Comunión espiritual
Recibir a Jesús por el deseo, a lo largo del día.
Tus copas de hoy
Oro: comuniones sacramentales · Plata: espirituales.
La Comunión espiritual es un acto de amor por el que, cuando no podemos recibir sacramentalmente la Eucaristía, deseamos con fe recibir a Jesús en el corazón. Él, que nunca se deja ganar en generosidad, viene igualmente a nosotros por ese deseo ardiente.
No sustituye a la Comunión sacramental —que es su fuente y su cumbre—, pero la prolonga a lo largo del día y mantiene el alma unida a Cristo entre Misa y Misa. Se puede hacer en cualquier lugar y en un instante: en el trabajo, por la calle, antes de una tarea difícil, al despertar y al acostarse.
Los santos la practicaban muchas veces al día. San Josemaría animaba a sembrar la jornada de Comuniones espirituales, como quien lanza besos a Dios; y santos como el Cura de Ars o Santa Teresa la recomendaban como un tesoro sencillo y al alcance de todos.
Oración de la comunión espiritual
Creo, Jesús mío, que estás realmente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero, como no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y, como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno totalmente a Ti. Jesús, no permitas que jamás me separe de Ti. Amén.
San Alfonso María de Ligorio.
Cómo hacerla
- Ponerse en presencia de Dios. Haz silencio en tu mente y acércate a Él con humildad.
- Acto de fe. Cree con firmeza que Jesucristo está realmente presente en el Santísimo Sacramento.
- Arrepentimiento. Pide perdón por tus faltas y reconoce que no eres digno de recibirlo.
- Deseo de recibirlo. Manifiesta tu amor y tu anhelo de que Él habite en tu alma.
- Unión interior. Abraza a Jesús en tu interior como si ya lo hubieras recibido físicamente.
Jaculatorias breves
- «Ven, Señor Jesús, a mi corazón; me uno a Ti.»
- «Jesús mío, te deseo; ven espiritualmente a mí.»
- «Quédate conmigo, Señor; sé Tú mi alimento.»
- «Dulce Corazón de Jesús, sé mi amor.»
- «Te amo, Jesús; no me separes nunca de Ti.»
- «Señor, que viva de Ti y para Ti.»
Las dos copas: la de oro y la de plata
Cuenta la tradición piadosa —recogida por San Alfonso María de Ligorio— que Nuestro Señor se apareció a Sor Paula Maresca, fundadora del monasterio de Santa Catalina de Siena en Nápoles, mostrándole dos copas preciosas: una de oro y otra de plata. «En la copa de oro —le dijo— guardo tus Comuniones sacramentales; en la de plata, tus Comuniones espirituales. Ambas copas me son gratas.»
La copa de oro es la más valiosa, porque en cada Comunión sacramental se recibe realmente a Cristo —Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad—, fuente y culmen de toda la vida cristiana. La copa de plata también es muy hermosa y agrada al Señor: guarda las Comuniones espirituales, hechas a lo largo del día por el deseo y el amor de quien no puede recibirle sacramentalmente en ese momento.
La lección es clara: no dejes nunca vacía la copa de oro —comulga sacramentalmente con amor y con la mayor frecuencia posible, bien preparado—, y entre Misa y Misa llena sin cesar la copa de plata con muchas Comuniones espirituales. Que las dos copas rebosen de amor a Jesús.
Tradición piadosa, recogida por san Alfonso María de Ligorio.