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Lectura 102 de 365

1 Reyes 13-15 · 1 Corintios 14

Letra: Normal

1 Reyes 13

1Bajo la orden del Señor, un hombre de Dios llegó de Judá a Betel en el momento en que Jeroboán estaba en pie sobre el altar dispuesto a quemar incienso.

2Por orden del Señor, gritó al altar: «Altar, altar, así dice el Señor: un hijo nacerá a la casa de David, de nombre Josías. Sacrificará él sobre ti a los sacerdotes de los lugares de culto, a los que queman incienso sobre ti. Huesos humanos se quemarán sobre ti».

3Y realizó aquel día un signo portentoso, al decir: «Este es el signo y el portento que el Señor ha decretado: el altar se hará pedazos y las cenizas que hay sobre él quedarán esparcidas».

4Cuando el rey Jeroboán oyó lo que el hombre de Dios gritaba contra el altar de Betel, extendió su mano desde lo alto del altar diciendo: «Prendedlo». Pero la mano extendida quedó seca y no podía volverla hacia sí,

5el altar se hizo pedazos y las cenizas que había sobre el altar quedaron esparcidas, conforme al signo milagroso que había realizado el hombre de Dios por orden del Señor.

6El rey respondió al hombre de Dios: «Aplaca, por favor, el rostro del Señor tu Dios, para que mi mano pueda volver a mí». Entonces el hombre de Dios aplacó el rostro del Señor y la mano de Jeroboán volvió hacia él y quedó como antes.

7Dijo el rey al hombre de Dios: «Entra a palacio conmigo para reconfortarte y te haré un regalo».

8El hombre de Dios replicó al rey: «Aunque me dieras la mitad de tu palacio, no entraré contigo. No comeré pan ni beberé agua en este lugar,

9porque así me ha sido ordenado a través de la palabra del Señor: “No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que has ido”».

10Y se fue por otro camino; no volvió por el camino por donde había venido a Betel.

11Vivía en Betel un anciano profeta. Sus hijos vinieron y le contaron cuanto el hombre de Dios había hecho aquel día en Betel y las palabras que había pronunciado ante el rey.

12Cuando terminaron su relato, el padre les preguntó: «¿Por qué camino se ha ido?». Sus hijos le mostraron el camino por el que se había ido el hombre de Dios venido de Judá.

13Y ordenó a sus hijos: «Aparejadme el asno». Aparejaron el asno y se montó en él.

14Fue en pos del hombre de Dios y lo encontró sentado bajo el terebinto. «¿Eres tú el hombre de Dios que ha venido de Judá?», le preguntó. Él respondió: «Yo soy».

15El anciano profeta le dijo: «Ven conmigo a casa y toma algo de comer».

16El hombre de Dios respondió: «No puedo volver contigo ni entrar en tu casa. No puedo comer pan ni beber agua en este lugar,

17porque he recibido orden, por la palabra de Dios: “No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que viniste”».

18Pero el anciano profeta le dijo: «También yo soy profeta como tú y un ángel me ha hablado por orden del Señor diciendo: “Hazle volver contigo a tu casa y que coma pan y beba agua”», mas le estaba mintiendo.

19Lo hizo volver y comió pan y bebió agua en su casa.

20Estando ellos sentados a la mesa, llegó la palabra de Dios al profeta que lo había hecho volver.

21Gritó este al hombre de Dios venido de Judá: «Así dice el Señor: has desobedecido la voz del Señor y no guardaste la orden que el Señor tu Dios te había dado,

22sino que has vuelto y has comido pan y bebido agua en el lugar del que dijo: “No comerás pan y no beberás agua”. Por ello, tu cadáver no acabará en la tumba de tus padres».

23Después que hubo comido y bebido, le aparejó su asno (al profeta al que había hecho volver).

24Este partió y de camino un león le salió al encuentro y lo mató. Su cadáver yacía en el camino; el asno se mantenía junto a él de pie y el león erguido también.

25Algunos hombres que pasaban vieron el cadáver tirado en el camino y al león de pie junto al cadáver; fueron y lo contaron en la ciudad en la que vivía el anciano profeta.

26Lo oyó el profeta que le había hecho volver del camino y dijo: «Es el hombre de Dios que desobedeció la orden del Señor y el Señor lo ha entregado al león que lo ha destrozado y matado, según la palabra que el Señor le dijo».

27Y ordenó a sus hijos: «Aparejadme el asno». Se lo aparejaron.

28Marchó hasta encontrar el cadáver tendido en el camino, y al asno y al león de pie junto al cadáver. El león no había devorado el cadáver ni había descuartizado el asno.

29El profeta recogió entonces el cadáver del hombre de Dios, lo acomodó sobre el asno y regresó a la ciudad del anciano profeta para enterrarlo.

30Depositó el cadáver en su propio sepulcro y entonaron lamentaciones por él: «¡Ay, hermano mío!».

31Tras enterrarlo, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, enterradme en el sepulcro en el que está el hombre de Dios. Donde están sus huesos poned los míos,

32porque se ha de cumplir la palabra que, por orden del Señor, gritó contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los lugares altos que hay en las ciudades de Samaría».

33Después de esto, Jeroboán no se convirtió de su mal camino y siguió consagrando para los lugares de culto sacerdotes tomados de entre el pueblo común; a todo el que deseaba, lo consagraba sacerdote de los lugares de culto.

34Este proceder condujo a la casa de Jeroboán al pecado y a su perdición y exterminio de la superficie de la tierra.

1 Reyes 14

1Por aquel tiempo cayó enfermo Abías, hijo de Jeroboán,

2y dijo Jeroboán a su mujer: «Anda, disfrázate para que nadie sepa que eres la mujer de Jeroboán; ve a Siló, pues allí se encuentra el profeta Ajías, el que me predijo que yo sería rey de este pueblo.

3Toma en tus manos diez panes, tortas y un tarro de miel, y preséntate ante él; te dará a conocer qué será del niño».

4Hizo así la mujer de Jeroboán: se levantó, fue a Siló y entró en casa de Ajías. Ajías no podía ver porque sus ojos estaban rígidos por la ancianidad,

5pero el Señor le había dicho: «Ahí tienes a la mujer de Jeroboán, viene a pedirte un oráculo sobre su hijo enfermo. Le hablarás así y así. Se hará pasar por otra cuando entre».

6En cuanto Ajías oyó el ruido de sus pasos al entrar por la puerta, dijo: «Entra, mujer de Jeroboán. ¿Por qué pretendes pasar por otra? Tengo un duro mensaje para ti.

7Ve y dile a Jeroboán: “Así dice el Señor, Dios de Israel: yo te exalté de entre el pueblo y te constituí príncipe designado de mi pueblo Israel;

8arranqué el reino de la casa de David y te lo di a ti, pero tú no has sido como mi siervo David, que guardó mis mandatos y me siguió con todo su corazón haciendo solo lo que es recto a mis ojos;

9tú has actuado peor que todos los que te han precedido, porque has ido a hacerte otros dioses —imágenes fundidas—, para irritarme y me has vuelto la espalda echándome detrás.

10Por ello, traeré el mal a la casa de Jeroboán y exterminaré a todo varón de Jeroboán, siervo o libre en Israel, barriendo a fondo la casa de Jeroboán como se barre del todo la basura.

11A los de Jeroboán que mueran en la ciudad los devorarán los perros y a los que mueran en el campo los devorarán las aves del cielo, porque ha hablado el Señor”.

12Tú, pues, levántate y vuelve a tu casa; en cuanto tus pies pisen la ciudad, morirá el niño.

13Todo Israel llorará por él y le dará sepultura, pues es este el único de los de Jeroboán que accederá a un sepulcro, porque de la casa de Jeroboán solo en él se encuentra algo agradable al Señor, Dios de Israel.

