestidos, y fueron a esconderlo. Regresaron y entraron en otra tienda, se llevaron lo que allí había y lo escondieron.
9Entonces se dijeron unos a otros: «No está bien esto que hacemos. Hoy es un día de alegría y nosotros estamos callados. Nos tratarán como culpables si aguardamos hasta la luz de la mañana. ¡Andando!, vayamos a informar a palacio».
10Así es que llegaron y llamaron a los guardias de la puerta de la ciudad informando: «Hemos ido al campamento arameo y allí no hay nadie ni una voz humana, solo hay caballos atados, asnos atados y las tiendas tal como estaban».
11Y los centinelas llamaron y pasaron la noticia al interior de palacio.
12El rey se levantó de noche y dijo a sus oficiales: «Os diré lo que nos han hecho los arameos. Como saben que nos estamos muriendo de hambre, han abandonado el campamento y se han escondido en descampado, pensando: “Seguro que saldrán de la ciudad. Los prenderemos vivos y entraremos en ella”».
13Uno de los oficiales respondió: «Tomemos cinco de los caballos que nos quedan en la ciudad; al fin y al cabo les puede ocurrir lo que a toda la muchedumbre de Israel, que ha perecido».
14El rey envió dos tiros de caballos en pos del ejército arameo, ordenando: «Id y ved».
15Los siguieron estos hasta el Jordán. Todo el camino estaba lleno de vestidos y objetos que los arameos habían arrojado en sus prisas. Los mensajeros regresaron y dieron cuenta al rey.
16Entonces salió el pueblo y saqueó el campamento arameo. La arroba de flor de harina comenzó a venderse a un siclo y a otro las dos de cebada, conforme a la palabra del Señor.
17El rey puso de vigía a la puerta al ayudante en cuyo brazo se apoyaba, pero el pueblo lo pisoteó allí mismo y murió, conforme a la palabra del hombre de Dios pronunciada cuando el rey había bajado adonde estaba él.
18Pues todo fue conforme a la palabra que el hombre de Dios había dicho al rey: «Mañana a esta hora en la puerta de Samaría, dos arrobas de cebada se venderán a un siclo y la de flor de harina a otro».
19Asimismo se cumplió lo dicho por Eliseo, cuando el ayudante contestó al hombre de Dios diciendo: «Aun cuando el Señor abriera ventanas en el cielo, ¿podría ocurrir tal cosa?», y Eliseo respondió: «Lo verás con tus ojos, pero no has de comerlo».
20Y así sucedió, pues fue pisoteado por el pueblo en la puerta y murió.
2 Reyes 8
1Eliseo dijo a la mujer cuyo hijo había revivido: «Anda, tú y tu familia, ve a residir donde puedas, porque el Señor decretó siete años de hambruna sobre el país y ya han comenzado».
2Hizo la mujer conforme a la palabra del hombre de Dios y ella y su familia se fueron a vivir a la tierra de los filisteos por siete años,
3al cabo de los cuales regresaron de la tierra de los filisteos y fue la mujer a quejarse ante el rey por su casa y su campo.
4El rey se encontraba hablando con Guejazí, criado del hombre de Dios, y le insistía: «Cuéntame todas las maravillas que hacía Eliseo».
5Mientras él relataba al rey cómo devolvió el niño muerto a la vida, la mujer cuyo hijo había vuelto a la vida apareció quejándose por causa de su casa y su campo. Guejazí dijo entonces: «¡Rey, mi señor! Esta es la mujer y este su hijo, al que Eliseo devolvió a la vida».
6El rey preguntó a la mujer y ella narró su historia. Entonces puso el rey un eunuco a disposición de la mujer con la siguiente orden: «Devuélvele todo lo que le pertenece y las rentas de su campo, desde el día en que dejó el país hasta ahora».
7Eliseo fue a Damasco cuando Ben Hadad, rey de Siria, se encontraba enfermo. Entonces dieron aviso al rey: «El hombre de Dios viene de camino hacia aquí».
8Y el rey instó a Jazael: «Coge en tu mano un regalo, ve al encuentro del hombre de Dios y consulta al Señor a través de él, diciendo: “¿Sobreviviré a esta enfermedad?”».
