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Lectura 104 de 365

1 Reyes 19-21 · 1 Corintios 16

Letra: Normal

1 Reyes 19

1Ajab transmitió a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo pasó a cuchillo a todos los profetas de Baal.

2Jezabel envió un mensajero para decirle: «Que los dioses me castiguen si mañana a estas horas no he hecho con tu vida como has hecho tú con la vida de uno de estos».

3Entonces Elías tuvo miedo, se levantó y se fue para poner a salvo su vida. Llegó a Berseba de Judá y allí dejó a su criado.

4Luego anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta que, sentándose bajo una retama, imploró la muerte diciendo: «¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!».

5Se recostó y quedó dormido bajo la retama, pero un ángel lo tocó y dijo: «Levántate y come».

6Miró alrededor y a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y volvió a recostarse.

7El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y de nuevo dijo: «Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».

8Elías se levantó, comió, bebió y, con la fuerza de aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

9Allí se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor preguntando: «¿Qué haces aquí, Elías?».

10Y él respondió: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela».

11Le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor.

12Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave.

13Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»,

14y él respondió: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela».

15Le dijo el Señor: «Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Siria a Jazael,

16rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.

17Al que escape a la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, lo matará Eliseo.

18Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron».

19Partió Elías de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando. Frente a él tenía doce yuntas; él estaba con la duodécima. Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima.

20Entonces Eliseo abandonó los bueyes y echó a correr tras Elías, diciendo: «Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré». Le respondió: «Anda y vuélvete, pues ¿qué te he hecho?».

21Eliseo volvió atrás, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó al pueblo para que comiera. Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio.

1 Reyes 20

1Ben Hadad, rey de Siria, reunió todo su ejército. Lo acompañaban treinta y dos reyes con caballos y carros. Subió y puso sitio a Samaría y la atacó.

2Mandó luego mensajeros a la ciudad, a Ajab, rey de Israel,

3diciendo: «Así habla Ben Hadad: Tu plata y tu oro son míos. Tus mujeres y tus mejores hijos son míos».

4Respondió el rey de Israel: «Como tú digas, rey mi señor; soy tuyo, yo y todo lo mío».

5Los mensajeros regresaron con este mensaje: «Así habla Ben Hadad: Puesto que envié a decirte: “Dame tu plata, tu oro, tus mujeres y tus hijos”,

6mañana a estas horas enviaré a mis siervos que registrarán tu casa y las casas de tus siervos, y echarán mano de cuanto sea precioso a tus ojos para llevárselo».

7El rey de Israel convocó entonces a todos los ancianos del país y les dijo: «Podéis ver claramente que este busca el mal, pues cuando me pidió mis mujeres y mis hijos, mi plata y mi oro, no se lo negué».

8Todos los ancianos y todo el pueblo replicaron: «No le hagas caso, no lo consientas»;

9y respondió a los enviados de Ben Hadad: «Decid a mi señor el rey: “Haré lo que mandaste a tu siervo la primera vez, pero esto no puedo hacerlo”»; los mensajeros se fueron llevando la noticia.

10Entonces Ben Hadad mandó decir: «Que me castiguen los dioses si hay suficiente polvo en Samaría para llenar los puños de los hombres que me van a seguir».

11El rey de Israel respondió: «Replicad: “No canta victoria quien ciñe la espada, sino quien la desciñe”».

12Nada más saber esta respuesta, en el momento en que él y los otros reyes bebían en Sukkot, ordenó a sus servidores: «Tomad posiciones». Y tomaron estos posiciones frente a la ciudad.

13Un profeta se acercó a Ajab, rey de Israel, y le dijo: «Así habla el Señor: “¿Ves esa gran multitud? La entrego hoy en tus manos y sabrás que yo soy el Señor”».

14Ajab preguntó: «¿Por medio de quién?». Respondió: «Así dice el Señor: “Por medio de los ayudantes de los gobernadores provinciales”», y Ajab inquirió: «¿Quién ha de entablar el combate?»; el profeta respondió: «Tú».

15Entonces Ajab pasó revista a los ayudantes de los gobernadores provinciales —doscientos treinta y dos—, y seguidamente a todo el ejército —todos los hijos de Israel—, siete mil.

16Hicieron una salida a mediodía, mientras Ben Hadad se hallaba en Sukkot bebiendo hasta emborracharse con los treinta y dos reyes aliados.

17Los ayudantes de los gobernadores provinciales salieron en cabeza. Pero Ben Hadad envió mensajeros, los cuales le advirtieron: «Algunos hombres han salido de Samaría».

18Respondió él: «Si han salido en son de paz, prendedlos vivos, y si en son de guerra, vivos habéis de cogerlos».

19Habían salido, pues, de la ciudad los ayudantes de los gobernadores provinciales, siguiéndoles la tropa.

20Cada uno mató a un adversario. Siria se dio a la fuga e Israel los persiguió, pero Ben Hadad, rey de Siria, logró salvarse a caballo con algunos jinetes.

21El rey de Israel salió y atacó a los caballos y carros, infligiendo a Siria una gran derrota.

