Lectura 271 de 365
Jeremías 3-4 · Salmos 56
Jeremías 3
1Si un hombre repudia a su mujer, y ella se va de su lado y luego se casa con otro, ¿podrá volver al primero? ¿No ha quedado profanada esa mujer? Y tú, que has andado fornicando con todos los amantes que has querido, ¿podrás volver a mí? —oráculo del Señor—.
2Fíjate bien en las colinas: ¿Dónde no te mostrabas disponible? Salías a los caminos a ofrecerte, lo mismo que un nómada en el desierto. Y así profanaste la tierra con tantas fornicaciones y delitos.
3Las lluvias tempranas fallaron, tampoco llegaron las tardías. Mostrabas aires de ramera, eras incapaz de avergonzarte.
4Y ahora me gritas: «Padre mío, tú eres el amor de mi juventud».
5Pensabas: «¿Seguirá irritado? ¿Me guardará rencor para siempre?». Así hablabas mientras hacías todas las maldades que podías.
6En tiempos del rey Josías me dijo el Señor: —¿Has visto lo que ha hecho Israel, la apóstata? Ha ido por todos los altozanos y se ha prostituido bajo cualquier árbol frondoso.
7Y pensé: «Después de todo lo que ha hecho, volverá a mí». Pero no volvió.
8Judá, su hermana infiel, vio que yo había despedido a Israel, la apóstata, y le había dado el acta de divorcio por los adulterios que había cometido. Pero la infiel Judá no hizo caso. Al contrario, también ella se prostituyó sin ningún miedo,
9tanto que su liviandad contaminó el país, al cometer adulterio con la piedra y con el leño.
10A pesar de todo, su hermana Judá, la infiel, no volvió a mí de corazón, sino fingidamente —oráculo del Señor—.
11El Señor me dijo: La apóstata Israel hasta parece inocente comparada con la infiel Judá.
12Ve y pregona estas palabras en dirección norte: Vuelve, apóstata Israel —oráculo del Señor—, que no os pondré mala cara, porque yo soy compasivo —oráculo del Señor—; no guardo rencor por siempre.
13Reconoce empero tu culpa, puesto que te has rebelado contra el Señor, tu Dios. Prodigaste tus amores a extranjeros debajo de cualquier árbol frondoso, sin prestar oído a mis palabras —oráculo del Señor—.
14Volved, hijos apóstatas —oráculo del Señor—, que yo soy vuestro dueño. Os iré reuniendo a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y os traeré a Sión.
15Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia.
16Os multiplicaréis y creceréis en el país. Y en aquellos días —oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir otra.
17En aquel tiempo llamarán a Jerusalén «Trono del Señor». Todas las naciones se incorporarán a ella en el nombre de «El Señor que está en Jerusalén», y ya no se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado.
18En aquellos días Judá e Israel se juntarán y volverán del país del norte a la tierra que di en herencia a sus antepasados.
19Yo me había dicho: —Quisiera contarte entre mis hijos y darte una tierra envidiable en heredad: la perla de las naciones. Esperaba que me llamaras «padre mío», que nunca te apartaras de mí.
20Pero lo mismo que engaña una mujer a su marido, así me engañó Israel —oráculo del Señor—.
21Se escucha un clamor por las colinas: el llanto afligido de los hijos de Israel por haber extraviado el camino, olvidados del Señor su Dios.
22Volved, hijos apóstatas, yo curaré vuestra apostasía. —Aquí estamos, volvemos a ti, Señor, tú eres nuestro Dios.
23¡Qué mentira eran los collados, todo el estrépito de los montes! Solo en el Señor, nuestro Dios, está la salvación de Israel.
24La ignominia acabó devorando todo el trabajo de nuestros padres ya desde que éramos jóvenes: sus rebaños de ovejas y vacas, lo mismo sus hijos que sus hijas.
25Tendremos por lecho nuestra vergüenza, nos taparemos con nuestra humillación, pues pecamos contra el Señor, nuestro Dios, nosotros igual que nuestros padres, desde la juventud hasta el día de hoy, y fuimos incapaces de oír la voz del Señor, nuestro Dios.
Jeremías 4
1—Si quieres volver, Israel, vuelve a mí —oráculo del Señor—. Si apartaras de mí tus abominaciones, no tendrías que andar extraviada;
2si jurases «¡Por vida del Señor¡» con verdad, justicia y derecho, todas las naciones se bendecirían, se darían parabienes entre sí utilizando el nombre del Señor.
3Esto dice el Señor a los habitantes de Judá y Jerusalén: —Roturad bien los campos, no sembréis entre cardos.
4Circuncidaos en el nombre del Señor, quitad el prepucio de vuestros corazones, habitantes de Judá y Jerusalén, no sea que estalle mi cólera como fuego; arda y no haya quien la extinga a causa de vuestras malas acciones.
