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Novena a María, Consoladora de los afligidos

Se puede rezar en cualquier tiempo, especialmente en la aflicción

Nueve días para poner en las manos de la Madre el duelo, la soledad y la tristeza, y dejar que ella nos conduzca al consuelo de Dios.

Grabado antiguo de la Consoladora de los Afligidos de Luxemburgo, venerada en Kevelaer
Letra100 %

Novena original de rezaelrosario.org. Las meditaciones y oraciones propias de esta página han sido preparadas expresamente para acompañar durante nueve días esta devoción. No son transcripción ni adaptación encubierta de ediciones ajenas.

María, Consoladora de los afligidos

Hay una manera muy antigua de llamar a la Virgen María cuando el alma está cansada: Consoladora de los afligidos, Consolatrix Afflictorum. Es una de las invocaciones que la Iglesia repite en las Letanías Lauretanas, esa cadena de nombres tiernos con que el pueblo cristiano se acerca a la Madre. No es un título que prometa la desaparición mágica del dolor, sino un nombre que abre una puerta: junto a María, el que sufre no está solo. Ella, que estuvo firme al pie de la cruz, sabe lo que es ver padecer a quien se ama, y por eso su compañía consuela sin engañar.

Conviene decirlo desde el principio, con claridad y sin miedo: a Dios solo se le adora; a María se la venera y se le pide que interceda por nosotros. El consuelo verdadero viene de Dios, «Padre de misericordias y Dios de todo consuelo» (2 Corintios 1,3). María no ocupa el lugar de Dios: nos lleva a Él. Como en Caná, su palabra sigue siendo siempre la misma: «Haced lo que Él os diga» (Juan 2,5). Por eso, cuando en estos nueve días la llamemos Consoladora, estaremos pidiendo que su mano materna nos conduzca hasta el Consolador, el Espíritu Santo, y hasta el Corazón de su Hijo, donde el afligido encuentra descanso.

Datos esenciales de la advocación

  • Invocación: «Consoladora de los afligidos» (Consolatrix Afflictorum), una de las advocaciones de la Letanía Lauretana o Letanía de la Virgen.
  • Origen: como invocación pertenece a las Letanías Lauretanas. Como devoción histórica, floreció desde el siglo XVII: María, «Consoladora de los Afligidos», es patrona de la ciudad y del país de Luxemburgo, con una célebre peregrinación anual llamada la «Octava» (Oktav). La misma advocación se venera también en Kevelaer (Alemania), como Trösterin der Betrübten, «Consoladora de los Afligidos», lugar de peregrinación desde el siglo XVII.
  • Sentido: María consuela porque ella misma conoció el dolor. De pie junto a la cruz vio morir a su Hijo (Juan 19,25). Quien ha atravesado la noche puede acompañar de verdad a otros en la suya; por eso su cercanía no es distante, sino comprensiva.
  • Fundamento evangélico: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Juan 19,25); y el consuelo cristiano brota de Dios, «que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar a los que están en cualquier tribulación» (2 Corintios 1,3-4). María es figura e instrumento de ese consuelo, no su fuente.
  • Para quién: para los que sufren un duelo, la soledad, la tristeza o la depresión, los que llevan una prueba larga, los enfermos, los desanimados y cuantos buscan una madre a quien contarle su pena.

Cómo prepararse para rezar la novena

Si te acercas a esta novena, quizás sea porque algo pesa. Puede ser una pérdida reciente, una soledad que no se cura con compañía, una tristeza que dura más de lo que quisieras, o simplemente el cansancio de vivir. No hace falta que llegues con palabras bonitas ni con el corazón entero. La Virgen no espera a que estemos bien para acogernos; nos acoge precisamente cuando estamos mal. Basta con querer estar un rato cada día en su presencia, aunque solo aciertes a decir tu nombre y el nombre de tu dolor.

Elige un momento tranquilo y un lugar sencillo. Enciende, si quieres, una vela; ten a mano tu Biblia para la lectura de cada día. No corras. Esta novena no se mide por lo que sientes, sino por lo que ofreces: unos minutos fieles, repetidos nueve días. Habrá días con lágrimas y días secos; ambos valen. El consuelo de Dios no siempre es una emoción; muchas veces es una fuerza callada que sostiene por dentro, aunque el ánimo siga cansado.

