Lectura 3 de 40
Mateo 7-9
Mateo 7
1No juzguéis, para que no seáis juzgados.
2Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
3¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
4¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo?
5Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.
6No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
7Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
8porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
9Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?;
10y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?
11Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
12Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
13Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
14¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.
15Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
16Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?
17Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos.
18Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.
19El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego.
20Es decir, que por sus frutos los conoceréis.
21No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
23Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
24El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.
25Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
26El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.
27Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
28Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza,
29porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.
Mateo 8
1Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
2En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
3Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida quedó limpio de la lepra.
4Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
5Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
6«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
7Le contestó: «Voy yo a curarlo».
8Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.
9Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
10Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.
11Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos;
12en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
13Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.
14Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre;
15le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
16Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos
17para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
18Viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de cruzar a la otra orilla.
19Se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas».
20Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
21Otro, que era de los discípulos, le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre».
22Jesús le replicó: «Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos».
23Subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
24En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.
25Se acercaron y lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
26Él les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma.
27Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
28Llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos. Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
29Y le dijeron a gritos: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
30A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo.
31Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara».
32Jesús les dijo: «Id». Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas.
33Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
34Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.
Mateo 9
1Subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad.
2En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
3Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema».
4Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?
5¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”?
6Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».
7Se puso en pie y se fue a su casa.
8Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
9Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.
10Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
11Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
12Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
13Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».
14Los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
15Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.
16Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
17Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan».
18Mientras les decía esto, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
19Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
20Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto,
21pensando que con solo tocarle el manto se curaría.
22Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». Y en aquel momento quedó curada la mujer.
23Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente,
24dijo: «¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él.
25Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
26La noticia se divulgó por toda aquella comarca.
27Cuando Jesús salía de allí, dos ciegos lo seguían gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David».
28Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?». Contestaron: «Sí, Señor».
29Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe».
30Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!».
31Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.
32Estaban ellos todavía saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo.
33Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
34En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
35Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
36Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
37Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos;
38rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».