14Suscitará el Señor para sí un rey en Israel que exterminará la casa de Jeroboán.

15Golpeará el Señor a Israel como se agita una caña en las aguas; lo arrojará de esta tierra fecunda que ofreció a sus padres y los dispersará al otro lado del Río. Porque se hicieron sus estelas, irritando al Señor,

16entregará a Israel por los pecados que Jeroboán cometió y que este le hizo cometer».

17La mujer de Jeroboán se levantó, se fue y llegó a Tirsá. El niño murió cuando entraba por el umbral de la casa.

18Lo enterraron y todo Israel hizo duelo, conforme a la palabra que el Señor había dicho por boca de su siervo, el profeta Ajías.

19El resto de los hechos de Jeroboán, cuanto guerreó y gobernó, está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel.

20El tiempo de su reinado fue de veintidós años. Se durmió con sus padres y le sucedió en el trono su hijo Nadab.

21Roboán, hijo de Salomón, reinó en Judá; tenía cuarenta y un años cuando inició su reinado y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que había elegido el Señor entre todas las tribus de Israel para poner allí su Nombre. Su madre se llamaba Naamá y era amonita.

22Pero Judá hizo el mal a los ojos del Señor, provocando su celo más de lo que lo hicieron sus padres con sus pecados,

23pues también ellos construyeron santuarios, cipos y estelas en toda colina elevada, bajo todo árbol frondoso.

24En el país hubo incluso consagrados a la prostitución que cometieron los mismos actos abominables de los pueblos que el Señor había expulsado delante de los hijos de Israel.

25El año quinto del rey Roboán, Sosac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén,

26apoderándose de los tesoros del templo del Señor y del palacio real. Se hizo con todo, incluso con los escudos de oro que había fundido Salomón.

27En su lugar hizo escudos de bronce, que confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada del palacio real.

28Cuando entraba el rey en el templo del Señor, los guardianes los portaban y los devolvían después a la sala de guardia.

29El resto de los hechos de Roboán, cuanto hizo, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá?

30Se sucedieron las guerras entre Roboán y Jeroboán.

31Roboán se durmió con sus padres y lo enterraron en la ciudad de David. Le sucedió en el trono su hijo Abías.

1 Reyes 15

1El año dieciocho del rey Jeroboán, hijo de Nebat, comenzó a reinar Abías en Judá.

2Reinó en Jerusalén tres años; su madre se llamaba Maacá, hija de Absalón.

3Prosiguió la serie de pecados que su padre había cometido antes de él, pues su corazón no estaba por entero de parte del Señor, su Dios, como el corazón de David, su padre.

4Mas en atención a David, el Señor, su Dios, le concedió una lámpara en Jerusalén, dándole un descendiente y conservando Jerusalén,

5pues David había hecho lo recto a los ojos del Señor, sin apartarse durante toda su vida de lo que le prescribió (salvo en el caso de Urías el hitita).

6[Abías y Jeroboán estuvieron siempre en guerra]

7El resto de los hechos de Abías, cuanto hizo, ¿no está acaso ya escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá? Hubo guerras incesantes entre Abías y Jeroboán.

8Abías se durmió con sus padres y lo enterraron en la ciudad de David y le sucedió en el trono su hijo Asá.

9El año veinte de Jeroboán, rey de Israel, comenzó a reinar Asá en Judá.

10Reinó cuarenta y un años en Jerusalén; su madre se llamaba Maacá, hija de Absalón.

11Hizo Asá lo recto a los ojos del Señor, como David su padre,

12expulsando del país a los consagrados a la prostitución y retirando todos los ídolos fabricados por sus padres.

13Llegó incluso a retirar a su madre la función de Gran Dama por haber hecho un objeto abominable para Aserá. Abatió Asá este objeto abominable y lo quemó en el torrente Cedrón.

14Pero no abolieron los santuarios, aunque el corazón de Asá fue por completo del Señor toda su vida.

15Introdujo en el templo del Señor las ofrendas consagradas por su padre y las suyas propias, las de plata y oro y demás utensilios.

16Ocurrieron guerras incesantes entre Asá y Baasá, rey de Israel,

17pues Baasá, rey de Israel, subió contra Judá y fortificó Ramá para impedir las idas y venidas de Asá, rey de Judá.

18Entonces Asá tomó toda la plata y el oro que quedaban en los tesoros del templo del Señor y del palacio real, lo confió a sus servidores y lo envió a Ben Hadad, hijo de Tabrimón, hijo de Jezyón, rey de Siria, que habitaba en Damasco, con el mensaje:

19«Existe una alianza entre tú y yo, entre mi padre y tu padre. Te envío un presente de plata y oro. Ve, rompe tu alianza con Baasá, rey de Israel, para que se aleje de mí».

20Ben Hadad hubo de atender la petición del rey Asá enviando a los jefes de su ejército contra las ciudades de Israel, atacando a Iyón, Dan y Abel Bet Maacá, todo el Quinerot más toda la tierra de Neftalí.

21Cuando Baasá se enteró, suspendió las obras de Ramá permaneciendo en Tirsá.

22Luego convocó Asá a todo Judá sin excepción. Se llevaron la piedra y la madera con las que Baasá fortificaba Ramá y con ellas el rey Asá fortificó Gabá de Benjamín y Mispá.

23El resto de los hechos de Asá, todos sus éxitos militares y cuanto hizo, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Judá? En su ancianidad enfermó de los pies.

24Asá se durmió con sus padres y lo enterraron junto a sus padres en la ciudad de David, su padre. Le sucedió en el trono su hijo Josafat.

25Nadab, hijo de Jeroboán, comenzó a reinar en Israel el año segundo de Asá, rey de Judá, y lo hizo durante dos años.

26Hizo el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de su padre y los pecados que este hizo cometer a Israel.

27Conspiró contra él Baasá, hijo de Ajías, de la casa de Isacar: lo mató en Guibbetón de los filisteos, cuando Nadab y todo Israel lo asediaban.

28Baasá ordenó su asesinato el año tercero de Asá, rey de Judá, y le sucedió en el trono.

29Una vez rey, mató a toda la casa de Jeroboán, no dejando con vida a ninguno. Así, exterminó a los de Jeroboán conforme a la palabra que el Señor había dicho por boca de su siervo el profeta Ajías de Siló,

30por los pecados que Jeroboán cometió e hizo cometer a Israel, por provocar la irritación del Señor, Dios de Israel.

31El resto de los hechos de Nadab y todo cuanto hizo, ¿no está ya escrito en el libro de los Anales de los Reyes de Israel?

32Asá y Baasá, rey de Israel, estuvieron siempre en guerra.

33El año tercero de Asá, rey de Judá, comenzó a reinar Baasá, hijo de Ajías, sobre todo Israel en Tirsá y reinó durante veinticuatro años.

34También hizo el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de Jeroboán y los pecados que este hizo cometer a Israel.

1 Corintios 14

1Esforzaos por conseguir el amor y anhelad también los dones espirituales, y, sobre todo, el don de profecía.

2Pues el que habla en lenguas, no habla para hombres, sino para Dios, pues nadie lo entiende, ya que él habla en espíritu cosas misteriosas.

3Por su parte, el que profetiza habla para hombres, edificando, exhortando, consolando.

4El que habla en lenguas, se edifica a sí mismo, mas el que profetiza edifica a la Iglesia.

5Mi deseo es que todos vosotros habléis en lenguas, pero más todavía que profeticéis. Es mayor el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete y contribuya así a la edificación de la comunidad.

6Pues bien, hermanos: si yo llegara a vosotros hablando en lenguas, ¿de qué os serviría, si no os hablase con revelación, o bien con ciencia o con profecía o enseñanza?

7Lo mismo ocurre con los instrumentos musicales inanimados, como por ejemplo una flauta o una cítara: si no emiten sonidos que puedan distinguirse unos de otros, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara?

8Y si una trompeta emitiera un sonido indefinido, ¿quién se prepararía para la batalla?

9Lo mismo vosotros, si no emitís con vuestra lengua palabras con sentido, ¿cómo se sabrá lo que habláis? Es como si hablarais al aire.

10Es cierto que las clases de lenguas que hay en el mundo son muchísimas y no hay nadie que no tenga su propia lengua;

11por ello, si yo desconozco el valor del sonido, seré un extraño para quien me habla y el que me habla será un extraño para mí.

12Lo mismo vosotros: ya que anheláis tanto los dones espirituales, procurad sobresalir para la edificación de la comunidad.

13Por ello, el que hable en lenguas, que pida en la oración poder interpretar.

14Pues si yo oro en lenguas, ora mi espíritu, mientras que mi mente se queda sin fruto.

15¿Entonces qué? Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con la mente.

16De otro modo, si bendices con el espíritu, ¿cómo va a decir «Amén» a tu acción de gracias el que asiste como simple oyente, si no entiende lo que estás diciendo?

17Porque es verdad que tú das gracias de forma adecuada, pero el otro no se edifica.

18Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos vosotros;

19pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con sentido para instruir a los demás, que diez mil palabras en lenguas.

20Hermanos, no seáis niños en vuestros pensamientos, antes bien, comportaos como niños en lo que toca a la maldad, pero en lo que toca a los pensamientos, sed adultos.

21En la ley está escrito que por medio de gente que habla lenguas extranjeras y por medio de labios de extraños hablaré a este pueblo; pero ni aun así me escucharán, dice el Señor.

22Así pues, las lenguas son un signo no para los creyentes sino para los no creyentes, mientras que la profecía es un signo no para los no creyentes, sino para los creyentes.

23Por tanto, si se reúne toda la comunidad en el mismo lugar y todos hablan en lenguas, y entran en ella personas no iniciadas o no creyentes, ¿no dirán que estáis locos?

24En cambio, si todos profetizan y entra una persona no creyente o no iniciada, esta es convencida por todos, examinada por todos,

25quedando al descubierto lo que hay oculto en su corazón; y así, postrada rostro en tierra, adorará a Dios, proclamando que «Dios está verdaderamente entre vosotros».

26Entonces, ¿qué, hermanos? Cuando os reunís, uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza, otro tiene una revelación, otro tiene don de lenguas, otro tiene una interpretación: hágase todo para edificación.

27Si alguien habla en lenguas, que lo hagan dos o a lo sumo tres, y además por turno; y que uno interprete.

28Pero en caso de que no hubiere intérprete, que calle en la asamblea y hable para sí y para Dios.

29Por lo que toca a los profetas, que hablen dos o tres y que los otros disciernan.

30Y si a algún otro de los que están sentados se le revela algo, que calle el primero.

31Pues podéis profetizar todos uno a uno, para que todos aprendan y todos se sientan animados.

32Y los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas.

33Que Dios no es Dios de confusión sino de paz.

34Como en todas las iglesias de los santos, que las mujeres callen en las asambleas, pues no les está permitido hablar; más bien, que se sometan, como dice incluso la ley.

35Pero si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues es indecoroso que las mujeres hablen en la asamblea.

36¿O es que ha salido la palabra de Dios de entre vosotros o ha llegado solo a vosotros?

37Si alguien cree ser profeta o espiritual, reconozca que esto que os escribo es precepto del Señor.

38Pero si alguien lo ignora, él será ignorado.

39De modo que, hermanos míos, anhelad profetizar y no impidáis hablar en lenguas.

40Pero hágase todo decorosamente y con orden.