Una palabra de honestidad y de cariño, sobre todo si atraviesas una tristeza profunda o una depresión: esta novena no es un remedio médico y no sustituye la ayuda que Dios nos regala también a través de las personas. Rezar y cuidarse no se oponen. Si el peso es grande, busca a un médico, a un profesional de la salud mental o a alguien de confianza que te acompañe; pedir ayuda humana es un acto de humildad y de fe, no una falta de ella. La Virgen, que en Caná se fijó en una necesidad concreta y la puso en manos de su Hijo, bendice también los medios humanos que Dios ha dispuesto para nuestro bien. Reza, pues, con paz: aquí vienes a apoyarte en una Madre, no a exigirte a ti mismo estar curado.

Orden propuesto para cada día

  • Señal de la cruz y breve silencio.
  • Oración inicial para todos los días.
  • Invocación al Espíritu Santo.
  • Lectura de la memoria histórica del día.
  • Meditación del día.
  • Lectura pausada de la Palabra de Dios sugerida.
  • Formulación del propósito del día.
  • Oración del día.
  • Padrenuestro, Avemaría, Gloria y Salve final.

Oración inicial para todos los días

Dios nuestro, Padre de misericordias y Dios de todo consuelo, tú no desprecias el corazón afligido ni apartas tu mirada del que llora. Vengo ante ti tal como estoy, con mi carga y mi cansancio, y te pido que envíes sobre mí tu paz. Me acojo a la intercesión de la Virgen María, a quien la Iglesia invoca como Consoladora de los afligidos: que ella, que estuvo firme junto a la cruz de su Hijo, me acompañe en mi prueba y me conduzca hasta ti, único consuelo que no defrauda. No busco librarme de todo dolor, sino atravesarlo contigo; no pido dejar de sentir, sino no dejar de confiar. Por Jesucristo nuestro Señor, tu Hijo y Hijo de María. Amén.

Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo, Consolador prometido por Jesús. Tú eres el consuelo que viene de lo alto, el que enjuga las lágrimas por dentro y sostiene al que ya no puede. Desciende sobre mi tristeza como bajaste sobre María y los apóstoles reunidos en oración. Enséñame a orar cuando no me salen las palabras, y haz brotar en mí, poco a poco, la esperanza. Amén.

Día primero — Dios, Padre de todo consuelo

Memoria histórica

Antes de mirar los santuarios y las peregrinaciones, esta novena mira al origen de todo consuelo, que no está en un lugar sino en Dios mismo. La devoción a María como Consoladora de los afligidos nació en un pueblo cristiano que había conocido guerras, pestes y penurias, y que descubrió en la Madre una cercanía consoladora. Pero conviene decirlo con orden: los cristianos no acuden a María como si el consuelo empezara en ella. Lo que la tradición de Luxemburgo y de Kevelaer expresa —y que iremos viendo estos días— es que la Virgen encamina hacia Dios a los que sufren. Ella es como una ventana abierta a la misericordia del Padre.

Meditación

San Pablo, que sufrió cárceles y naufragios, no llama a Dios «el que quita el dolor», sino «el Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2 Corintios 1,3-4). Es una diferencia importante para quien reza afligido. A veces esperamos que Dios nos evite la prueba, y cuando no lo hace nos sentimos abandonados. Pero el Evangelio promete algo distinto y más profundo: que en medio de la prueba no estamos solos, que Dios baja hasta donde estamos y nos sostiene.

Hoy, en el primer día, dejemos que la Virgen nos tome de la mano para llevarnos ahí: al regazo del Padre. No le pidamos todavía que resuelva nada; solo que nos ayude a creer que Dios es bueno, incluso ahora, incluso así. Ese es el primer consuelo, el que sostiene todos los demás.

Palabra de Dios sugerida

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2 Corintios 1,3-4).

Propósito

Hoy, cada vez que me venza el desánimo, repetiré por dentro: «Dios de todo consuelo, confío en ti», dejando que la Virgen me lleve hacia el Padre.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, tú conoces el nombre del Padre de misericordias porque a Él te entregaste toda la vida. Tómame de la mano en este primer día y llévame hasta Dios, para que aprenda a apoyarme no en mis fuerzas, que flaquean, sino en su amor, que no falla. Intercede por mí, Madre, y que tu compañía me acerque al único consuelo verdadero. Amén.

