Lectura 103 de 365
1 Reyes 16-18 · 1 Corintios 15
1 Reyes 16
1La palabra del Señor llegó a Jehú, hijo de Jananí, contra Baasá diciendo:
2«Te he alzado del polvo y concedido ser príncipe designado de mi pueblo Israel, pero tú has continuado la senda de Jeroboán y has hecho pecar a mi pueblo Israel irritándome a mí con sus pecados.
3Por ello, voy a barrer a Baasá y a su casa, la trataré como a la de Jeroboán, hijo de Nebat.
4Así, al de Baasá que muera en la ciudad, lo comerán los perros y al que muera en el campo, lo comerán las aves del cielo».
5El resto de los hechos de Baasá, todo cuanto acometió junto a sus éxitos militares, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
6Murió Baasá y le dieron sepultura en Tirsá. Le sucedió en el trono su hijo Elá.
7La palabra del Señor había llegado por boca del profeta Jehú, hijo de Jananí, contra Baasá y su casa por el mal que había hecho a los ojos del Señor, irritándolo por los ídolos fabricados con sus manos, como había hecho la casa de Jeroboán y además por haber exterminado a esta última.
8El año veintiséis de Asá, rey de Judá, Elá, hijo de Baasá, inició en Tirsá su reinado sobre Israel. Reinó durante dos años.
9Su servidor Zimrí, jefe de la mitad del cuerpo de carros, conspiró contra él mientras bebía y se emborrachaba en Tirsá, en casa de Arsá, mayordomo del palacio de Tirsá.
10Zimrí entró, lo hirió y lo mató el año veintisiete de Asá, rey de Judá, para reinar en su lugar.
11Tan pronto como llegó a rey y tomó posesión de su trono, mató a toda la casa de Baasá sin dejar ni un solo varón, pariente o amigo.
12Exterminó Zimrí a toda la casa de Baasá conforme a la palabra que el Señor había dirigido a este por boca del profeta Jehú,
13a causa de todos los pecados que Baasá y Elá, su hijo, cometieron e hicieron cometer a Israel, irritando con sus ídolos al Señor, Dios de Israel.
14El resto de los hechos de Elá, cuanto hizo, ¿no se halla escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
15El año veintisiete de Asá, rey de Judá, reinó Zimrí siete días en Tirsá. El pueblo acampaba en Guibbetón de los filisteos.
16El ejército acampado oyó que se decía: «Zimrí ha conspirado e incluso asesinado al rey». Aquel día en el campamento, Omrí, jefe del ejército, fue proclamado rey de Israel por todo Israel.
17Entonces Omrí y con él todo Israel subieron de Guibbetón y sitiaron Tirsá.
18Al ver Zimrí que la ciudad había sido tomada, se retiró a la ciudadela del palacio real, prendió fuego al palacio real, quedándose él dentro.
19Todo a causa de los pecados que cometió obrando el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de Jeroboán y los pecados que hizo cometer a Israel.
20El resto de sus hechos y la conjuración que tramó Zimrí, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
21El pueblo de Israel se dividió entonces en dos facciones. Unos se aliaron con Tibní, hijo de Guinat, con el propósito de convertirlo en rey; otros a favor de Omrí.
22Los partidarios de Omrí se impusieron a los de Tibní, hijo de Guinat; Tibní murió y reinó Omrí.
23El año treinta y uno de Asá, rey de Judá, comenzó a reinar Omrí sobre Israel. Reinó doce años, seis en Tirsá.
24Compró a Sémer la montaña de Samaría por dos talentos de plata, la fortificó y en lo alto construyó una ciudad a la que puso por nombre Samaría, por el nombre de Sémer, dueño de la montaña.
25Obró Omrí el mal a los ojos del Señor y actuó peor que cuantos le precedieron.
26En todo siguió el camino de Jeroboán, hijo de Nebat, y los pecados que este hizo cometer a Israel, irritando con sus ídolos al Señor, Dios de Israel.
27El resto de los hechos de Omrí, cuanto obró y sus éxitos militares, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?
28Omrí se durmió con sus padres y le dieron sepultura en Samaría. Le sucedió en el trono su hijo Ajab.
29Ajab, hijo de Omrí, inició su reinado en Israel el año treinta y ocho de Asá, rey de Judá. Ajab, hijo de Omrí, reinó sobre Israel en Samaría veintidós años.
30Ajab, hijo de Omrí, hizo el mal a los ojos del Señor, más aún que todos los que le precedieron.
31No le bastó seguir los pecados de Jeroboán, hijo de Nebat, sino que, además, tomó por mujer a Jezabel, hija de Itobaal, rey de los sidonios, y se puso a servir a Baal, postrándose ante él.
32Le elevó un altar en el santuario de Baal que edificó en Samaría
33y construyó Ajab la estela. Prosiguiendo de este modo irritó al Señor, Dios de Israel, más aún que todos los reyes de Israel que le precedieron.
34En su tiempo, Jiel de Betel reconstruyó Jericó, pero echó sus cimientos a costa de Abirán, su primogénito, y levantó sus puertas a costa de su hijo menor Segub, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Josué, hijo de Nun.
1 Reyes 17
1Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: «Vive el Señor, Dios de Israel, ante quien sirvo, que no habrá en estos años rocío ni lluvia si no es por la palabra de mi boca».
2La palabra del Señor llegó a Elías diciendo:
3«Sal de aquí, dirígete hacia oriente y escóndete en el torrente de Querit, frente al Jordán.
4Habrás de beber sus aguas y he ordenado a los cuervos que allí te suministren alimento».
5Fue a establecerse en el torrente de Querit, frente al Jordán, procediendo según la palabra del Señor.
6Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y lo mismo al atardecer; y bebía del torrente.
7Al cabo de unos días se secó el torrente, pues no hubo lluvia sobre el país.
8La palabra del Señor llegó entonces a Elías diciendo:
9«Levántate, vete a Sarepta de Sidón y establécete, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te suministre alimento».
10Se alzó y fue a Sarepta. Traspasaba la puerta de la ciudad en el momento en el que una mujer viuda recogía por allí leña. Elías la llamó y le dijo: «Tráeme un poco de agua en el jarro, por favor, y beberé».
11Cuando ella fue a traérsela, él volvió a gritarle: «Tráeme, por favor, en tu mano un trozo de pan».
12Ella respondió: «Vive el Señor, tu Dios, que no me queda pan cocido; solo un puñado de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza. Estoy recogiendo un par de palos, entraré y prepararé el pan para mí y mi hijo, lo comeremos y luego moriremos».
13Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después.
14Porque así dice el Señor, Dios de Israel:“La orza de harina no se vaciará la alcuza de aceite no se agotará hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”».
15Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
16Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías.
17Después de estos hechos, cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; su mal fue agravándose hasta el punto de que no le quedaba ya aliento.
18Entonces la viuda dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¡Has venido a recordarme mis faltas y a causar la muerte de mi hijo!».
19Elías respondió: «Entrégame a tu hijo». Lo tomó de su regazo, lo subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho.
20Luego clamó al Señor, diciendo: «Señor, Dios mío, ¿vas a hacer mal a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo?».
21Luego se tendió tres veces sobre el niño, y gritó al Señor: «Señor, Dios mío, que el alma de este niño vuelva a su cuerpo».
22El Señor escuchó el grito de Elías y el alma del niño volvió a su cuerpo y el niño volvió a la vida.
23Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba al interior de la casa y se lo entregó a su madre, diciendo: «Mira, tu hijo está vivo».
24La mujer dijo a Elías: «Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que la palabra del Señor está de verdad en tu boca».
1 Reyes 18
1Pasado mucho tiempo, al tercer año llegó la palabra del Señor a Elías, diciendo: «Vete, preséntate ante Ajab, pues voy a conceder lluvia sobre la superficie de la tierra».
2Entonces Elías partió para presentarse ante Ajab, cuando el hambre arreciaba en Samaría.
3Mientras tanto, Ajab llamaba a Abdías, mayordomo de palacio. Abdías era profundamente temeroso del Señor.
4Cuando Jezabel exterminó a los profetas del Señor, Abdías había tomado a cien de ellos y los había ocultado en una cueva, en dos grupos de cincuenta, alimentándolos con pan y agua.
5Ajab ordenó a Abdías: «Vete por el país, recorre todas las fuentes y torrenteras; tal vez encontremos hierba, para que sigan vivos los caballos y los mulos y no perezca el ganado».
6Luego se repartieron el país para recorrerlo: Ajab se fue solo por un camino y Abdías solo por el otro.
7Estando Abdías de camino, Elías salió a su encuentro. Lo reconoció, cayó rostro en tierra y dijo «¿Eres tú, Elías, mi señor?».
8Él respondió: «Yo soy. Ve y di a tu señor: “Elías está aquí”».
9Abdías dijo: «¿Qué pecado he cometido? Así entregas a tu siervo en manos de Ajab para que me mate.
10¡Vive el Señor, tu Dios, que no hay pueblo ni reino adonde mi señor no haya enviado a alguien a buscarte! Y si decían: “No está aquí”, hacía jurar al pueblo o al reino que no te habían encontrado.
11Y ahora tú dices: “Vete y di a tu señor: Elías está aquí”.
12Cuando me aleje de ti, el espíritu del Señor te llevará adonde yo no sepa; entonces, si llego con la noticia donde está Ajab y resulta que luego no te encuentra, seguro que me mata. Sin embargo, tu siervo es temeroso del Señor desde su juventud.
13¿Nadie ha hecho saber a mi señor lo que hice cuando Jezabel mató a los profetas del Señor? Oculté a cien de ellos, de cincuenta en cincuenta, en una cueva y los alimenté con pan y agua.
14Y ahora tú me dices: “Ve y di a tu señor: Elías está aquí”… ¡Me matará!».
15Respondió Elías: «¡Vive el Señor del universo a quien sirvo que hoy me presentaré ante él!».
