Adoración y Comunión
La fe en la presencia real se traduce en dos gestos: adorar a Cristo presente y recibirlo bien en la Comunión. Adorar es «estar» con Él, mirarle y dejarse mirar; comulgar bien es acogerle con fe, en gracia y con amor, y darle gracias después.
Aquí, unas claves para vivir la adoración y la Comunión, y las grandes oraciones eucarísticas que la Iglesia ha rezado durante siglos, para amar más este Sacramento y encontrarnos de veras con el Señor que se queda con nosotros.
Cómo tratarlo
Adorar al Santísimo
Visitar a Jesús en el sagrario y hacer un rato de adoración —una Hora Santa, o solo unos minutos— es un tesoro. No hacen falta muchas palabras: basta la fe y el amor. «Yo le miro y él me mira», decía un campesino al Cura de Ars. La adoración da paz, sana el alma y enciende la caridad.
Comulgar en gracia
Para recibir a Cristo hay que estar en gracia de Dios: quien es consciente de un pecado grave ha de confesarse antes (1 Cor 11, 27-29). Con el ayuno eucarístico y la debida reverencia, comulgar es el encuentro más íntimo posible con Dios en esta tierra.
Dar gracias tras la Comunión
Después de comulgar, Jesús está realmente en nosotros: no conviene marcharse deprisa. Unos minutos de acción de gracias —adorando, pidiendo, ofreciendo— son de los momentos más preciosos del día. Los santos los consideraban un cielo anticipado.
La comunión espiritual
Cuando no se puede comulgar sacramentalmente, se puede hacer la comunión espiritual: desear ardientemente recibir a Jesús y pedirle que venga al corazón. Es una práctica muy recomendada, que mantiene el alma unida a la Eucaristía a lo largo del día.
Cómo vivirlo
- Visitar al Santísimo y hacer adoración (una Hora Santa o unos minutos cada día).
- Participar en la Misa con fe y comulgar bien dispuesto, en gracia de Dios.
- Dar gracias unos minutos después de cada Comunión, sin marcharse deprisa.
- Hacer la comunión espiritual cuando no se puede comulgar sacramentalmente.
- Cuidar y venerar el sagrario, y promover la adoración eucarística.
Sus oraciones
Adoro te devote
Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad. Amén.
Himno eucarístico de santo Tomás de Aquino
Alma de Cristo (Anima Christi)
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo maligno, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame, y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.
Oración medieval, muy querida por san Ignacio
Comunión espiritual (san Alfonso)
Creo, Jesús mío, que estás realmente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero, como no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y, como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno totalmente a Ti. Jesús, no permitas que jamás me separe de Ti. Amén.
San Alfonso María de Ligorio
O Sacrum Convivium
¡Oh sagrado convite, en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! Aleluya.
Antífona de santo Tomás de Aquino (Corpus Christi)