Día segundo — María junto a la cruz (Stabat Mater)

Memoria histórica

La imagen venerada en Luxemburgo y en Kevelaer no muestra a una Madre lejana, ajena al dolor humano, sino a la que sostuvo en su alma la Pasión de su Hijo. La tradición ha unido siempre esta advocación con el misterio de María al pie de la cruz. Desde el siglo XVII, quienes peregrinaban a estos santuarios llevaban ante ella no solo peticiones, sino heridas: buscaban a alguien que entendiera. Y encontraban a la Virgen que había estado de pie —no vencida, pero traspasada— mientras moría su Hijo.

Meditación

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Juan 19,25). El Evangelio lo dice con sobriedad, pero cada palabra pesa. María no huyó, no se desmayó, no maldijo: estaba, de pie, firme, presente. Ahí está la raíz de por qué la llamamos Consoladora. No consuela porque nunca haya sufrido, sino porque sufrió del todo y siguió confiando. La antigua súplica del Stabat Mater —«Estaba la Madre dolorosa»— es tradición devocional, pero recoge una verdad evangélica hondísima: hay un amor que no se rompe ni ante lo peor.

Quien está de duelo, quien vela a un ser querido, quien sostiene una situación imposible, encuentra en esta María una compañía que no da lecciones. Ella no dice «no llores»; ella lloró. Por eso su cercanía consuela: es la cercanía de quien sabe.

Palabra de Dios sugerida

«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena» (Juan 19,25).

Propósito

Hoy, en mi propia cruz, intentaré «estar» como María: sin huir de mi dolor ni ahogarlo, sosteniéndolo con Ella delante de Dios.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, que estuviste de pie junto a la cruz de tu Hijo, enséñame a estar en mi prueba sin desesperar. Tú no me pides que finja alegría ni que niegue mi pena; me pides que no suelte la mano de Dios. Acompáñame como acompañaste al Señor en su hora, y que tu presencia serena me dé fuerzas para no huir de mi cruz, sino atravesarla con fe. Intercede por mí ante tu Hijo. Amén.

Día tercero — Por los que lloran un duelo

Memoria histórica

A lo largo de los siglos, los santuarios de la Consoladora de los afligidos se llenaron de personas que habían perdido a alguien: viudas, huérfanos, padres sin hijos, comunidades diezmadas por la peste o la guerra. La devoción creció, en parte, porque en tiempos de mucha muerte los pueblos necesitaban una madre que llorara con ellos. No se trata de una leyenda concreta que podamos fechar, sino de una realidad histórica amplia: el duelo humano encontró en esta advocación un refugio.

Meditación

El duelo es una de las formas más puras del amor: se llora a quien se ha amado. Por eso Jesús no lo despreció; ante la tumba de su amigo Lázaro, «se echó a llorar» (Juan 11,35). Dios en persona lloró una muerte. Eso lo cambia todo: nuestras lágrimas no son un fallo de fe, son parte del camino. La Virgen, que conoció el desgarro de enterrar a su Hijo, no nos pide que olvidemos deprisa, sino que confiemos despacio.

Si hoy lloras a alguien, no tengas prisa por consolarte. Ponle nombre a tu ausencia delante de la Madre. Y si el duelo se hace insoportable o se prolonga sin alivio, no dudes en dejarte acompañar también por personas que puedan ayudarte de cerca: hablar la pena es ya empezar a llevarla mejor.

Palabra de Dios sugerida

«Jesús se echó a llorar» (Juan 11,35).

Propósito

Hoy le pondré nombre, ante la Virgen, a la persona que echo de menos, y le confiaré mi duelo sin exigirme dejar de sentirlo.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, tú que enterraste a tu Hijo y conociste el vacío de la ausencia, mira a los que hoy lloran un duelo. Te confío el nombre de quien he perdido y el peso de mi pena. No te pido que la borres de golpe, sino que la sostengas conmigo y me lleves hacia la esperanza de tu Hijo, vencedor de la muerte. Consuela, Madre, a todos los que lloran. Amén.

Día cuarto — Por los solos y olvidados

Memoria histórica

Las peregrinaciones a Luxemburgo y a Kevelaer no eran solo de familias; muchos iban solos, con su pena a cuestas, buscando una cercanía que la vida les negaba. La advocación de la Consoladora tuvo desde el siglo XVII un rasgo entrañable: acogía a los que nadie miraba. Ante esa imagen, el mendigo y el noble, el sano y el enfermo, el acompañado y el solitario se igualaban en su necesidad de ser amados. La tradición la presentó siempre como Madre de todos, y de modo especial de los que no tienen a nadie.

Meditación

Hay soledades que no se curan con gente alrededor: la del anciano en su casa vacía, la del enfermo que ya casi no recibe visitas, la del que se siente un extraño incluso entre los suyos. A esa soledad la Virgen responde de una manera muy concreta: haciéndose Madre. Desde la cruz, Jesús se la dio a Juan —«ahí tienes a tu madre» (Juan 19,27)— y en él nos la dio a todos. Nadie que tenga Madre está del todo solo.

Si hoy te pesa la soledad, atrévete a hablarle a María como se le habla a una madre: sin ceremonias, contándole el día, las quejas, los silencios de la casa. Ella escucha. Y deja también que ese consuelo te empuje suavemente hacia otros: quizá haya cerca alguien tan solo como tú a quien puedas hacer compañía.

Palabra de Dios sugerida

«Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Juan 19,27).

Propósito

Hoy recibiré a María «en mi casa» hablándole como a una madre, y haré un gesto de cercanía con alguien que también esté solo.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, Madre que el Señor nos entregó desde la cruz, acompaña a los solos y a los olvidados: a los ancianos que esperan una visita, a los enfermos que nadie mira, a los que se sienten un peso. Hazte presente en su soledad y hazme a mí, hoy, un poco de tu ternura para con ellos. Que nadie que te tenga por Madre se sienta del todo abandonado. Intercede por nosotros. Amén.

Día quinto — Por los que sufren tristeza o depresión

Memoria histórica

Entre los que acudían a la Consoladora de los afligidos siempre hubo almas oprimidas por una tristeza que no sabían explicar. La tradición cristiana no ignoró esa oscuridad interior: muchos santos hablaron de noches del alma, de desolación, de sequedad. La devoción a María consoladora acogió esa herida invisible, la que no sangra por fuera. Ante ella, quien no encontraba palabras para su angustia hallaba al menos una mirada materna que no juzgaba.

Meditación

La tristeza y la depresión no son una falta de fe ni un castigo. Son un sufrimiento real, a veces con causas del cuerpo y de la mente, y merecen ser tratadas con respeto y con ayuda. El salmista, hombre de Dios, se atrevió a preguntarse en voz alta: «¿Por qué te acongojas, alma mía?» (Salmo 42,6), y en la misma frase se respondía: «Espera en Dios». No negaba su pena; la ponía delante del Señor.

Si hoy cargas con esa oscuridad, escucha esto con suavidad: pedir ayuda no es rendirse. Reza esta novena y, a la vez, deja que te acompañen. Un médico, un profesional, un buen amigo, no son enemigos de tu fe; son a menudo las manos de las que Dios se sirve. La Virgen no compite con esas ayudas: las bendice. Y mientras tanto, aunque no sientas nada, sigue aquí: la fidelidad callada, día tras día, ya es oración, y ya es esperanza.

Palabra de Dios sugerida

«¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, que volveré a alabarlo: salud de mi rostro, Dios mío» (Salmo 42,6).

Propósito

Hoy no me exigiré sentirme bien; me bastará con no soltar la mano de Dios, y daré un paso hacia la ayuda que necesito, sin vergüenza.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, tú velas por los que llevan por dentro una tristeza que no saben nombrar. Sostén a los que hoy no encuentran ganas ni sentido, y no permitas que se sientan culpables por su dolor. Ayúdales a buscar la ayuda que Dios les ofrece también a través de las personas, y acompáñales con tu ternura de Madre en la noche. A ellos y a mí danos, poco a poco, la paz que solo tu Hijo puede dar. Intercede por nosotros. Amén.