16Abdías fue al encuentro de Ajab y le transmitió la noticia. Ajab partió al encuentro de Elías
17y, al verlo, le dijo: «¿Eres tú, ruina de Israel?».
18Él respondió: «No soy yo quien ha arruinado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, por abandonar los mandatos del Señor y seguir a los baales.
19Pero ahora, manda que todo Israel se reúna en torno a mí en el monte Carmelo, especialmente a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal que comen a la mesa de Jezabel».
20Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas en el monte Carmelo.
21Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal». El pueblo no respondió palabra.
22Elías continuó: «Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal.
23Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el fuego.
24Vosotros clamaréis invocando el nombre de vuestro dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y el dios que responda por el fuego, ese es Dios». Todo el pueblo acató: «¡Está bien lo que propones!».
25Elías se dirigió a los profetas de Baal: «Elegid un novillo y preparadlo vosotros primero, pues sois más numerosos. Clamad invocando el nombre de vuestro dios, pero no pongáis fuego».
26Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!». Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho.
27A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos: «¡Gritad con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!».
28Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre.
29Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas, pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.
30Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a restaurar el altar del Señor, que había sido demolido.
31Tomó Elías doce piedras según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor: «Tu nombre será Israel».
32Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja de una capacidad de un par de arrobas de semilla.
33Luego dispuso leña, descuartizó el novillo y lo colocó encima.
34«Llenad de agua cuatro tinajas y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron. Pidió: «Hacedlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron. «Hacedlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron.
35Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar.
36A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir: «Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas.
37Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones».
38Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas.
39Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: «¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!».
40Entonces Elías sentenció: «Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ni uno». Les echaron mano y Elías les hizo bajar al torrente de Quisón, y allí los degolló.
41Elías dijo a Ajab: «Sube, come y bebe, porque va a llover mucho».
42Ajab subió a comer y beber, mientras Elías subía a la cima del Carmelo para encorvarse hacia tierra, con el rostro entre las rodillas.
43Había ordenado a su criado: «Sube y mira hacia el mar»; el criado subió, miró y dijo: «No hay nada». Elías repitió: «Vuelve»; y así siete veces.
44A la séptima dijo el criado: «Aparece una nubecilla como la palma de una mano que sube del mar». Entonces le ordenó: «Sube y dile a Ajab: “Engancha el carro y desciende, no te vaya a detener la lluvia”».
45En unos instantes los cielos se oscurecieron por las nubes y el viento, y sobrevino una gran lluvia. Ajab montó en su carro y marchó a Yezrael.
46La mano del Señor se posó sobre Elías; este, ciñéndose la cintura, iba corriendo delante de Ajab hasta que llegó a Yezrael.
1 Corintios 15
1Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados,
2y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano.
3Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras;
4y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
5y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce;
6después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto;
7después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles;
8por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
9Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
10Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.
11Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros.
12Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
13Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado.
14Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe;
15más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que los muertos no resucitan.
16Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado;
17y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados;
18de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
19Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
20Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
21Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección.
22Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.
23Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida;
24después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza.
25Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.
26El último enemigo en ser destruido será la muerte,
27porque lo ha sometido todo bajo sus pies. Pero, cuando dice que ha sometido todo, es evidente que queda excluido el que le ha sometido todo.
28Y, cuando le haya sometido todo, entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Así Dios será todo en todos.
29De otro modo, ¿qué obtendrán los que se bautizan por los muertos? Si es verdad que los muertos no van a resucitar en absoluto, ¿por qué se bautizan entonces por ellos?
30Y nosotros mismos, ¿por qué nos exponemos continuamente al peligro?
31Muero diariamente; lo digo, hermanos, por la gloria que tengo por vosotros en Cristo Jesús, nuestro Señor.
32Y si combatí contra fieras en Éfeso por motivos humanos, ¿de qué me sirve? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.
33No os engañéis: «Las malas compañías corrompen las costumbres».
34Recuperad la debida sobriedad y no pequéis. Pues lo que tienen algunos es ignorancia de Dios: os lo digo para vergüenza vuestra.
35Alguno preguntará: ¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?
36Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si (antes) no muere.
37Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta.
38Pero Dios le da el cuerpo según ha querido, y a cada semilla su propio cuerpo.
39No toda carne es la misma carne, sino que una cosa es la carne de los humanos, otra la carne de los animales, otra la carne de las aves y otra la de los peces.
40Y hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero el resplandor de los celestes es uno y el de los terrestres, otro;
41uno es el resplandor del sol y otro el resplandor de la luna, y otro el resplandor de las estrellas; pues una estrella se distingue de otra por su brillo.
42Lo mismo es la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible;
43se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza;
44se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también espiritual.
45Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante.
46Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual.
47El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo.
48Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo.
49Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.
50Os digo, hermanos, que ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de Dios; tampoco la corrupción heredará la incorrupción.
51Mirad, os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados.
52En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la última trompeta; porque sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados.
53Porque es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad.
54Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.
55¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?».
56El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley.
57¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!
58De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.