22Entonces el profeta se acercó al rey de Israel para advertirle: «Anda, mantente fuerte, piensa y mira lo que has de hacer, porque a la vuelta del año el rey de Siria subirá de nuevo para atacarte».

23Los servidores del rey de Siria aconsejaron a este: «Su Dios es un Dios de las montañas; por eso han sido más fuertes que nosotros. Pero, si los combatimos en la llanura, seremos más fuertes que ellos.

24De esta manera has de actuar: destituye a los reyes de sus puestos y pon gobernadores en su lugar;

25recluta un ejército como el que perdiste, otros tantos caballos y carros. Nosotros los combatiremos en la llanura y seremos más fuertes que ellos». Atendiendo su consejo actuó de esa manera.

26A la vuelta de un año, Ben Hadad pasó revista a los arameos y subió a Afec para luchar contra Israel.

27También se pasó revista a los hijos de Israel y, tras suministrarles provisiones, marcharon al encuentro de los arameos y acamparon frente a ellos. Parecían dos rebaños de cabras, mientras que los arameos llenaban la tierra.

28El hombre de Dios se acercó al rey de Israel y le dijo: «Así habla el Señor: Por haber dicho los arameos: “El Señor es un Dios de las montañas, no es Dios de las llanuras”, he entregado toda esta gran muchedumbre en tus manos y así sabréis que yo soy el Señor».

29Estuvieron acampados frente a frente durante siete días y al séptimo trabaron combate. Los hijos de Israel derrotaron en un solo día a cien mil soldados de infantería arameos.

30Algunos supervivientes huyeron a la ciudad de Afec, pero la muralla se desplomó sobre los veintisiete mil supervivientes.Ben Hadad huyó a la ciudad para refugiarse en una habitación interior.

31Dijo a sus servidores: «Sé que los reyes de la casa de Israel pensaron que era un buen augurio. Pongámonos sayales a la cintura y cuerdas a la cabeza y salgamos ante el rey de Israel. Tal vez nos perdone la vida».

32Se ciñeron sayales a la cintura y cuerdas a la cabeza y se presentaron al rey de Israel, diciendo: «Tu siervo Ben Hadad pide: “Perdóname la vida”». A lo que él respondió: «¿Está vivo todavía? ¡Es mi hermano!».

33Los hombres adivinaron el sentido y le tomaron la palabra, diciendo: «Ben Hadad es hermano tuyo». Les pidió: «Id a traerlo». Ben Hadad salió hacia él y el rey de Israel lo subió a su carro.

34Ben Hadad le dijo: «Devolveré las ciudades que mi padre tomó a tu padre; y podrás abrir bazares para ti en Damasco, como mi padre los instaló en Samaría». Ajab dijo: «Por mi parte, con este trato te dejaré partir»; y estableció un pacto con él y lo dejó marchar.

35Un hombre, discípulo de los profetas, dijo a su compañero por orden del Señor: «Hiéreme»; pero el hombre no quiso herirle.

36Le dijo: «Por no haber atendido a la voz del Señor, en cuanto te apartes de mí, un león te herirá». Partió de su lado y un león dio con él y lo mató.

37Luego se fue a cruzar con otro hombre y le repitió: «Hiéreme». Entonces el hombre le pegó un golpe y le hirió.

38El profeta se fue y se puso a esperar al rey en el camino, disfrazado con una banda sobre los ojos.

39Cuando el rey pasaba, gritó al rey: «Tu siervo se introdujo en el centro de la batalla cuando uno se retiró y me entregó un hombre diciendo: “Custodia a este hombre; si llega a faltar, tu vida responderá por la suya, o pagarás un talento de plata”.

40Tu siervo estaba ocupado de acá para allá y el hombre ha desaparecido». El rey de Israel le dijo: «Esa es tu sentencia. Tú mismo la has dictado».

41Pero él se quitó rápidamente la banda de sus ojos y el rey de Israel lo reconoció como uno de los profetas.

42Entonces transmitió al rey: «Así habla el Señor: “Por haber dejado partir al hombre entregado a mi anatema, tu vida pagará por su vida y tu ejército por su ejército”».

43El rey de Israel se fue a su casa triste e irritado, y entró en Samaría.

1 Reyes 21

1Tras estos sucesos ocurrió que Nabot de Yezrael tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaría.

2Ajab habló a Nabot diciendo: «Dame tu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi casa; yo te daré a cambio una viña mejor, o, si te parece bien, te pagaré su precio en plata».

3Nabot respondió a Ajab: «Dios me libre de cederte la herencia de mis padres».

4Se fue Ajab a su casa abatido y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot de Yezrael: «No te cederé la heredad de mis padres». Se postró en su lecho de cara a la pared y se negó a comer.

5Jezabel, su mujer, se le acercó y le dijo: «¿Qué te pasa que estás entristecido y no comes alimento alguno?».

6Él le respondió: «Hablé con Nabot de Yezrael y le propuse: “Véndeme tu viña por su valor en plata, o, si lo prefieres, te daré otra viña a cambio”; pero él me contestó: “No te cederé mi viña”».

7Jezabel, su mujer, le replicó: «¡Ya es hora de que ejerzas el poder regio en Israel! Levántate, come y se te alegrará el ánimo. Yo misma me encargo de darte la viña de Nabot de Yezrael».

