Lectura 256 de 365
Isaías 39-40 · Salmos 41
Isaías 39
1En aquel tiempo, Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, enterado de que Ezequías había estado enfermo y se había restablecido, le envió cartas y un presente.
2Ezequías se alegró mucho por ello y mostró a los mensajeros la cámara del tesoro, con la plata y el oro, las especias y el aceite finísimo, así como el arsenal y cuanto había en los tesoros; nada quedó en su palacio ni en todos sus dominios que Ezequías no les mostrase.
3El profeta Isaías se presentó de inmediato al rey Ezequías para preguntarle: «¿Qué te han dicho estos hombres y de dónde han venido?». Respondió Ezequías: «Vinieron de un país lejano, de Babilonia».
4Volvió a preguntar: «¿Qué han visto en tu palacio?». Respondió Ezequías: «Han visto todo cuanto hay en mi palacio; no quedó nada en los tesoros por enseñarles».
5Entonces dijo Isaías a Ezequías: «Escucha la palabra del Señor del universo: “
6Llegará el tiempo en que se llevarán a Babilonia cuanto hay en tu palacio y cuanto atesoraron tus antepasados hasta el día de hoy. No quedará nada —dice el Señor—.
7Algunos de los hijos salidos de ti, que tú engendraste, serán deportados para convertirlos en eunucos en el palacio del rey de Babilonia”».
8Ezequías respondió a Isaías: «Está bien la palabra del Señor que me anuncias». Pues pensaba: «Al menos habrá paz y tranquilidad mientras yo viva».
Isaías 40
1«Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—;
2hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados».
3Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios;
4que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale.
5Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos —ha hablado la boca del Señor—».
6Dice una voz: «Grita». Respondo: «¿Qué debo gritar?». «Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre:
7se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; sí, la hierba es el pueblo;
8se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».
9Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios.
10Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede.
11Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían».
12¿Quién ha medido el mar con el cuenco de sus manos y mensurado a palmos el cielo, o con una medida el polvo de la tierra? ¿Quién ha pesado en la báscula los montes y en la balanza las colinas?
13¿Quién ha medido el espíritu del Señor? ¿Qué consejero lo ha instruido?
14¿Con quién se aconsejó para comprender, para que lo instruyera en el camino del derecho, le enseñara el saber y le diera a conocer la prudencia?
15Mirad, las naciones son gotas en un cubo; pesan lo que el polvo en la balanza. Mirad, las islas pesan lo que un grano.
16El Líbano no basta para leña, ni sus fieras para el holocausto.
17Las naciones son como nada en su presencia. Ante él son valoradas como nada y confusión.
18¿Con quién podréis comparar a Dios y qué imagen pondréis en su lugar?
19¿Un ídolo? Un artesano lo funde, el orfebre lo recubre de oro y un platero le suelda cadenas de plata.
20Alguno escoge una madera fina que no se desgaste, se busca un hábil artesano para hacerse una imagen resistente.
21¿No lo sabéis? ¿No lo habéis oído? ¿No os lo anunciaron desde el principio? ¿No habéis percibido quién fundó la tierra?
22Es él, que tiene su trono sobre el círculo de la tierra, cuyos habitantes son como saltamontes. Es él, que extiende el cielo como un toldo, como tienda habitable lo despliega.
23Es él, que reduce a nada a los que mandan, y declara inhábiles a los jueces del país.
24Apenas plantados, apenas sembrados, apenas arraigan sus brotes en tierra, sopla sobre ellos y se agostan, el vendaval se los lleva como paja.
25«¿Con quién podréis compararme, quién es semejante a mí?», dice el Santo.
26Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿quién creó todo esto? Es él, que despliega su ejército al completo y a cada uno convoca por su nombre. Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza, ninguno falta a su llamada.
27¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: «Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos»?
28¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.
29Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto.
30Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan;
31pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan.
Salmo 41
1Al Director. Salmo de David.
2Dichoso el que cuida del pobre; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.
3El Señor lo guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos.
4El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad.
5Yo dije: «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti».
6Mis enemigos me desean lo peor: «A ver si se muere, y se acaba su apellido».
7El que viene a verme habla con fingimiento, disimula su mala intención, y, cuando sale afuera, la dice.
8Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros:
9«Padece un mal sin remedio, se acostó para no levantarse».
10Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme.
11Pero tú, Señor, apiádate de mí; haz que pueda levantarme, para que yo les dé su merecido.
12En esto conozco que me amas: en que mi enemigo no triunfa de mí.
13A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia.
14Bendito el Señor, Dios de Israel, desde siempre y por siempre. Amén, amén.