Lectura 14 de 40
Marcos 4-6
Marcos 4
1Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
2Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos:
3«Escuchad: salió el sembrador a sembrar;
4al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron.
5Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida;
6pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó.
7Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano.
8El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
9Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
10Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
11Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas,
12para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
13Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?
14El sembrador siembra la palabra.
15Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.
16Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría,
17pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben.
18Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra,
19pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril.
20Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
21Les decía: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
22No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz.
23El que tenga oídos para oír, que oiga».
24Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.
25Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
26Y decía: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra.
27Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
28La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.
29Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
30Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?
31Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña,
32pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
33Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.
34Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
35Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla».
36Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.
37Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
38Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
39Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma.
40Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
41Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
Marcos 5
1Y llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
2Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo.
3Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo;
4muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo.
5Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.
6Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él
7y gritó con voz potente: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes».
8Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre».
9Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos».
10Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
11Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte.
12Los espíritus le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
13Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.
14Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
15Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.
16Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos.
17Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
18Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él.
19Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
20El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
21Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
22Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies,
23rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
24Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
25Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años.
26Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor.
27Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto,
28pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».
29Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
30Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?».
31Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
32Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto.
33La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
34Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
35Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
36Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe».
37No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos
39y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
40Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña,
41la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
42La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
43Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Marcos 6
1Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
2Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?
3¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
4Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
5No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos.
6Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
7Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.
8Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja;
9que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
10Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
11Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
12Ellos salieron a predicar la conversión,
13echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
14Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
15Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos».
16Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
17Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo,
18y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
19Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía,
20porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
21La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
22La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
23Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
24Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».
25Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
26El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla.
27Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel,
28trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
29Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
30Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
31Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
32Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
33Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.
34Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
35Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde.
36Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
37Él les replicó: «Dadles vosotros de comer». Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
38Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver». Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces».
39Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos.
40Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
41Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
42Comieron todos y se saciaron,
43y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
44Los que comieron eran cinco mil hombres.
45Enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente.
46Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
47Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
48Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
49Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito,
50porque todos lo vieron y se asustaron. Pero él habló enseguida con ellos y les dijo: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
51Entró en la barca con ellos y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor,
52pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.
53Terminada la travesía, llegaron a Genesaret y atracaron.
54Apenas desembarcados, lo reconocieron
55y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
56En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban.