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Lectura 22 de 40

Lucas 7-8

Letra: Normal

Lucas 7

1Cuando terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.

2Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho.

3Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado.

4Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas,

5porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga».

6Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo;

7por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano.

8Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».

9Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».

10Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

11Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.

12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

13Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores».

14Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».

15El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.

16Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».

17Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

18Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos,

19los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?».

20Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”».

21En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista.

22Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados.

23Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!».

24Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?

25Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales.

26Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.

27Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”.

28Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».

29Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo.

30Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.

31«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?

32Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: “Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”

33Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”;

34vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.

35Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».

36Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.

37En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y,

38colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.

39Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».

40Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro».

41«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta.

42Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».

43Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».

44Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.

45Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies.

46Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume.

47Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».

48Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados».

49Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».

50Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Lucas 8

1Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce,

2y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios;

3Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

4Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:

5«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.

6Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.

7Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.

8Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».

9Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.

10Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.

11El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.

12Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.

13Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.

14Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.

15Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.

16Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o la mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.

17Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.

18Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».

19Vinieron a él su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.

20Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».

21Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

22Un día subió él a una barca junto con sus discípulos y les dijo: «Vamos a cruzar a la otra orilla del lago»; y se hicieron a la mar.

23Mientras iban navegando, se quedó dormido. E irrumpió sobre el lago un torbellino de viento, se hundían y estaban en peligro.

24Entonces se acercan a él y le despiertan diciendo: «Maestro, Maestro, ¡que perecemos!». Y él, despertándose, conminó al viento y al oleaje del agua, que se apaciguaron, y sobrevino la calma.

25Y les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?». Ellos, por su parte, llenos de temor y admiración, se decían unos a otros: «¿Pues quién es este que da órdenes incluso al viento y al agua y lo obedecen?».

26Y arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.

27Al saltar a tierra, le salió al encuentro desde la ciudad un hombre poseído de demonios, que durante mucho tiempo no vestía ropa alguna ni moraba en casa, sino en los sepulcros.

28Pero, al ver a Jesús, se puso a gritar, se postró ante él y le dijo a voces: «¿Qué hay entre tú y yo, Jesús, hijo del Dios altísimo? Te ruego que no me atormentes».

29Porque él estaba mandando al espíritu inmundo que saliera del hombre. Y es que muchas veces se apoderaba de él y tenían que atarlo con cadenas y asegurarlo con grillos, pero, rompiendo las ligaduras, el demonio le empujaba a los despoblados.

30Jesús, por su parte, le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él dijo: «Legión», porque habían entrado muchos demonios en él.

31Y le rogaban que no les mandase irse al abismo.

32Como había allí una piara numerosa de cerdos, paciendo en el monte, le pidieron que les permitiese entrar dentro de ellos y se lo permitió.

33Entonces, saliendo los demonios del hombre, entraron en los cerdos y la piara se lanzó, despeñadero abajo, al lago y se ahogó.

34Al ver los porqueros lo sucedido, huyeron y lo contaron por la ciudad y por los cortijos.

35Vinieron, pues, a ver lo sucedido. Llegaron junto a Jesús y encontraron al hombre del que habían salido los demonios sentado a sus pies, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor.

36Entonces, los que lo habían visto les contaron cómo había sido curado el endemoniado.

37Y le rogó toda la gente de la comarca de los gerasenos que se marchase de entre ellos, porque estaban llenos de miedo. Él, pues, subió a la barca y regresó.

38El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él, pero lo despidió diciendo:

39«Vuelve a tu casa y da a conocer cuanto te ha hecho Dios». Partió, pues, por toda la ciudad proclamando todo cuanto le había hecho Jesús.

40Al regresar Jesús, la gente lo acogió bien, pues todos lo estaban esperando.

41Llegó entonces un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y echándose a los pies de Jesús le rogaba que entrase en su casa,

42pues tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo. Cuando caminaba con él, la gente lo apretujaba.

43Entonces una mujer que desde hacía doce años sufría flujos de sangre y que había gastado en médicos todos sus recursos sin que ninguno pudiera curarla,

44acercándose por detrás, tocó el borde de su manto y, al instante, cesó el flujo de sangre.

45Y dijo Jesús: «¿Quién es el que me ha tocado?». Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, la gente te está apretujando y estrujando».

46Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, pues he sentido que una fuerza ha salido de mí».

47Viendo la mujer que no había podido pasar inadvertida, se acercó temblorosa y, postrándose a sus pies, contó ante todo el pueblo la causa por la que le había tocado y cómo había sido curada al instante.

48Pero Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz».

49Estaba todavía hablando, cuando llega uno de casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro».

50Pero Jesús, oído esto, le respondió: «No temas, basta que creas y se salvará».

51Al llegar a la casa, no dejó entrar con él más que a Pedro, Santiago y Juan y al padre de la niña y la madre.

52Todos lloraban y hacían duelo por ella, pero él dijo: «No lloréis, porque no ha muerto, sino que está dormida».

53Y se reían de él, sabiendo que había muerto.

54Pero él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate».

55Y retornó su espíritu y se levantó al instante. Y ordenó que le dieran de comer.

56Sus padres quedaron atónitos, pero Jesús les ordenó que no dijeran a nadie lo sucedido.