← Curso: San Juan María Vianney (el Cura de Ars)

Anécdotas del Cura de Ars

San Juan María Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, el 8 de mayo de 1786, en una familia campesina. Fue párroco de Ars durante 41 años y se convirtió en el modelo por excelencia del sacerdote. Estas son algunas de las anécdotas que mejor retratan su santidad, casi siempre teñida de humildad y buen humor.

Detrás de cada historia late lo mismo: «darlo todo y no conservar nada; darlo todo por amor a Dios».

La Primera Comunión a escondidas

Durante la persecución de la Revolución Francesa, Juan María hizo su Primera Comunión en su propia casa. La familia simuló descargar fardos de heno para el ganado, tapando las ventanas desde fuera para que nadie advirtiera el acto sagrado. El niño se conmovió tanto que no pudo evitar llorar de emoción.

El latín imposible y la ordenación por su santidad

Empezó a estudiar tarde y el latín se le resistía hasta lo indecible; suspendió varios exámenes. El Padre Balley intercedió por él. El Obispo, viendo su gran amor a Dios, dio la orden de ordenarlo: «aún cuando le faltaban conocimientos, tenía santidad, y por ello Dios supliría lo demás». En su expediente llegó a escribirse: «que sea sacerdote, pero que no le pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio»… y confesar sería la obra de toda su vida.

«Yo te enseñaré el camino al cielo»

Camino de Ars, en 1818, no conocía la ruta y pidió indicaciones a un pastorcillo. Cuando el muchacho se lo explicó, Juan María le respondió: «Tú me has enseñado el camino hacia Ars, y yo te enseñaré el camino al cielo». Ars tenía entonces 370 habitantes y a la Misa dominical acudían solo un hombre y unas pocas mujeres.

Las patatas de la semana

Para hacer penitencia por la conversión del pueblo, durante años se alimentó casi solo de patatas cocidas: los lunes y jueves cocía una docena y media, que le duraban tres días a razón de unas seis diarias. La falta de feligreses la suplía con horas de oración ante el Santísimo.

Los pantalones nuevos para el pobre

Su hermana Margarita contaba que el Padre Balley le mandó a Lyon bien vestido, con sus mejores pantalones. Volvió con unos rotos y viejos: por el camino se había cruzado con un pobre que pasaba frío y, movido por la compasión, le había cambiado sus pantalones nuevos por los harapos del mendigo.

El confesionario, «el ataúd donde me han sepultado»

Pasaba entre 12 y 16 horas diarias confesando. Llegaban a Ars de 300 a 400 peregrinos al día; para confesarse con él había que apartar turno con tres días de antelación. Sufría mareos, frío y agotamiento, pero nada frenaba su celo. Decía: «El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo». A veces leía en el pensamiento los pecados que el penitente callaba.

El «grappin»: la lucha con el demonio

Pocos santos combatieron con el diablo como él. Lo derribaba de la cama, lo despertaba con ruidos espantosos y hasta intentó incendiar su habitación. Unos sacerdotes que se burlaban de aquellas «apariciones» pasaron una noche en su casa y huyeron al patio en pijama, sin atreverse a volver a entrar. El Cura de Ars lo tomaba con humor: «Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros, que ahora parecemos dos compinches».

Tres defectos y una cualidad

El Obispo envió un visitador a oír sus sermones. «Tienen tres defectos —informó—: son muy largos, muy duros, y siempre sobre lo mismo: pecado, muerte, juicio, infierno y cielo». «¿Y alguna cualidad?» «Una: las personas se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa». «Pues por esa última —concluyó el Obispo— se le pueden perdonar los otros tres».

La humildad que rehúsa los honores

Se tenía por «un miserable pecador» y jamás hablaba de sus obras. Rechazó el distintivo de canónigo que le envió su Obispo y la condecoración que le concedió el gobierno francés. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió después una carta pidiéndole perdón, como si el ofensor hubiera sido él.

El mayor milagro: un pueblo transformado

Tenía dones de curación (sobre todo de niños) y conocimiento sobrenatural, pero su mayor milagro fue su propia vida de entrega. Cuando llegó a Ars, un solo hombre iba a Misa; al final de su ministerio, solo un hombre no iba. Murió agotado a los 73 años, el 4 de agosto de 1859.

Sus palabras

«Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz.»
«Hemos de orar con frecuencia, pero debemos redoblar nuestras oraciones en las horas de prueba.»
«Tú me has enseñado el camino hacia Ars, y yo te enseñaré el camino al cielo.»
«El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo.»