Invocar al Espíritu Santo
El Espíritu Santo es «el gran desconocido». Sin embargo, habita en el bautizado como en un templo y es el maestro interior de la vida cristiana. Tratarlo, invocarlo y dejarse guiar por Él transforma la oración y la acción: «no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros» (Rom 8, 26).
Aquí, unas claves para hacerse amigo del Espíritu Santo y las grandes oraciones con que la Iglesia lo invoca, para vivir dóciles a su acción y pedir un nuevo Pentecostés para uno mismo, para la parroquia y para el mundo.
Cómo tratarlo
Invocarlo cada día
Antes de rezar, decidir, trabajar, predicar o hablar de Dios, conviene invocar al Espíritu Santo: «Ven, Espíritu Santo». Él da luz a la mente, fuerza a la voluntad y fecundidad a la acción. Una jaculatoria breve y frecuente lo mantiene presente en la jornada.
Ser dócil a sus mociones
El Espíritu inspira suavemente al bien: a rezar, a perdonar, a evitar el pecado, a hacer un bien concreto. Conviene estar atentos a esos impulsos interiores y seguirlos con prontitud, sin «apagar» ni «entristecer» al Espíritu (1 Tes 5, 19; Ef 4, 30).
Vivir en gracia, su templo
El Espíritu habita en el alma en gracia. Cuidar la vida de gracia con los sacramentos —sobre todo la Confesión y la Eucaristía— y huir del pecado es guardar limpio el templo donde Él mora, para que actúe con libertad.
Pedir sus dones y frutos
Conviene pedir al Espíritu Santo sus siete dones (sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) y que haga madurar en la vida sus frutos (amor, alegría, paz…). Es pedir, en el fondo, parecerse cada día más a Cristo.
Cómo vivirlo
- Invocar al Espíritu Santo antes de cada cosa importante: «Ven, Espíritu Santo».
- Rezar cada día una oración al Espíritu (Veni Creator, la secuencia, «Alma de Cristo»).
- Seguir sus inspiraciones al bien y no entristecerlo con el pecado.
- Cuidar la vida de gracia (Confesión y Eucaristía): guardar limpio su templo.
- Pedir sus dones y frutos, y un nuevo Pentecostés para la Iglesia.
Sus oraciones
Ven, Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra. Oremos: Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de su consuelo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Invocación tradicional al Espíritu Santo
Secuencia de Pentecostés (Veni Sancte Spiritus)
Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres; ven, dador de las gracias; ven, luz de los corazones. Consolador soberano, dulce huésped del alma, dulce refrigerio. Descanso en el trabajo, alivio en el calor, consuelo en el llanto. ¡Oh luz santísima!, llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles. Lava lo que está manchado, riega lo que es árido, sana lo que está enfermo. Da a tus fieles, que en Ti confían, tus siete sagrados dones. Amén.
Secuencia «Veni Sancte Spiritus» (siglo XIII)
Espíritu Santo, alma de mi alma
Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, yo te adoro. Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame. Dime lo que debo hacer, dame tus órdenes. Prometo someterme a todo lo que quieras de mí y aceptar todo lo que permitas que me suceda; solo muéstrame cuál es tu voluntad. Amén.
Oración del cardenal Mercier