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Lectura 35 de 40

Juan 10-11

Letra: Normal

Juan 10

1En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido;

2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.

3A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera.

4Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz:

5a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

6Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.

7Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.

8Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

9Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

10El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

11Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas;

12el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa;

13y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

14Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen,

15igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

16Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

17Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla.

18Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

19De nuevo se produjo una escisión entre los judíos por causa de estas palabras.

20Muchos de ellos decían: «Tiene un demonio y está loco, ¿por qué lo escucháis?».

21Otros decían: «Estas no son palabras de un endemoniado; ¿cómo puede un demonio abrir los ojos a los ciegos?».

22Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno,

23y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

24Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

25Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí.

26Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas.

27Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen,

28y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.

29Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre.

30Yo y el Padre somos uno».

31Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo.

32Jesús les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».

33Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».

34Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”?

35Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura,

36a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”?

37Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis,

38pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».

39Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos.

40Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

41Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».

42Y muchos creyeron en él allí.

Juan 11

1Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.

2María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.

3Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo».

4Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

5Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

6Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

7Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».

8Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».

9Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;

10pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».

11Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo».

12Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará».

13Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

14Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto,

15y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».

16Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

17Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.

18Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios;

19y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.

20Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.

21Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.

22Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

23Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».

24Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

25Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá;

26y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

27Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

28Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama».

29Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él:

30porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado.

31Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.

32Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

33Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció

34y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».

35Jesús se echó a llorar.

36Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!».

37Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

38Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa.

39Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

40Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».

41Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado;

42yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

43Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera».

44El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».

45Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

46Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

47Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos.

48Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».

49Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra;

50no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».

51Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación;

52y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

53Y aquel día decidieron darle muerte.

54Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

55Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse.

56Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?».

57Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.