Lectura 40 de 150
Salmos 40
Salmo 40
1Al Director. Salmo de David.
2Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito:
3me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos;
4me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor.
5Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los idólatras, que se extravían con engaños.
6Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número.
7Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
8entonces yo digo: «Aquí estoy —como está escrito en mi libro—
9para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas».
10He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.
11No me he guardado en el pecho tu justicia, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea.
12Tú, Señor, no me cierres tus entrañas; que tu misericordia y tu lealtad me guarden siempre,
13porque me cercan desgracias sin cuento. Se me echan encima mis culpas, y no puedo ver; son más que los pelos de mi cabeza, y me falta el valor.
14Señor, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme.
15Queden confundidos y avergonzados los que intentan quitarme la vida; retrocedan y queden aturdidos los que desean mi daño.
16Vuelvan atrás avergonzados los que se burlan de mí.
17Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor», los que desean tu salvación.
18Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes.