Oraciones a san José para diversas necesidades
Letra100 %
Para pedir a san José su amor y el de Jesús y María
¡Oh purísimo corazón de San José, de todos los corazones, después de los de Jesús y María, el más puro, el más santo, el más amante, el más humilde y perfecto! Haz que mi corazón se inflame y encienda en tu amor. Yo quiero que tu corazón, después de los de Jesús y María, sea el objeto de mis respetos, homenajes y alabanzas. Yo protesto que, después del amor y la gloria de mi Salvador y su purísima Madre, tu gloria y tu amor, dulcísimo José mío, serán el mayor encanto y regalo de mis pensamientos, la más dulce aspiración de mis deseos y el más ansiado fruto de mis acciones. ¿Qué otro corazón deseó tan ardientemente como el tuyo que se extendiese y reinase el amor de Jesús y María? Haz, pues, que la llama de este amor arda en mi corazón, que lo penetre, lo abrase, lo posea y lo consuma. Alcánzame la gracia de que en los ardores de este amor divino exhale mi último suspiro, y que las postreras palabras que pronuncien mis labios moribundos y balbucientes sean los nombres sagrados, los dulces y amables nombres de Jesús, María y José. Amén.
Oración pidiendo a san José su patrocinio
¡Oh glorioso San José! Por tu profundísima humildad, por tu mansedumbre inalterable, por tu paciencia invencible, por tu pureza angelical y por la perfectísima fidelidad que te hizo puntual imitador de las virtudes de Jesús, te pido me consueles en todas mis penas, me dirijas en mis dudas, me defiendas en las tentaciones y extiendas tu brazo contra todos mis enemigos, visibles e invisibles, rompiendo y desbaratando los lazos y celadas que tienden y arman contra mí. ¡Oh mi amado San José!, ruega también a Jesús por el triunfo de la Santa Iglesia, por el Romano Pontífice, los Obispos, los sacerdotes y todas las Órdenes religiosas; ruega por la perseverancia de los justos, por la conversión de los pecadores y por el regreso al seno de la Iglesia de los que están alejados de ella. Protege y defiende nuestra patria, y haz que prosperen en ella la religión, la justicia, la paz, la virtud y las buenas costumbres. Oye, pues, nuestras súplicas, escucha nuestros clamores, enjuga nuestras lágrimas y haznos dignos de alabar en el cielo a la Santísima Trinidad, que te ha coronado de tanta gloria. Amén.
Para alcanzar la paz interior
¡Santísimo Patriarca, que en unión felicísima con Jesús y María, hallasteis ocasión de sufrir las más duras penas y trabajos, pero que con vuestra confianza, humildad y resignación merecisteis los más dulces consuelos! Haced que, vencidas todas mis pasiones, desprendido mi corazón de todo afecto terreno, goce mi alma de verdadera paz y tranquilidad. Alcanzadme una santa indiferencia para que el reposo y la calma de mi corazón no se alteren con los trabajos o favores que Dios me enviare. Enseñadme a hacer buen uso de las penas y consuelos de esta vida, para merecer los deliciosos bienes de la otra. Amén.
Para obtener el recogimiento interior
¡Gran Santo, que tuviste la felicidad de conversar muchos años con Jesús y María, y que, por el incesante cuidado que pusisteis en aprovecharos de sus ejemplos y palabras, fuisteis el modelo de la vida interior! Alcanzadme la gracia de velar con cuidado en la guarda de mi corazón, escuchar con atención y docilidad la voz del Espíritu Santo e imitar vuestra fe en todos los misterios de la vida del Salvador. Estos son mis ruegos, ¡oh glorioso patrón de las almas que aspiran a la vida interior!, a fin de que, con el auxilio de la divina gracia, me santifique yo en todas las ocupaciones de mi estado y lleve una vida recogida e interior, que es el camino más seguro para llegar a la mansión de la gloria. Amén.
Para alcanzar la pobreza del espíritu
¡Gran Patriarca, bendito San José, cuya pobreza preparó el camino a la pobreza evangélica y sirvió de medio para ocultar las riquezas infinitas del Verbo encarnado! Conseguidme un perfecto desinterés, un cristiano desprendimiento de todos los bienes caducos; alcanzadme la estima y el amor de aquella pobreza que nos hace imitadores y discípulos del Hombre-Dios, para que, ajenos a toda codicia terrena, aspiremos a los bienes celestiales que nos ha merecido por su pobreza el que, siendo dueño de todo, no quiso tener en la tierra donde reposar su cabeza. Amén.
Para obtener la virtud de la pureza
¡Purísimo San José, destinado por el Omnipotente para esposo de la gran Madre de Dios, María Santísima, cuya virginidad fue entregada en custodia a la singular pureza de vuestro castísimo corazón! Os suplico con la humildad más profunda me alcancéis la gracia de que sean puros mi espíritu, mi corazón y mi cuerpo. Alejad de mí todos los pensamientos y afectos inmundos; dadme fuerzas para apartarme de todas las personas y lugares que me fueren peligrosos, evitar las lecturas nocivas, guardar mis sentidos y velar incesantemente, a fin de que ninguna impureza ensucie mi corazón y corrompa mi alma. Alcanzadme esta gracia, padre y protector mío; alcanzádmela, por caridad, y haced que sea pura mi mente en sus pensamientos, pura mi fantasía en sus imágenes, pura mi voluntad en sus actos, puro mi corazón en sus afectos, puras mis manos en sus obras, puros mis pies en sus pasos; sea yo puro de cuerpo y de espíritu, puro de día y de noche, puro en la soledad y en la compañía, para que, imitando a María y a vos, santísimo José, en esta flor de las virtudes, merezca gozar de vuestra amistad y patrocinio. Amén.
Para alcanzar una buena muerte
¡Gran San José, modelo, patrono y consolador de los moribundos! Os suplico me asistáis en el último instante de mi vida, en aquel momento terrible en el cual yo no sé si tendré ocasión siquiera para llamaros en mi auxilio. Haced, os suplico, que yo muera con la muerte de los justos. Y para merecer esta gracia, obtenedme la de vivir siempre, como vos, en presencia de Jesús y María, sin ofender sus miradas con las manchas odiosas de la culpa. Haced que yo muera desde este momento a todo lo que no es de Dios, y que viva únicamente para Aquel que murió por mí. Abrasad mi corazón en las llamas del amor divino para que al rendir mi espíritu, merezca, como vos, la dicha de rendirlo en las manos de Jesús y María. Amén.
Para poner bajo la protección de san José la inocencia de los niños
¡Bienaventurado San José, a quien la Beatísima Trinidad hizo custodio de Jesús, que era la inocencia misma, y de María, Virgen Inmaculada! Proteged la inocencia de estos niños que me están confiados; alejad de ellos el contagio del vicio y de los malos ejemplos; inspiradles odio al pecado y amor a la virtud; hacedles comprender desde sus tiernos años que la felicidad del cristiano consiste en cumplir fielmente la ley santa del Señor; hacedles amar y respetar a la Santa Iglesia, nuestra Madre, y a su Jefe el Soberano Pontífice, y a todos sus ministros, para que, caminando siempre por la senda de la justicia, conserven puras sus almas y sean dignos de las complacencias del Cordero inmaculado que se apacienta entre azucenas, y de la Reina de las Vírgenes, María Santísima. Amén.
Oración a san José, protector de los afligidos
¡Gloriosísimo Patriarca San José! Os suplicamos humildemente de todo nuestro corazón, por aquella heroica firmeza que mostrasteis en las grandes e innumerables tribulaciones con las que plugo a Dios probar vuestra singular virtud, que nos obtengáis una fuerza semejante y una constancia igual para sobrellevar por amor de Dios todos los que nos abruman en este valle de lágrimas ¡Oh poderoso protector de los desgraciados! Hacednos recordar en todas nuestras aflicciones que ellas vienen de la mano de Dios y que son la expresión de su voluntad adorable; y cuando lleguemos al término de nuestra vida, concedednos vuestra poderosa protección a fin de que, habiendo soportado con cristiano valor esta última y terrible prueba, podamos, con vuestra asistencia y la de Jesús y María, llegar a aquella venturosa patria en donde nuestras lágrimas se cambiarán en gozo, y nuestra tristeza en alegría eterna. Amén.
Para pedir consuelo en una aflicción o enfermedad
¡Amable San José, mi fidelísimo protector! Os suplico por el gran dolor que sentisteis cuando, circuncidado Jesús, mirabais correr su sangre preciosa, que os dignéis librarme de esta enfermedad y de las penas, dolores y sufrimientos que ella me causa, o a lo menos me obtengáis la gracia de sufrirlos pacientemente. Amén.
Por la conversión de un pecador
¡San José piísimo, tan allegado al Redentor del mundo! Yo os ruego con vivísima instancia por la salvación del alma de N., que Jesús ha rescatado con su preciosísima sangre. Sabéis cuán desgraciados son los que han desterrado de su corazón al divino Salvador, y cuán expuestos están a perderse eternamente. No permitáis, pues, que esta alma permanezca más tiempo en tan funesto y peligroso estado. Hacedle conocer los peligros que la amenazan; heridle fuertemente el corazón; pedidle a Jesucristo, vuestro Hijo, que con la luz, firmeza y poder de su divina gracia alumbre, rinda y convierta a esta infeliz alma. Emplead, padre mío, bendito San José, todo vuestro valimiento en hacer que este hijo pródigo vuelva al seno del mejor de los padres. No le abandonéis hasta que le hayáis abierto las puertas del cielo, en donde él y yo os agradeceremos eternamente la felicidad que le habéis procurado. Amén.
Para poner a un hijo bajo la protección de san José
Benignísimo San José, destinado por Dios para padre putativo de nuestro divino Redentor: a vos ofrecemos y consagramos este nuestro hijo. Dignaos ser su protector y su padre; conservad el precioso tesoro de su inocencia; preservadle de todo peligro en el alma y en el cuerpo; inspiradle ya en sus más tiernos años un ardiente amor a vos, a María, vuestra inmaculada Esposa, y a Jesús, su adorable Hijo y Salvador nuestro. Acompáñele vuestra protección toda su vida, vigilad todos sus pasos, guiadle en todas sus empresas, no le dejéis de vuestra mano en la senda de los divinos mandamientos, asistidle en el momento de su muerte e introducidle, finalmente, en la patria bienaventurada, para que cante allí eternamente las divinas misericordias y vuestra paternal bondad. Así sea.
(Nota.— Esta oración, rezada en plural, puede servir para consagrar a San José varios niños a la vez.)
Para pedir paciencia en alguna tribulación
Vedme, Santo mío, sumido hoy en tanta aflicción, que mi espíritu, débil e inconstante, está a punto de rendirse si no venís presto a alentarme. Aquel cristiano valor que esperaba tener en las tribulaciones cuando las miraba de lejos, aquella firmeza que tal vez en otras ocasiones, asistido por la divina gracia, he mostrado, están a punto de faltarme del todo. ¿De dónde sacabais, Santo querido, aquella admirable serenidad en vuestros apuros, aquella heroica resignación en vuestros pesares, aquella interior alegría en vuestras privaciones, aquella inquebrantable esperanza en las tribulaciones más acerbas? ¡Oh, Santo pacientísimo! Si vuestro Jesús no quiere por ahora aliviar mi pena, hágase su voluntad, y no la mía; pese sobre mí su cruz, pero pedirle para mí mucha paciencia. Haced que me anime a padecer la consideración de los dulces consuelos que tuvisteis en medio de vuestras amarguras; que sienta en las mías, por medio de la gracia, la interior presencia de Jesús, ya que no le veo, como Vos, presente ante mis ojos; que comprenda que la magnífica gloria que estáis gozando es en gran parte recompensa de vuestros sufrimientos y premio de vuestra invicta paciencia. Por vuestros acerbos dolores, por los tan agudos de vuestra inocentísima Esposa, por la pasión de vuestro amado Jesús, dadme fuerza para sufrir resignado esta tribulación, a trueque de merecer en el cielo un grado más de gloria. Así sea.
En favor de un moribundo
Con todo el anhelo de mi corazón, e invocado todo el amor que tenéis y que mostráis a los moribundos, vengo a vuestros pies, benignísimo San José, a rogaros por ese pobre enfermo que está luchando con las ansias de la muerte. Vos conocéis bien los peligros que cercan a las almas en tan críticos instantes, el abatimiento y las tentaciones que ellas experimentan, los supremos esfuerzos que hace el infierno para ganarlas... ¿Qué será de él si no estáis vos con su ángel de guarda a la cabecera de su cama, alentándole, avivando su fe, esperanza caridad y el dolor de sus pecados, y dispuesto a recoger su espíritu cuando lo exhale? Allí, en torno, están todos sus enemigos, ¿y vos le dejaríais solo con ellos? No me separaré de vuestras plantas, poderoso Santo, sin obtener alguna prenda de que le ayudaréis eficazmente a salvar su alma. ¡Oh, sí, la obtendré porque cosa mejor, y más necesaria, y más urgente, y más conforme a vuestros deseos, y más propia de vuestro patrocinio, no puedo pedírosla! Y por cuanto pudieran ser obstáculo sus pecados, os pido por él con toda mi alma perdón de todos ellos, y os ofrezco, en lo que valgan mis penitencias, y las que vos mismo, las que María, y, sobre todo, las que Jesús por nosotros hizo, que si pudieron salvar un mundo, mucho más podrán salvar esta alma si le son aplicadas, como espero. Así sea.
Por un alma del purgatorio
Amorosísimo San José, que tan tiernamente amasteis a Jesús, y tan vivamente sentisteis la privación de su presencia cuando le perdisteis en el templo. Os recomiendo con todo fervor el alma de N., que, lejos tal vez de la beatífica presencia de Dios, está ahora padeciendo en el purgatorio. ¡Oh santo Patriarca! Sed su consuelo en aquel lugar de pena y expiación; dignaos aplicarle los piadosos sufragios de los fieles, particularmente los míos. Constituíos su intercesor para con Jesús y María, y romped con vuestra poderosa oración sus cadenas, para que pueda lanzarse en el seno de Dios y gozar cuanto antes de la felicidad eterna. Así sea.
Para pedir el alimento necesario a una familia
¡Amabilísimo representante de Dios en la tierra y nuestro amorosísimo abogado y padre San José! Vos, que constituído por Dios jefe de aquella inocentísima al par que pobre familia, sufristeis todo el peso y trabajo de socorrerla, defenderla, sustentarla y proveerla de lo necesario para la vida, vos pudisteis aprender más que otro alguno cuán grande sea la angustia de aquellos a quienes faltan los medios necesarios de subsistencia y se encuentran agobiados, no sólo por las propias, sino también por las ajenas angustias de las personas queridas. ¡Oh, Santo Patriarca! Por aquellos desvelos y cuidados continuos que formaban aquella bendita providencia a cuya sombra descansaban las prendas de vuestro corazón, Jesús y María, tened también cuidado de nosotros, y haced que se aleje de nuestras casas el infortunio y toda desventura; y como tan piadosísimo que sois, os rogamos nos proporciónéis el cotidiano alimento que es necesario para adquirir la fuerza y la alegría con que sirvamos fielmente al Señor. Sí, mi amado Santo, por amor de Jesús y María tened piedad de nosotros y consoladnos. Amén.
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