Triduo a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (oraciones de san Alfonso)
Letra100 %
Una oración cada día; después, cinco avemarías, el versículo y la oración final.
Día primero
Oh Madre del Perpetuo Socorro, aquí tienes a tus pies a un pobre pecador que acude a ti y pone en ti su confianza. Oh Madre de misericordia, ten piedad de mí. Oigo que todos te llaman Refugio y Esperanza de los pecadores: sé, pues, también mi refugio y mi esperanza. Socórreme por amor de Jesucristo; tiende la mano a un pobre pecador que se encomienda a ti y se consagra para siempre a tu servicio. Bendigo y doy gracias a Dios, que en su misericordia me ha inspirado una gran confianza en ti; miro esta confianza como prenda de mi salvación eterna. Confieso que, si en el pasado he caído tantas veces, ha sido porque no he acudido a ti; pero con tu ayuda saldré siempre vencedor. Sé que me ayudarás si me encomiendo a ti; pero en las ocasiones peligrosas temo dejar de invocarte y ser así causa de mi perdición. Te ruego, pues, y te suplico con insistencia que me concedas la gracia de acudir siempre a ti en todos los asaltos del infierno, repitiendo: ¡Oh María, socórreme! ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, no permitas que pierda a mi Dios!
Día segundo
Oh Madre del Perpetuo Socorro, concédeme la gracia de invocar siempre tu nombre poderoso, porque este nombre bendito es nuestro auxilio en la vida y nuestra salvación en la hora de la muerte. ¡Oh María, Virgen dulcísima y purísima!, haz que tu nombre sea desde ahora la respiración de mi alma. Señora mía, no tardes en socorrerme cada vez que te invoque, porque en todas las tentaciones que me asalten y en todas las necesidades que padezca no dejaré nunca de invocarte repitiendo siempre: ¡María, María! ¡Qué fuerza, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente mi alma cuando pronuncio tu nombre bendito, o solamente cuando pienso en ti! Doy gracias al Señor, que para mi bien te ha dado un nombre tan dulce, tan amable y tan poderoso. Pero no me contentaré con pronunciar tu nombre: quiero pronunciarlo con amor; quiero que el amor me recuerde sin cesar que debo invocarte, oh Madre del Perpetuo Socorro.
Día tercero
Oh Madre del Perpetuo Socorro, tú eres la dispensadora de todas las gracias que Dios nos concede a nosotros, pobres pecadores; si te ha hecho tan poderosa, tan rica y tan buena, es para que nos socorras en todas nuestras miserias. Tú eres la Abogada de los pecadores más miserables, y los más abandonados no acuden a ti en vano. Socórreme, pues, también a mí, que me encomiendo a ti. Pongo en tus manos la salvación eterna de mi alma. Cuéntame entre tus servidores más fieles; tómame bajo tu protección, y eso me basta. Si tú me socorres, no temo mis pecados, porque me alcanzarás el perdón; no temo a los demonios, porque eres más poderosa que todo el infierno; ni siquiera temo a mi Juez, Jesucristo, porque una sola de tus súplicas basta para aplacarlo. Solo temo dejar, por negligencia, de encomendarme a ti y correr así a mi perdición. Señora mía, alcánzame el perdón de mis pecados, el amor a Jesucristo, la perseverancia final y la gracia de acudir siempre a ti, oh Madre del Perpetuo Socorro.
Cada día
Cinco avemarías.
V. Oh Señora nuestra, tú eres nuestro refugio.
R. Nuestro auxilio cuantas veces lo necesitamos y nuestro apoyo en la tribulación.
Oremos: Dios todopoderoso y misericordioso, que nos has concedido honrar con un culto particular la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro: concédenos misericordiosamente que, entre todas las vicisitudes de la vida presente y en nuestro camino hacia la eternidad, estemos siempre cubiertos por la protección de María siempre Inmaculada y siempre Virgen, para que merezcamos recibir los premios de la eterna redención que tú realizaste. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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