Lectura 12 de 90
Marcos 6-8
Marcos 6
1Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
2Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?
3¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
4Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
5No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos.
6Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
7Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.
8Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja;
9que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
10Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
11Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
12Ellos salieron a predicar la conversión,
13echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
14Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
15Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos».
16Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
17Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo,
18y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
19Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía,
20porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
21La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
22La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
23Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
24Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».
25Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
26El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla.
27Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel,
28trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
29Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
30Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
31Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
32Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
33Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.
34Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
35Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde.
36Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
37Él les replicó: «Dadles vosotros de comer». Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
38Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver». Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces».
39Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos.
40Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
41Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
42Comieron todos y se saciaron,
43y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
44Los que comieron eran cinco mil hombres.
45Enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente.
46Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
47Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
48Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
49Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito,
50porque todos lo vieron y se asustaron. Pero él habló enseguida con ellos y les dijo: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
51Entró en la barca con ellos y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor,
52pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.
53Terminada la travesía, llegaron a Genesaret y atracaron.
54Apenas desembarcados, lo reconocieron
55y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
56En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban.
Marcos 7
1Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén;
2y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.
3(Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores,
4y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
5Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
6Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
7El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.
8Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
9Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.
10Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”.
11Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada”,
12ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre;
13invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes».
14Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos:
15nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
16[«El que tenga oídos para oír que oiga»]
17Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.
18Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre,
19porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos).
20Y siguió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre.
21Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios,
22adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.
23Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
24Desde allí fue a la región de Tiro. Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse.
25Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies.
26La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.
27Él le dijo: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
28Pero ella replicó: «Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».
29Él le contestó: «Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».
30Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
31Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis.
32Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.
33Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
34Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»).
35Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
36Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
37Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Marcos 8
1Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
2«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer,
3y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos».
4Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?».
5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete».
6Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.
7Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también.
8La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas;
9eran unos cuatro mil y los despidió;
10y enseguida montó en la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.
11Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.
12Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación».
13Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.
14A los discípulos se les olvidó tomar pan y no tenían más que un pan en la barca.
15Y él les ordenaba diciendo: «Estad atentos, evitad la levadura de los fariseos y de Herodes».
16Y discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.
17Dándose cuenta, les dijo Jesús: «¿Por qué andáis discutiendo que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado?
18¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís? ¿No recordáis
19cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil?». Ellos contestaron: «Doce».
20«¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?». Le respondieron: «Siete».
21Él les dijo: «¿Y no acabáis de comprender?».
22Llegaron a Betsaida. Y le trajeron a un ciego pidiéndole que lo tocase.
23Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?».
24Levantando los ojos dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan».
25Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.
26Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea.
27Después Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».
29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías».
30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto.
31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».
32Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.
33Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
34Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
35Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
36Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?
37¿O qué podrá dar uno para recobrarla?
38Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles».