← Devociones marianas

Novena de acción de gracias a la Virgen de Pompeya

Letra100 %
Póngase la imagen en lugar destacado y, si se puede, enciéndanse dos velas, símbolo de la fe que arde en el corazón del creyente. Tómese en las manos el rosario. V. Dios mío, ven en mi auxilio. R. Señor, date prisa en socorrerme. I. Aquí me tienes a tus pies, oh Madre Inmaculada de Jesús, que te complaces en ser invocada Reina del Rosario en el valle de Pompeya. Con el corazón alegre y el ánimo lleno de la más viva gratitud vuelvo a ti, mi generosa bienhechora, mi dulce Señora, Soberana de mi corazón; a ti, que te has mostrado de verdad Madre mía, la Madre que tanto me ama. En mis gemidos me escuchaste, en mis aflicciones me consolaste, en mis angustias me devolviste la paz. Dolores y penas de muerte cercaron mi corazón, y tú, oh Madre, desde tu trono de Pompeya, con una mirada compasiva me serenaste. ¿Quién se volvió alguna vez a ti con confianza y no fue escuchado? Si todo el mundo conociera lo buena que eres y lo compasiva con quien sufre, todas las criaturas acudirían a ti. Bendita seas siempre, oh Virgen Soberana de Pompeya, por mí y por todos, por los hombres y por los ángeles, por la tierra y por el cielo. Amén. — Gloria y Salve. II. Doy gracias a Dios y a ti, Madre divina, por los nuevos beneficios que por tu piedad y misericordia me han sido concedidos. ¿Qué habría sido de mí si hubieras rechazado mis suspiros y mis lágrimas? Que te den gracias por mí los ángeles del paraíso y los coros de los apóstoles, de los mártires, de las vírgenes y de los confesores. Que te den gracias por mí tantas almas de pecadores salvadas por tu intercesión, que ahora gozan en el cielo de la visión de tu inmortal belleza. Quisiera que conmigo te amaran todas las criaturas y que el mundo entero repitiera el eco de mi agradecimiento. ¿Qué podré darte yo, oh Reina, rica en piedad y en magnificencia? La vida que me queda te la consagro a ti y a propagar por todas partes tu culto, oh Virgen del Rosario de Pompeya, a cuya invocación me ha visitado la gracia del Señor. Promoveré la devoción de tu Rosario; contaré a todos la misericordia que me alcanzaste; proclamaré siempre lo buena que fuiste conmigo, para que también los indignos como yo, y los pecadores, se vuelvan a ti con confianza. — Gloria y Salve. III. ¿Con qué nombres te llamaré, oh blanca paloma de paz? ¿Con qué títulos te invocaré a ti, a quien los santos Doctores llamaron Señora de la creación, Puerta de la vida, Templo de Dios, Palacio de luz, Gloria de los cielos, Santa entre los santos, Milagro de los milagros, Paraíso del Altísimo? Tú eres la Tesorera de las gracias, la Omnipotencia suplicante, más aún, la misma Misericordia de Dios que desciende sobre los desdichados. Pero sé también que a tu corazón le es dulce ser invocada Reina del Rosario en el valle de Pompeya. Y, al llamarte así, siento la dulzura de tu nombre místico, oh Rosa del Paraíso, trasplantada al valle del llanto para endulzar las penas de nosotros, desterrados hijos de Eva; Rosa encendida de caridad, más fragante que todos los aromas del Líbano, que con el perfume de tu suavidad celestial atraes a tu valle el corazón de los pecadores hacia el Corazón de Dios. Tú eres la Rosa de eterna frescura que, regada por los arroyos de las aguas celestiales, echaste tus raíces en una tierra abrasada por una lluvia de fuego; Rosa de belleza inmaculada, que en el lugar de la desolación plantaste el Huerto de las delicias del Señor. Ensalzado sea Dios, que hizo tan admirable tu nombre. Bendecid, pueblos, el nombre de la Virgen de Pompeya, porque toda la tierra está llena de su misericordia. — Gloria y Salve. IV. Entre las tempestades que me habían sumergido alcé mis ojos a ti, nueva Estrella de esperanza aparecida en nuestros días sobre el valle de las ruinas. Desde lo hondo de la amargura levanté mi voz a ti, Reina del Rosario de Pompeya, y experimenté el poder de este título que tanto amas. ¡Salve!, clamaré siempre; ¡salve, oh Madre de piedad, mar inmenso de gracias, océano de bondad y de compasión! ¿Quién cantará dignamente las glorias de tu Rosario, las victorias de tu Corona? Al mundo, que se suelta de los brazos de Jesús para entregarse a los de Satanás, tú le preparas la salvación en aquel valle donde Satanás devoraba las almas. Tú pisaste, triunfadora, los restos de los templos paganos, y sobre las ruinas de la idolatría pusiste el escabel de tu señorío. Tú cambiaste una tierra de muerte en valle de resurrección y de vida, y en la tierra dominada por tu enemigo levantaste la Ciudadela del refugio, donde acoges a los pueblos para salvarlos. Mira a tus hijos, esparcidos por el mundo, que allí te alzaron un trono como testimonio de tus prodigios y trofeo de tus misericordias. Desde ese trono me llamaste también a mí entre los hijos de tu predilección; sobre mí, pecador, se posó la mirada de tu misericordia. Benditas sean para siempre tus obras, oh Señora, y benditos todos los prodigios que obraste en el valle de la desolación y del exterminio. — Gloria y Salve. V. Resuene tu gloria en toda lengua, oh Señora, y que cada tarde transmita al día siguiente el concierto de nuestras bendiciones. Que todas las gentes te llamen bienaventurada, y que lo repitan todas las orillas de la tierra y los coros del cielo. Tres veces bienaventurada te llamaré yo con los Ángeles, los Arcángeles y los Principados; tres veces bienaventurada con las angélicas Potestades, con las Virtudes de los cielos, con las Dominaciones; bienaventuradísima te proclamaré con los Tronos, los Querubines y los Serafines. Oh soberana mía, no dejes de inclinar tus ojos misericordiosos sobre esta familia, sobre esta nación, sobre toda la Iglesia. Sobre todo, no me niegues la mayor de las gracias: que mi fragilidad no me separe nunca de ti. Haz que persevere hasta el último aliento en la fe y el amor en que ahora arde mi alma. Y a cuantos contribuimos al decoro de tu santuario de Pompeya y al crecimiento de sus obras de caridad, haz que estemos todos en el número de los elegidos. Oh rosario de mi Madre, te estrecho contra mi pecho y te beso con veneración. (Aquí se besa el propio rosario.) Tú eres el camino para alcanzar toda virtud, el tesoro de méritos para el paraíso, la prenda de mi predestinación, la cadena fuerte que ata al enemigo, fuente de paz para quien te honra en vida, presagio de victoria para quien te besa en la muerte. En aquella hora última te espero, oh Madre. Tu llegada será la señal de mi salvación; tu Rosario me abrirá las puertas del cielo. Amén. — Gloria y Salve. V. Reina del Santo Rosario, ruega por nosotros. R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo. Oremos. Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos enseñaste a acudir a ti con confianza y a llamarte «Padre nuestro, que estás en los cielos»; Señor bueno, que siempre te compadeces y perdonas: por intercesión de la Inmaculada Virgen María, escúchanos a nosotros, que nos gloriamos del título de hijos del Rosario; acepta nuestra humilde acción de gracias por los dones recibidos, y haz cada día más glorioso y perenne el trono que le levantaste en el santuario de Pompeya. Por los méritos de Jesucristo nuestro Señor. Amén.
SiguienteDevoción de las siete excelencias de MaríaAmén · volver a Hoy