8Escribió cartas con el nombre de Ajab y las selló con el sello de él, enviándolas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot.

9En las cartas escribió lo siguiente: «Proclamad un ayuno y sentad a Nabot al frente de la asamblea.

10Frente a él sentad a dos hombres hijos de Belial que testifiquen en su contra diciendo: “Tú has maldecido a Dios y al rey”. Entonces lo sacaréis fuera y lo lapidaréis hasta que muera».

11Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en su ciudad, hicieron tal como Jezabel les ordenó según lo escrito en las cartas remitidas a ellos.

12Así proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot al frente de la asamblea.

13Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se sentaron frente a él y testificaron contra él diciendo: «Nabot ha maldecido a Dios y al rey». Lo sacaron fuera de la ciudad y lo lapidaron a pedradas hasta que murió.

14Enviaron a decir a Jezabel: «Nabot ha sido lapidado y está muerto».

15En cuanto Jezabel oyó que Nabot había muerto lapidado, dijo a Ajab: «Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, el que se negó a vendértela por su valor en plata, pues Nabot ya no está vivo, ha muerto».

16Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, el de Yezrael, para tomar posesión de ella.

17La palabra del Señor llegó entonces a Elías tesbita para decirle:

18«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría. Ahora se encuentra en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de ella.

19Le hablarás diciendo: “Así habla el Señor: ‘¿Has asesinado y pretendes tomar posesión?’ Por esto, así habla el Señor: ‘En el mismo lugar donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán los perros también tu propia sangre’”».

20Entonces Ajab se dirigió a Elías diciendo: «Así que has dado conmigo, enemigo mío». Respondió Elías: «He dado contigo. Así, por haberte vendido, haciendo el mal a los ojos del Señor,

21yo mismo voy a traer sobre ti el desastre. Barreré tu descendencia y exterminaré en Israel a todos los varones de la familia de Ajab, del primero al último.

22Dispondré de tu casa como de la de Jeroboán, hijo de Nebat, y de la de Baasá, hijo de Ajías, por la irritación que me has producido y por haber hecho pecar a Israel.

23También contra Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel en el campo de Yezrael”,

24y los perros devorarán a los de Ajab que mueran en la ciudad y las aves del cielo a los que mueran en el campo».

25No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor.

26Actuó del modo más abominable, yendo tras los ídolos, procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente a los hijos de Israel.

27Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente.

28Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor:

29«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida, por haberse humillado ante mí, sino en vida de su hijo».

1 Corintios 16

1Sobre la colecta en favor de los santos, haced vosotros lo mismo que ordené a las iglesias de Galacia:

2que cada uno de vosotros aparte el primer día de la semana lo que haya podido ahorrar y que lo guarde; de este modo, no habrá que hacer colectas cuando yo vaya.

3Y cuando llegue yo, a los que vosotros hayáis elegido los enviaré con cartas para que lleven vuestro donativo a Jerusalén.

4Y si es conveniente que vaya también yo, irán conmigo.

5Cuando pase por Macedonia os visitaré, pues voy a ir por Macedonia;

6pero entre vosotros tal vez me quede, o incluso pasaré el invierno, para que me proveáis para el viaje, vaya donde vaya.

7Pues ahora no deseo veros de paso, porque espero quedarme con vosotros algún tiempo, si el Señor lo permite.

8Con todo, me quedaré en Éfeso hasta Pentecostés,

9pues se me ha abierto una puerta grande y favorable a la acción, aun siendo muchos los adversarios.

10Por otra parte, cuando llegue Timoteo, procurad que no se atemorice entre vosotros, pues trabaja en la obra del Señor como yo;

11que nadie lo desprecie, sino todo lo contrario: despedidlo en paz, para que venga adonde yo estoy, pues lo estoy esperando junto con los hermanos.

12Por lo que respecta al hermano Apolo, le he pedido encarecidamente que vaya a vosotros junto con los hermanos. Pero se ha decidido rotundamente que no vaya ahora; irá cuando sea oportuno.

13Vigilad, manteneos firmes en la fe, sed valientes y valerosos.

14Que todo lo vuestro se haga con amor.

15Un último ruego, hermanos: sabéis que la casa de Estéfanas es primicia de Acaya y que se pusieron al servicio de los santos.

16Someteos también vosotros a gente como esta y a cualquiera que coopere en sus esfuerzos.

17Me alegro de la llegada de Estéfanas, Fortunato y Acaico, pues han suplido vuestra falta;

18es decir, han tranquilizado mi espíritu y el vuestro. Así pues, manifestad vuestro reconocimiento a personas como estas.

19Os saludan las iglesias de Asia. Muchos saludos, en el Señor, de Áquila y Prisca, y de la iglesia que se reúne en su casa.

20Os saludan todos los hermanos. Saludaos mutuamente con el beso santo.

21El saludo lo he escrito yo mismo, Pablo.

22Si alguien no ama al Señor, sea anatema. Maranatá.

23La gracia del Señor Jesús con vosotros.

24Mi amor, con todos vosotros en Cristo Jesús.