9Jazael fue a su encuentro, llevando como regalo la carga de cuarenta camellos con todo lo mejor de Damasco. Entró, se detuvo ante él y dijo: «Tu hijo, Ben Hadad, rey de Siria, me ha enviado a ti para preguntarte: “¿Sobreviviré a esta enfermedad?”».
10Respondió Eliseo: «Ve y dile: “Sobrevivirás”. Pero el Señor me ha revelado que morirá sin remedio».
11Al hombre de Dios se le quedó el rostro totalmente rígido durante largo tiempo y luego se echó a llorar.
12Le preguntó Jazael: «¿Por qué llora mi señor?». Él respondió: «Porque sé el mal que vas a hacer a los hijos de Israel: pondrás fuego a sus fortalezas, matarás a sus jóvenes a espada, despedazarás a sus pequeñuelos y hasta has de abrir el vientre a sus embarazadas».
13Entonces Jazael volvió a preguntar: «¿Cómo puede tu servidor, siendo como es un perro, hacer algo tan grande?». A lo que Eliseo respondió: «Me ha mostrado el Señor una visión en la que tú eres el rey de Siria».
14Dejando a Eliseo regresó ante su señor, que le preguntó: «¿Qué te ha dicho Eliseo?». Él respondió: «Me ha dicho que sobrevivirás».
15A la mañana siguiente, Jazael tomó una manta, la empapó en agua y presionó con ella la cara (del rey) hasta que se asfixió. Luego le sucedió en el trono.
16El año quinto de Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel, inició su reinado Jorán, hijo de Josafat, rey de Judá.
17Tenía treinta y dos años cuando inició su reinado y reinó ocho años en Jerusalén.
18Los reyes de Israel siguieron los pasos de la casa de Ajab, pues se casó con una mujer de la familia de Ajab e hizo el mal a los ojos del Señor.
19Mas no quiso el Señor destruir a Judá en atención a David su servidor, conforme a la promesa que le hizo de darle una lámpara a sus hijos para siempre.
20En su tiempo Edón se rebeló contra el poder de Judá y se dieron un rey propio.
21Jorán partió hacia Seír a luchar con todos sus carros y, aunque se levantó por la noche derrotando a los edomitas que lo cercaban a él y a los jefes de los carros, su ejército huyó a sus tiendas.
22Edón se independizó así del poder de Judá, hasta el día de hoy. También se rebeló Libná en aquel tiempo.
23El resto de los hechos de Jorán, cuanto hizo, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?
24Jorán se durmió luego con sus padres y fue sepultado junto a sus padres en la ciudad de David. Le sucedió en el trono Ocozías, su hijo.
25El año doce de Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel, inició su reinado Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá.
26Ocozías tenía veintidós años cuando inició su reinado y reinó un año en Jerusalén. Su madre se llamaba Atalía, hija de Omrí, rey de Israel.
27Siguió también los pasos de la casa de Ajab e hizo el mal a los ojos del Señor como la casa de Ajab, pues había emparentado con ella.
28Partió Ocozías con Jorán, hijo de Ajab, en guerra contra Jazael, monarca de Siria, en Ramot de Galaad, pero los arameos hirieron a Jorán.
29Regresó Jorán a Yezrael para curarse de las heridas que le habían hecho los arameos en Ramot luchando contra Jazael, monarca de Siria. Y Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá, bajó a Yezrael a visitar a Jorán, hijo de Ajab, cuando estaba enfermo.
2 Corintios 3
1¿Empezamos otra vez a recomendarnos?, ¿o será que, como algunos, necesitamos presentaros o pediros cartas de recomendación?
2Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todo el mundo.
3Es evidente que sois carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne.
4Pero esta confianza la tenemos ante Dios por Cristo;
5no es que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos nada como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios,
6el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida.
7Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero,
8¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!
9Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia?
10Más todavía, en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, comparado con esta gloria sobreeminente.
11Y si lo que era pasajero tuvo su gloria, ¡cuánto más glorioso no será lo que permanece!
12Así pues, teniendo esta esperanza, procedemos con toda franqueza,
13y no como hizo Moisés, que se echaba un velo sobre la cara para evitar que los hijos de Israel contemplaran el fin de lo que era caduco.
14Pero tienen la mente embotada, pues hasta el día de hoy permanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo.
15Y hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés, cae un velo sobre sus corazones;
16pero cuando se convierta al Señor, se quitará el velo.
17Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad.
18Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor.