Lectura 8 de 40
Mateo 19-20
Mateo 19
1Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
2Lo seguía una gran multitud y él los curaba allí.
3Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
4Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer,
5y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”?
6De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
7Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
8Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así.
9Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».
10Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
11Pero él les dijo: «No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don.
12Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».
13Entonces le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban.
14Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos».
15Les impuso las manos y se marchó de allí.
16Se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
17Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
18Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio,
19honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
20El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
21Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
22Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.
23Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.
24Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
25Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?».
26Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
27Entonces dijo Pedro a Jesús: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
28Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
29Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
30Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros.
Mateo 20
1Pues el reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña.
2Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
3Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo
4y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”.
5Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
6Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
7Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”.
8Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
9Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
10Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno.
11Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
12“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
13Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?
14Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti.
15¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
16Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
17Mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
18«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte
19y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
20Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
21Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
22Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos».
23Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
24Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos.
25Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.
26No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor,
27y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
28Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
29Y al salir de Jericó le siguió una gran muchedumbre.
30Dos ciegos que estaban sentados al borde del camino oyeron que Jesús pasaba y se pusieron a gritar: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».
31La muchedumbre los increpó para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».
32Entonces Jesús se detuvo, los llamó y les dijo: «¿Qué queréis que os haga?».
33Le respondieron: «Señor, que se abran nuestros ojos».
34Compadecido, Jesús les tocó los ojos, y al punto recobraron la vista y lo siguieron.