Día sexto — El consuelo que se comparte con otros

Memoria histórica

La peregrinación de la Octava en Luxemburgo y las romerías a Kevelaer nunca fueron un asunto puramente individual: eran pueblos enteros caminando juntos. El consolado volvía a casa para consolar. Esa es una nota constante de esta devoción desde el siglo XVII: quien recibía alivio ante la Consoladora se convertía él mismo en consuelo para su familia y su vecindario. El don recibido se transformaba en don entregado.

Meditación

San Pablo desvela por qué Dios nos consuela: «para que podamos consolar a los que están en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Corintios 1,4). El consuelo no es una posesión privada; es un río que ha de seguir corriendo. Muchas veces, además, la mejor manera de aliviar la propia pena es hacer bien a otro que sufre. Al salir de nosotros mismos, respiramos.

María es maestra en esto. Recién recibido el anuncio del ángel, «se puso en camino» hacia su prima Isabel (Lucas 1,39) para servirla. No se encerró en su propio misterio: fue a ayudar. Hoy, aunque estés dolido, prueba a mirar a alguien más allá de ti. Un mensaje, una llamada, una visita: el consuelo compartido se multiplica.

Palabra de Dios sugerida

«En aquellos días, se puso en camino María y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá» (Lucas 1,39).

Propósito

Hoy, aunque me cueste, haré llegar una palabra de consuelo a alguien que sufre, convirtiendo en don lo que he recibido.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, que te pusiste en camino para servir a tu prima, enséñame a no encerrarme en mi pena. Que el consuelo que recibo de Dios no se detenga en mí, sino que corra hacia los que me rodean. Hazme, hoy, instrumento de tu ternura para alguien que lo necesite más que yo. Intercede por mí y por todos los que sufren. Amén.

Día séptimo — Luxemburgo y Kevelaer: pueblos que hallaron consuelo en María

Memoria histórica

Es día de mirar de frente las dos casas históricas de esta advocación. En Luxemburgo, la devoción a María «Consoladora de los Afligidos» se remonta al siglo XVII y arraigó de tal modo que la Virgen fue reconocida como patrona de la ciudad y del país; cada año se celebra en su honor la peregrinación llamada la «Octava» (Oktav), que congrega a los fieles durante varios días. En Kevelaer (Alemania), desde el siglo XVII, se venera la misma advocación bajo el nombre Trösterin der Betrübten, «Consoladora de los Afligidos», y su pequeño grabado se convirtió en meta de una de las peregrinaciones más frecuentadas de la región. Ambos lugares comparten una misma intuición: en tiempos difíciles, un pueblo entero se refugió en la Madre.

Meditación

Que pueblos enteros, durante siglos, hayan caminado hasta esta imagen dice algo sencillo y grande: el ser humano necesita consuelo, y lo busca. No es debilidad; es verdad. Detrás de cada peregrino había una historia de pena —un luto, una enfermedad, un miedo— y todos hallaron ante María el mismo mensaje callado: «No estás solo; deja que te lleve a mi Hijo».

Nosotros no necesitamos viajar para tener a la misma Madre. La Consoladora de Luxemburgo y de Kevelaer es la misma que escucha tu oración ahora, en tu casa. Hazte hoy peregrino en el corazón: camina hacia ella con tu carga, sabiendo que te espera con la misma ternura con que ha esperado a tantos durante siglos.

Palabra de Dios sugerida

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mateo 11,28).

Propósito

Hoy me haré peregrino desde donde estoy: caminaré por dentro hacia María, y con ella hacia Jesús que alivia a los cansados.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, venerada en Luxemburgo y en Kevelaer por generaciones de peregrinos, tú que has consolado a pueblos enteros en sus horas oscuras, acógeme también a mí. No puedo llegar a tus santuarios, pero llego a ti con el corazón. Recíbeme como recibiste a tantos, y condúceme, como a ellos, hasta tu Hijo, que alivia a los agobiados. Intercede por mí, Madre. Amén.

Día octavo — María en Pentecostés, consuelo de la Iglesia

Memoria histórica

La Iglesia ha visto siempre a María no solo al pie de la cruz, sino también en el corazón de la comunidad naciente. Antes de Pentecostés, los apóstoles «perseveraban en la oración, con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús» (Hechos 1,14). La tradición ha entendido que esa presencia orante de la Madre acompañó a la Iglesia en su hora más frágil, cuando los discípulos, desconcertados por la ausencia visible del Señor, esperaban al Consolador prometido. También esta dimensión sostiene la advocación de la Consoladora: María consuela dentro de la Iglesia, en oración.

Meditación

El Consolador que la Iglesia recibió en Pentecostés no es María, sino el Espíritu Santo: es a Él a quien Jesús llama «otro Paráclito», es decir, Consolador y Defensor (Juan 14,16). María no ocupa su lugar; lo acompaña, lo espera, lo pide con la Iglesia. Este matiz es una alegría, no una resta: significa que el consuelo que buscamos es divino, obra de Dios en nosotros, y que María nos ayuda a abrirnos a él.

Cuando reces afligido, únete a aquella oración del cenáculo. No estás solo en tu súplica: estás en la Iglesia, con María en medio, esperando al Espíritu que consuela. Pídelo hoy con confianza: «Ven, Espíritu Santo». Él conoce el idioma de tu pena mejor que tú, y sabe consolar por dentro, allí donde nadie más llega.

Palabra de Dios sugerida

«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hechos 1,14).

Propósito

Hoy uniré mi oración a la del cenáculo y pediré con fe el don del Espíritu Consolador para mí y para toda la Iglesia.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, tú que oraste con los apóstoles esperando al Espíritu Santo, alcánzame ese mismo don del Consolador que baja de lo alto. Que no busque en ti lo que solo Dios da, sino que, de tu mano, me abra al Espíritu que consuela y renueva. Sostén a la Iglesia entera en sus pruebas, como la sostuviste en el cenáculo, y ruega por mí a tu Hijo. Amén.

Día noveno — La esperanza del cielo, donde Dios enjugará toda lágrima

Memoria histórica

Toda peregrinación tiene una meta que la trasciende. Los que durante siglos caminaron hasta la Consoladora de los afligidos en Luxemburgo y Kevelaer no buscaban solo un alivio pasajero, sino una esperanza que sostuviera toda la vida y también la hora de la muerte. Esa esperanza tiene un nombre en la Escritura: el cielo, donde Dios mismo enjugará las lágrimas. La devoción mariana consoladora ha mirado siempre más allá del consuelo de un día, hacia el consuelo definitivo que Dios promete a los suyos.

Meditación

El último día de la novena mira al horizonte. San Juan, en su visión, escuchó una promesa que es el fondo de todo consuelo cristiano: «Dios enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Apocalipsis 21,4). No se nos promete un mundo sin cruz aquí abajo, sino un final en el que toda cruz será enjugada por la mano de Dios. Y María, la primera en llegar a esa plenitud, nos precede como aurora de esa esperanza.

Termina estos nueve días levantando los ojos. Tu pena de hoy es real, pero no es la última palabra. La última palabra de Dios sobre ti no es una lágrima, sino un rostro enjugado y una alegría sin fin. Deja que la Consoladora, que ya vive esa dicha, te sostenga en la espera y camine contigo hasta ese día. Y mientras tanto, sigue confiando, sigue dejándote ayudar, sigue rezando: no estás caminando solo.

Palabra de Dios sugerida

«Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha pasado» (Apocalipsis 21,4).

Propósito

Hoy pondré mi pena bajo la luz del cielo prometido, y ofreceré mi confianza a Dios, que enjugará un día toda lágrima.

Oración del día

María, Consoladora de los afligidos, tú que ya contemplas el rostro de Dios, sostén mi esperanza en el consuelo que no acaba. Enséñame a mirar mi dolor a la luz de aquel día en que Dios enjugará toda lágrima. Camina conmigo en la espera, no me dejes desfallecer, y llévame de la mano hasta tu Hijo, para que un día comparta contigo la alegría que no tiene fin. A Él la adoración y la gloria; a ti, Madre, mi gratitud y mi confianza. Amén.

Novena preparada por el equipo de rezaelrosario.org como material devocional original. Los datos históricos se ofrecen conforme a la tradición y al magisterio de la Iglesia; la devoción se dirige a Dios, y a María se le pide su intercesión.