5Esto dice el Señor: —Anunciadlo en Judá, pregonadlo en Jerusalén, tocad la trompeta en el país, gritad a pleno pulmón: «Congregaos para marchar a las ciudades fortificadas;
6izad la bandera: ¡a Sión!; aprisa, no os detengáis», pues traigo del norte la desgracia, una espantosa calamidad:
7sube el león de la maleza, avanza un asesino de pueblos; ya está saliendo de sus dominios dispuesto a arrasar tu país; tus ciudades serán incendiadas, todas quedarán deshabitadas.
8Por eso, vestíos de sayal, en actitud de duelo, y gemid: «¡Ay, no se aparta de nosotros la cólera ardiente del Señor!».
9Aquel día —oráculo del Señor— se acobardarán el rey y los nobles, los sacerdotes quedarán aterrados, los profetas andarán espantados.
10Dije entonces: «¡Ay, Señor, cómo engañaste a este pueblo prometiendo paz a Jerusalén cuando tienen la espada en el cuello!».
11En aquel tiempo se dirá a este pueblo y a Jerusalén: «Un viento ardiente sopla por todas las dunas del desierto, camino de la capital de mi pueblo: no un viento de aventar o de cribar,
12sino viento huracanado a mis órdenes. Ahora me toca juzgarlos.
13Miradlos avanzar como nube, sus carrozas igual que un huracán, sus caballos más rápidos que águilas». ¡Ay de nosotros! Estamos perdidos.
14«Lava la malicia de tu corazón, Jerusalén, si quieres salvarte; ¿hasta cuándo anidarán en tu pecho tantos planes desatinados?
15De Dan llega la voz de un mensajero, malas noticias de la sierra de Efraín.
16Advertid a los gentiles, anunciadlo en Jerusalén: de tierra lejana llega el enemigo, lanzando gritos contra los pueblos de Judá;
17como guardas de campo la cercan, por haberse rebelado contra mí —oráculo del Señor—.
18Han sido tu conducta y tus acciones la causa de este amargo castigo, cuya herida te llega al corazón».
19¡Ay mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las paredes del corazón, me palpita con fuerza, no puedo callar. Escucho el toque de trompeta, oigo el alarido de guerra,
20se anuncia derrota tras derrota: ¡el país ha quedado devastado! En un instante, las tiendas destrozadas; en un momento, los pabellones arrasados.
21¿Hasta cuándo veré las enseñas y escucharé la trompeta a rebato?
22Mi pueblo es insensato, no me reconoce; son hijos necios que no recapacitan: diestros para el mal, ignorantes para el bien.
23Miro a la tierra: caos informe; miro al cielo: ni rastro de luz;
24miro a los montes: tiemblan; miro a las colinas: se estremecen;
25miro: no había ni un hombre, las aves del cielo volaron;
26miro: el vergel es un páramo, los poblados están arrasados: ¡por el incendio de la ira del Señor!
27Esto dice el Señor: —El país quedará desolado, pero no acabaré con él.
28Por eso, la tierra se enlutará, el cielo arriba se ennegrecerá; lo dije y no me arrepiento, lo pensé y no me vuelvo atrás.
29Al grito de jinetes y arqueros huye la gente de la ciudad: se meten por los bosques, trepan por las peñas. Los poblados quedan abandonados, sin nadie que los habite.
30Y tú, ¿qué harás devastada? Por mucho que te vistas de grana, que te adornes con joyas de oro y pongas sombra en tus ojos, en vano te vas a embellecer: tus amantes te han rechazado, ya solo buscan tu muerte.
31Oigo quejidos de parturienta, gritos como de primeriza: la voz de Sión, la capital, que gime abriendo las manos: «¡Pobre de mí, desfallezco entregada a merced de asesinos!».
Salmo 56
1Al Director. Según «La paloma de los dioses lejanos». Epigrama de David. Cuando los filisteos lo tenían preso en Gat.
2Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día;
3todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa, oh Altísimo.
4En el día terrible, yo confío en ti.
5En Dios, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo: ¿qué podrá hacerme un mortal?
6Todos los días discuten y planean pensando solo en mi daño;
7buscan un sitio para espiarme, acechan mis pasos y atentan contra mi vida.
8Líbrame de su maldad; en tu ira, somete a los pueblos, oh Dios.
9Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío, mis fatigas en tu libro.
10Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco, y así sabré que eres mi Dios.
11En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo,
12en Dios confío y no temo; ¿qué podrá hacerme un hombre?
13Te debo, Dios mío, los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias;
14porque libraste mi alma de la muerte, mis pies de la caída; para que camine en presencia de Dios a la luz de la vida.