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Lectura 106 de 365

2 Reyes 3-5 · 2 Corintios 2

Letra: Normal

2 Reyes 3

1Jorán, hijo de Ajab, inició su reinado sobre Israel en Samaría el año dieciocho de Josafat, rey de Judá, y reinó doce años.

2Hizo el mal a los ojos del Señor, aunque no como su padre y su madre, ya que hizo desaparecer la estela de Baal que había erigido su progenitor.

3Mas siguió apegado a los pecados que Jeroboán, hijo de Nebat, hizo cometer a Israel, sin retractarse de ellos.

4Mesá, rey de Moab, poseía ganado lanar y pagaba al rey de Israel cien mil corderos y la lana de cien mil carneros,

5pero, a la muerte de Ajab, el rey de Moab se rebeló contra el de Israel.

6El rey Jorán salió aquel día de Samaría y pasó revista a todo Israel.

7Se puso en marcha y mandó decir a Josafat, rey de Judá: «El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Vas a venir conmigo a la guerra contra Moab?», y respondió Josafat: «Subiré. Yo y tú; mi pueblo y tu pueblo, mis caballos y tus caballos seremos una misma cosa.

8¿Por qué camino hemos de subir?». El rey Jorán respondió: «Por el camino del desierto de Edón».

9Así, los monarcas de Israel y Judá y el de Edón iniciaron la marcha y recorrieron el camino de siete días. Faltó entonces el agua para el campamento y para las bestias de carga que los seguían.

10Exclamó el rey de Israel: «¡Ay! ¡Ha convocado el Señor a tres reyes para entregarlos en manos de Moab!».

11Preguntó Josafat: «¿No hay aquí algún profeta del Señor para consultar al Señor por medio de él?». Uno de los servidores del rey de Israel respondió: «Está Eliseo, hijo de Safat, el que vertía el agua sobre las manos de Elías».

12Y Josafat afirmó: «Por él llega la palabra del Señor». Jorán, Josafat y el rey de Edón bajaron entonces adonde estaba él,

13mas Eliseo habló al rey de Israel: «¿Qué tenemos que ver tú y yo? ¡Acude a los profetas de tu padre o a los de tu madre!». El rey de Israel respondió: «No (hables así), pues el Señor ha convocado a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab».

14Eliseo dijo entonces: «Vive el Señor del universo a quien sirvo, que si no fuera por la consideración que Josafat, rey de Judá, me merece, no había de mirarte ni te prestaría atención.

15Traedme ahora un músico. Mientras el músico tañía, la mano del Señor vino sobre Eliseo,

16que profetizó: «Así dice el Señor: “Excavad en este valle albercas y más albercas”,

17pues, así dice el Señor: “No podréis vislumbrar viento ni lluvia y, sin embargo, se colmará de agua esta torrentera y beberéis vosotros y vuestros ejércitos y ganados”.

18No se contenta con esto el Señor, porque entregará también a Moab en vuestras manos:

19tomaréis, pues, todas las ciudades amuralladas, talaréis los mejores árboles, cegaréis todas las fuentes y cubriréis con piedras los campos más fértiles».

20A la mañana siguiente comenzó a llegar agua de la dirección de Edón, a la hora de la ofrenda, y la tierra se inundó completamente.

21Los moabitas habían oído que los reyes subían para atacarlos. Movilizaron a todos, desde los que estaban ya en edad de ceñir espada en adelante, apostándose con ellos en la frontera.

22El sol brillaba sobre las aguas cuando se levantaron de mañana y, al ver de frente las aguas rojas como sangre,

23exclamaron: «Es sangre. Los reyes se han pasado a espada unos a otros, se han matado entre sí. Así que, ¡al botín, Moab!».

24Pero, cuando llegaron al campamento de Israel, se alzaron los israelitas para combatir a los moabitas que huían delante de ellos. Avanzaron con ímpetu y derrotaron a Moab,

25hasta demoler todas sus ciudades. Cada uno arrojó una piedra sobre las tierras fértiles hasta cubrirlas, cegando así todos los manantiales, y talaron también los árboles frutales. Solo parecían incólumes las murallas de Quir Jeres, hasta que los honderos pusieron cerco a la ciudad y la destruyeron.

26Al ver que la batalla arreciaba en su contra, el rey de Moab tomó consigo setecientos hombres empuñando espadas y trató de abrir brecha en dirección hacia el rey de Siria, mas no lo consiguieron.

27Tomó entonces a su primogénito, el que había de reinar tras él, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Entonces una cólera inmensa se desató entre los israelitas, que se retiraron, apartándose de él, para regresar a su país.

2 Reyes 4

1La mujer de uno de la comunidad de los profetas clamó a Eliseo diciendo: «Tu servidor, mi marido, ha muerto. Sabes que tu siervo temía al Señor y ahora viene un acreedor a llevarse a mis dos hijos como esclavos».

2Eliseo le preguntó: «¿Qué puedo hacer por ti? Dime, ¿qué tienes en casa?». Ella respondió: «Tu sierva no tiene nada en casa, excepto una alcuza de aceite».

