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Novena a la Virgen de Pompeya para los casos difíciles

Letra100 %
Póngase la imagen en lugar destacado y, si se puede, enciéndanse dos velas, símbolo de la fe que arde en el corazón del creyente. Tómese en las manos el rosario. Antes de empezar, pídase a santa Catalina de Siena que se digne rezarla con nosotros. Oh santa Catalina de Siena, mi protectora y maestra, que desde el cielo asistes a tus devotos cuando rezan el Rosario de María: asísteme en este momento y dígnate rezar conmigo la novena a la Reina del Rosario, que ha puesto el trono de sus gracias en el valle de Pompeya, para que por tu intercesión obtenga la gracia que deseo. Amén. V. Dios mío, ven en mi auxilio. R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre… I. Oh Virgen Inmaculada y Reina del Santo Rosario: en estos tiempos de fe muerta y de impiedad triunfante has querido poner tu sede de Reina y de Madre en la antigua tierra de Pompeya, morada de paganos muertos. Desde aquel lugar donde se adoraba a los ídolos y a los demonios, tú hoy, como Madre de la divina gracia, derramas por todas partes los tesoros de las misericordias celestiales. ¡Ah!, desde ese trono donde reinas compasiva, vuelve, oh María, también sobre mí tus ojos benignos y ten piedad de mí, que tanto necesito tu socorro. Muéstrate también conmigo, como te has mostrado con tantos otros, verdadera Madre de misericordia, mientras yo con todo el corazón te saludo y te invoco como mi Soberana y Reina del Santo Rosario. — Salve. II. Postrada a los pies de tu trono, oh grande y gloriosa Señora, mi alma te venera entre los gemidos y las congojas que la oprimen sin medida. En estas angustias y agitaciones en que me encuentro, alzo confiado los ojos a ti, que te dignaste escoger por morada los campos de pobres y abandonados campesinos. Y allí, frente a la ciudad y al anfiteatro donde reinan el silencio y la ruina, tú, como Reina de las Victorias, alzaste tu voz poderosa para llamar desde toda Italia y todo el mundo católico a tus hijos devotos a levantarte un templo. ¡Ah!, muévete por fin a compasión de esta alma mía, que yace abatida en el fango. Piedad de mí, Señora; piedad de mí, que estoy lleno en extremo de miserias y humillaciones. Tú, que eres el exterminio de los demonios, defiéndeme de estos enemigos que me asedian. Tú, que eres el Auxilio de los cristianos, sácame de estas tribulaciones en que me hallo tan miserablemente. Tú, que eres nuestra Vida, triunfa sobre la muerte que amenaza a mi alma en los peligros a que está expuesta; devuélveme la paz, la tranquilidad, el amor, la salud. Amén. — Salve. III. Saber que tantos han recibido tus favores solo por haber acudido a ti con fe me infunde nuevo aliento y valor para invocarte en mi ayuda. Tú prometiste a santo Domingo que quien quiere gracias las obtiene con tu Rosario; y yo, con tu Rosario en la mano, me atrevo a recordarte, oh Madre, tus santas promesas. Más aún: tú misma, en nuestros días, obras continuos prodigios para llamar a tus hijos a honrarte en el templo de Pompeya. ¡Tú quieres, pues, enjugar nuestras lágrimas y aliviar nuestras penas! Y yo, con el corazón en los labios y con fe viva, te llamo y te invoco: ¡Madre mía!… ¡Madre querida!… ¡Madre hermosa!… ¡Madre dulcísima, ayúdame! Madre y Reina del Santo Rosario de Pompeya, no tardes más en tenderme tu mano poderosa para socorrerme, porque la tardanza, como ves, me llevaría a la ruina. — Salve. IV. ¿Y a quién otro podría acudir sino a ti, que eres el Alivio de los miserables, el Consuelo de los abandonados, la Consolación de los afligidos? Te lo confieso: mi alma es miserable; cargada de enormes culpas, merece arder en el infierno y es indigna de recibir gracias. Pero ¿no eres tú la Esperanza del que desespera, la Madre de Jesús, único mediador entre el hombre y Dios, nuestra poderosa Abogada ante el trono del Altísimo, el Refugio de los pecadores? ¡Ah!, basta que digas una palabra en mi favor a tu Hijo, y él te escuchará. Pídele, pues, oh Madre, esta gracia que tanto necesito. (Pídase la gracia que se desea.) Solo tú puedes obtenérmela: tú, que eres mi única esperanza, mi consuelo, mi dulzura, toda mi vida. Así lo espero. Amén. — Salve. V. Oh Virgen y Reina del Santo Rosario, tú que eres la Hija del Padre celestial, la Madre del Hijo divino, la Esposa del Espíritu Santo; tú que todo lo puedes ante la Santísima Trinidad, alcánzame esta gracia que tanto necesito, con tal de que no sea obstáculo para mi salvación eterna. (Repítase la gracia que se desea.) Te la pido por tu Inmaculada Concepción, por tu divina Maternidad, por tus gozos, por tus dolores, por tus triunfos. Te la pido por el corazón de tu amoroso Jesús, por aquellos nueve meses que lo llevaste en tu seno, por las fatigas de su vida, por su amarga pasión, por su muerte en la cruz, por su Nombre santísimo, por su preciosísima Sangre. Te la pido, en fin, por tu Corazón dulcísimo, en tu glorioso Nombre, oh María, Estrella del mar, Señora poderosa, Mar de dolor, Puerta del paraíso y Madre de toda gracia. En ti confío, de ti lo espero todo: tú me has de socorrer. Amén. — Salve. V. Reina del Santo Rosario, ruega por nosotros. R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo. Oremos. Oh Dios, cuyo Hijo unigénito, con su vida, muerte y resurrección, nos alcanzó los bienes de la salvación eterna: concédenos que, venerando estos misterios en el Santo Rosario de la Virgen María, imitemos lo que contienen y alcancemos lo que prometen. Por Cristo nuestro Señor. Amén. Oración a santo Domingo y a santa Catalina de Siena Oh santo sacerdote de Dios y glorioso patriarca santo Domingo, que fuiste el amigo, el hijo predilecto y el confidente de la Reina del cielo, y obraste tantos prodigios por la virtud del Santo Rosario; y tú, santa Catalina de Siena, hija principal de esta Orden del Rosario y poderosa mediadora ante el trono de María y ante el Corazón de Jesús, con quien intercambiaste el corazón: vosotros, santos míos queridos, mirad mis necesidades y tened piedad del estado en que me encuentro. En la tierra tuvisteis el corazón abierto a toda miseria ajena y la mano poderosa para remediarla; ahora, en el cielo, no han disminuido ni vuestra caridad ni vuestro poder. Rogad por mí a la Madre del Rosario y a su divino Hijo, pues tengo gran confianza en que por medio vuestro podré alcanzar la gracia que tanto deseo. Amén. Gloria al Padre… (tres veces).
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