Lectura 10 de 90
Mateo 28 · Marcos 1-2
Mateo 28
1Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.
2Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima.
3Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve;
4los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos.
5El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado.
6No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía
7e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».
8Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
10Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
11Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.
12Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma,
13encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais.
14Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
15Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.
16Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
17Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;
20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Marcos 1
1Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
2Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino;
3voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos”»;
4se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
5Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados.
6Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
7Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias.
8Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
9Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
10Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma.
11Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».
12A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto.
13Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.
14Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios;
15decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
16Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
17Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
18Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
19Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes.
20A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
21Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar;
22estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
23Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
24«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
25Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».
26El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él.
27Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
28Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
29Y enseguida, al salir ellos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.
30La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella.
31Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
32Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.
33La población entera se agolpaba a la puerta.
34Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
35Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar.
36Simón y sus compañeros fueron en su busca y,
37al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».
38Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
39Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
40Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
41Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio».
42La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
43Él lo despidió, encargándole severamente:
44«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
45Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
Marcos 2
1Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
2Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
3Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro
4y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico.
5Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
6Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
7«¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».
8Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso?
9¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
10Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—:
11“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
12Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».
13Salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
14Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió.
15Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían.
16Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
17Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
18Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
19Jesús les contesta: «¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
20Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
21Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
22Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
23Sucedió que un sábado atravesaba él un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
24Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
25Él les responde: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre,
26cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
27Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado;
28así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».