3Él le dijo: «Anda y pide a todas tus vecinas vasijas de las de importación, vasijas que estén vacías, y no te vayas a quedar corta al final.

4Entra luego y cierra la puerta tras de ti y de tus hijos. Vierte (aceite) en todas las vasijas, poniendo aparte las llenas».

5La mujer lo dejó y cerró la puerta tras de sí y de sus hijos. Mientras ellos le acercaban las vasijas, ella vertía el aceite.

6Cuando estuvieron llenas, dijo a su hijo: «Tráeme otra vasija», y él le respondió: «Ya no quedan más». Entonces dejó de fluir el aceite

7y ella fue a decírselo al hombre de Dios, quien dijo: «Ve a vender el aceite y paga a tu acreedor. Así tú y tus hijos podréis vivir de lo restante».

8Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.

9Ella dijo a su marido: «Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos.

10Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse».

11Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó,

12y dijo a Guejazí, su criado: «Llama a esta sunamita». La llamó; ella vino y se quedó de pie ante él.

13Eliseo dijo entonces a su criado: «Dile: Te has tomado todas estas molestias por nosotros…, ¿qué podemos hacer por ti?; ¿hemos de hablar en tu favor al rey, o al jefe del ejército?». Respondió ella: «Yo vivo tranquila entre las gentes de mi pueblo».

14Tras irse se preguntó Eliseo: «¿Qué podemos hacer entonces por ella?». Respondió Guejazí: «Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».

15Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada.

16Eliseo le dijo: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo». Ella respondió: «No, mi señor, no engañes a tu servidora».

17Mas la mujer concibió, dando a luz un niño en el tiempo que le había anticipado Eliseo.

18El niño creció y un día fue adonde estaba su padre con los segadores,

19y se quejó: «¡Ay, mi cabeza, mi cabeza!». El padre ordenó a un criado: «Llévalo a su madre».

20El criado tomó al niño y lo llevó a su madre. Estuvo sentado en las rodillas maternas hasta el mediodía y luego murió.

21Entonces ella lo subió y lo acostó sobre el lecho del hombre de Dios. Cerró la puerta y salió.

22Llamó a su marido y le dijo: «Envíame uno de los criados y una de las burras. Voy corriendo al hombre de Dios y vuelvo».

23«¿Por qué vas adonde está él? Hoy no es novilunio ni sábado», preguntó él. Pero ella se despidió: «Paz».

24Hizo aparejar la burra y dijo a su criado: «Conduce: en marcha y no me frenes el trote, a no ser que te lo diga».

25Marchó, pues, y llegó adonde estaba el hombre de Dios en el monte Carmelo. Cuando el hombre de Dios la vio a lo lejos, dijo a su criado Guejazí: «Ahí viene aquella mujer sunamita.

26Corre a su encuentro y pregúntale: “¿Estás bien? ¿Está bien tu marido? ¿Está bien el niño?”». Ella respondió: «Bien».

27Pero cuando llegó ante el hombre de Dios, a lo alto del monte, se abrazó a sus pies. Guejazí se acercó para apartarla, pero el hombre de Dios dijo: «Déjala, porque está pasando una amargura, pero el Señor me lo ha ocultado y no me lo ha manifestado».

28Ella exclamó: «¿Pedí yo acaso un hijo a mi señor? ¿No te dije que no me engañaras?».

29Y él mandó a Guejazí: «Ciñe tu cintura y toma mi bastón en tu mano. Si encuentras a alguien, no lo saludes, y, si alguien te saluda, no le respondas. Ve y coloca mi bastón sobre la cara del niño».

30Pero la madre del niño dijo: «¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré». Entonces él se alzó y marchó tras ella.

31Llegó Guejazí antes que ellos y colocó el bastón sobre la cara del niño, pero no se escuchaba voz ni respuesta. Se volvió al encuentro de Eliseo y le dijo: «El niño no ha despertado».

32Eliseo entró en la casa; allí estaba el niño, muerto, acostado en su lecho.

33Entró, cerró la puerta con ellos dos dentro y oró al Señor.

34Luego subió al lecho, se tumbó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos. Manteniéndose recostado sobre él la carne del niño iba entrando en calor.

35Pasado un rato, bajó Eliseo y se puso a caminar por la casa de acá para allá. Volvió a subirse y se recostó sobre él. Entonces el niño estornudó y abrió los ojos.

36Llamó a Guejazí y le dijo: «Llama a la sunamita», y la llamó. Al entrar, él le dijo: «Toma tu hijo».

37Y ella se echó a sus pies postrada en tierra. Luego, tomando a su hijo, salió.

38Eliseo regresó a Guilgal cuando hubo hambruna en el país. La comunidad de los profetas estaba ante él y él dijo a su criado: «Coloca la olla grande y cuece un potaje para la comunidad de los profetas».

39Uno de ellos fue al campo a recoger hierbas; encontrando unas cepas, arrancó calabazas silvestres hasta llenar su vestido. Llegó y, sin saber lo que eran, las cortó en pedazos en la olla del potaje.

40Lo sirvieron a los hombres para que comieran; cuando la probaron, se pusieron a gritar: «¡Muerte en la olla, hombre de Dios, muerte!». Y no podían comer.

41Entonces él mandó: «Traedme harina». Y echándola en la olla volvió a mandar: «Servidlo a la gente y que coman». Y no había ya mal alguno en la olla.

42Acaeció que un hombre de Baal Salisá vino trayendo al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga. Dijo Eliseo: «Dáselo a la gente y que coman».

43Su servidor respondió: «¿Cómo voy a poner esto delante de cien hombres?». Y él mandó: «Dáselo a la gente y que coman, porque así dice el Señor: “Comerán y sobrará”».

44Y lo puso ante ellos, comieron y aún sobró, conforme a la palabra del Señor.

2 Reyes 5

1Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso.

2Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán.

3Dijo ella a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».

4Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo: «Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».

5Y el rey de Siria contestó: «Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel». Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos

6y una carta al rey de Israel que decía: «Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».

7Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo: «¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».

8Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran: «¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».

9Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo.

10Envió este un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».

11Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: «Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”.

12El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio». Dándose la vuelta, se marchó furioso.

13Sus servidores se le acercaron para decirle: «Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».

14Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.

15Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: «Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo».

16Pero Eliseo respondió: «Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada». Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó.

17Naamán dijo entonces: «Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor.

18Perdone el Señor a su servidor porque, cuando mi señor entra en el templo de Rimmón para postrarse en adoración, se apoya en mi brazo, de manera que tengo yo que postrarme en el templo de Rimmón. Así que, cuando me postro en el templo de Rimmón, que el Señor perdone a tu servidor por ello».

19Y Eliseo le bendijo: «Ve en paz».Cuando se había alejado de él a una cierta distancia,

20Guejazí, el criado del hombre de Dios, pensó para sí: «Mi amo ha dejado marchar a ese arameo, sin aceptar lo que traía. ¡Vive el Señor que correré para conseguir algo de ese Naamán!».

21Y se precipitó Guejazí tras este, que, al ver que lo seguía corriendo, se apeó del carro, fue a su encuentro y le preguntó: «¿Está todo bien?».

22Respondió Guejazí: «Todo bien. Mi señor me envía a decirte: “Dos jóvenes de la comunidad de los profetas acaban de llegar a mí desde la montaña de Efraín. Por favor, dame para ellos un talento de plata y dos mudas de ropa”».

23Naamán contestó: «Acepta, por favor, dos talentos». Le insistió y, envolviendo los dos talentos de plata en bolsas, se las entregó, junto con dos mudas de ropa, a dos de sus criados para que se los llevasen.

24Al llegar al Ófel, recogió Guejazí todo lo que le entregaron y lo depositó en la casa. Luego despidió a los hombres y estos se marcharon.

25Entró y se presentó a su señor. Eliseo le dijo: «¿De dónde vienes, Guejazí?», y él respondió: «Tu servidor no ha ido a ninguna parte».

26Eliseo le dijo: «¿No iba mi espíritu por el camino cuando un hombre se apeó de su carro a tu encuentro? ¿Es este el tiempo de recibir plata y adquirir ropas, olivares y viñas, rebaños de ovejas y bueyes, servidores y servidoras?

27La lepra de Naamán se te pegará a ti y a tus descendientes para siempre». Y Guejazí salió de su presencia con lepra blanca como la nieve.

2 Corintios 2

1Decidí por mi cuenta no ir a vosotros otra vez causándoos tristeza.

2Pues si os entristezco yo a vosotros, ¿quién me va a alegrar entonces, cuando el único que puede hacerlo está triste por causa mía?

3Os escribí precisamente aquello para que, cuando llegara, no me entristecieran aquellos que tenían que alegrarme; de hecho estoy persuadido de que todos tenéis mi alegría por vuestra.

4Porque os escribí con muchas lágrimas, debido a una gran aflicción y angustia de corazón; pero no lo hice para entristeceros sino para mostraros el amor tan especial que tengo por vosotros.

5Pues si alguno ha causado tristeza, no me la ha causado a mí, sino, en cierto modo y para no exagerar, a todos vosotros.

6Bástale a ese tal el correctivo que le ha impuesto la mayoría;

7de modo que más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que se hunda en una tristeza excesiva.

8Por eso, os recomiendo que le confirméis el amor;

9os escribí precisamente para esto, para comprobar vuestro temple y ver si obedecíais en todo.

10Lo que vosotros perdonéis a alguien, también yo se lo perdono. Pues lo que yo he perdonado, si algo tengo que perdonar, fue por causa vuestra, teniendo delante a Cristo;

11quiero evitar ser engañado por Satanás, pues no se me ocultan sus intenciones.

12Llegué a Tróade para anunciar el Evangelio de Cristo y se me abrió una gran puerta en el Señor;

13pero, al no encontrar allí a Tito, mi hermano, no me quedé tranquilo; entonces me despedí de ellos y salí para Macedonia.

14Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento.

15Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden;

16para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida. Pero, ¿quién es capaz de esto?

17Por lo menos no somos como tantos otros que negocian con la palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en Cristo, de parte de Dios y delante de Dios.